La cuidadora y la mujer de negro (La Cuidadora 4) 2. Viajes #3
11%

2. Viajes #3

Comencé a bajar las escaleras. El olor a humedad casi me quitaba el aliento.

Alumbré a mi alrededor. Parecía una bodega, pero en los estantes no había botellas.

De hecho, había monigotes de cera vestidos, como si alguien se hubiera entretenido en hacer decenas de ellos.

Tomé uno y lo reconocí: era Esteban. A su lado se encontraban Alberto, Lucas y Sofía. Miré el siguiente y era yo.

La trampilla se cerró de repente. Subí las escaleras, pero no podía abrirla. Comencé a gritar. Sentía claustrofobia. El aire viciado comenzó a atragantárseme. Tenía que salir de allí cuanto antes.

—Estás dormida —me dije—. Tienes que despertar.

Los niños estaban solos en la casa. Escuchaba pasos sobre mi cabeza y estaba convencida de que nadie me iba a encontrar en aquel zulo, al menos hasta que regresaran los albañiles al día siguiente.

7. Brujería

Me desperté sobresaltada. Miré el reloj. Eran las siete de la mañana, casi la hora de levantarse. Suspiré hondo al descubrir que nada había sido real, tan solo una pesadilla. Sin embargo, al ponerme las zapatillas, sentí que estaban húmedas. Las miré y tenían una mezcla de barro y cemento.

Intenté no pensar demasiado en ello. Preparé a los niños, tomamos un desayuno frugal y los llevé al colegio. Estaba pensando en contratar a alguna chica unas horas para que los cuidase y así poder terminar las cosas que aún quedaban en la casa.

Aquella mañana iba a ser movidita. Además de traer unos muebles que habíamos encargado hacía meses, iban a terminar de instalarme la caldera y los albañiles estarían trabajando en el cobertizo.

Al regresar a casa, miré al otro lado del jardín algo inquieta. La niebla de la mañana no se había disipado todavía. Me acerqué lentamente al cobertizo, pero, antes de que pudiera entrar, escuché el camión de los muebles.

—Vaya, por una vez son puntuales —dije mientras me dirigía a la entrada para abrirles.

Cuatro hombres sacaron una alacena y la llevaron con cuidado hasta el comedor. Luego descargaron un aparador que dejaron en el pasillo. El estilo provenzal me encantaba y los dos muebles encajaron a la perfección en el espacio que les había reservado.

Decidí preparar un café e invitar a Armonía mientras llegaba el fontanero. Unos diez minutos después, mi amiga ya estaba allí.

Nos sentamos en el sillón frente a la alacena y la miré fascinada.

—Ha quedado perfecta. Es más bonita que cuando la vi en foto.

—Esta web francesa es maravillosa. Si quieres pedir algo, me dices, que tengo descuento.

—Mi marido no gana tanto como el tuyo. Nosotros hemos rehabilitado una vieja que teníamos de mi abuela.

—Es preciosa, la recuerdo bien…

—Sí, pero esta es mucho más elegante.

No quería contarle a mi amiga la extraña pesadilla que había tenido aquella noche ni mi encuentro con Elvira, pero, antes de que me diera cuenta, ya estaba hablando de ello.

—Esa vieja loca va a dar algún disgusto a alguien.

—¿Pero no te parece extraño lo que me contó?

—Cosas de brujas, imagino.

—Pero ¿qué piensas del sueño?

Armonía frunció el ceño y sopló el café, que estaba muy caliente.

—Esta casa es una nevera, menos mal que te ponen ya la caldera.

—Teníamos agua caliente, pero no calefacción.

Tras dar el primer sorbo, Armonía me miró y dijo:

—No quiero que te obsesiones con esas cosas. Yo soy gallega y conozco a la gente de aquí. Les encanta hablar de meigas y maldiciones, pero casi todo es mucho más profano de lo que parece.

—¿Seguro?

—¿Quieres que vayamos a ver el cobertizo? —me preguntó mi amiga.

Nos levantamos y salimos al jardín. Estaba precioso, aunque al acercarme al cobertizo sentí un escalofrío. Ella pasó primero y encendió la luz. Estaba exactamente igual que en mi sueño.

—Allí estaba la trampilla y debajo, la bodega. Dentro, las figurillas.

—¿Figurillas de cera?

—Exacto —le contesté.

En la zona de la trampilla había sacos de arena. Comenzamos a moverlos, pero apenas habíamos empezado cuando entraron dos albañiles marroquíes y, detrás de ellos, Mariano y su mano derecha, Nuno.

—¿Por qué están moviendo los sacos? —preguntó nada más entrar.

—Bueno, anoche…

No me dejó terminar la frase y señaló la puerta.

—El fontanero lleva un buen rato esperando y me ha dicho que, si no le deja pasar, se marcha, que tiene otros sitios que atender.

Corrí a la entrada y le abrí la puerta.

El fontanero, Dimitri, era rumano. Me miró de arriba abajo y me pidió que le indicara dónde estaban la caldera y la máquina.

Lo llevé hasta el cuarto de tender. Le pidió unas herramientas a su ayudante y comenzó a trabajar.

—Ya le avisaré cuando haya terminado —dijo el hombre.

Regresé al salón.

—Parece que hoy te lo van a solucionar todo —dijo Armonía.

—Para el cobertizo todavía queda bastante —le contesté.

—Tengo que irme. ¿Quieres que recoja a tus hijos? Hoy te veo muy liada.

—Me harías un gran favor.

—He hecho una olla entera de macarrones. Les doy de comer y luego te los traigo.

Nos dimos un beso y, antes de cruzar el estrecho jardín delantero, se dio la vuelta y me dijo:

—Hay un hombre que sabe de estas cosas de meigas, un especialista. Es un tipo extravagante, pero él te puede sacar de dudas. Se llama Xoán Soutomaior, vive en la casa de enfrente de la iglesia. Dile que vas de mi parte.

—Gracias, Armonía, eres un cielo.

Esperé a que el fontanero terminase. Luego me puse el chubasquero rojo y cogí el paraguas. Tenía que hablar con Xoán. Tal vez él pudiera aclararme muchas de mis dudas.