La criminalista Capítulo 14
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Capítulo 14

Montse volvió al informe y bajó la mirada hacia el Resultado 3. Apenas leyó las primeras líneas, sintió cómo el latido de su corazón se congelaba. Era esa sensación rara, técnica, casi instintiva, que solamente aparece cuando algo encaja de forma demasiado exacta… demasiado perfecta…

La silla pareció quedarle chica, el aire también. No podía quedarse sola con eso, no en ese momento.

Tomó su teléfono con las manos tensas y, sin pensar, abrió el reloj mundial: Alemania. 10:00 p. m. Un horario aceptable. Presionó el botón de llamada. Una vez. Dos veces.

Al tercer timbre, una voz conocida respondió con su acento pausado:

—Montse? What’s going on? Are you okay?35

Montse apretó los labios, conteniendo algo que necesitaba salir.

—I’m sorry… I couldn’t hold my excitement. You need to know this.36

Y comenzó a hablar. Le contó todo.

La Dra. Addison no interrumpió, no murmuró… Solo escuchó. Y cuando Montse terminó de explicarle lo que estaba haciendo, la respuesta llegó con una frialdad absoluta, casi quirúrgica:

—Mientras te escuchaba… te compré un vuelo a Alemania.

Montse se quedó inmóvil.

—¿Cómo...?

—Tu vuelo sale esta noche.

»Ya le mandé un mensaje a tu jefe informándole que te necesito con urgencia. Haz tu maleta, te veo mañana.

La llamada terminó.

Montse inhaló hondo, lo justo para mantenerse en pie. Se fue de prisa a su departamento, casi por reflejo: la mochila, los documentos, el pasaporte, la laptop, la ropa necesaria. Nada de pensar, nada de dudar.

El taxi llegó en menos de quince minutos.

Ya en camino al aeropuerto, Montse apoyó la cabeza contra la ventana y observó cómo las luces de la ciudad se desdibujaban en líneas brillantes.

Algún día podría comprar un vuelo internacional así de fácil —pensó—. Algún día. Pero hoy no.

Hoy viajaba porque lo que había descubierto no podía quedarse encerrado en un laboratorio. Y porque el Resultado 3 no era un hallazgo más, era una alerta de alcance mundial.

Montse subió al avión con la adrenalina del día todavía recorriéndole el cuerpo, como si no hubiera tenido tiempo de asentarse. Todo había ocurrido demasiado rápido.

Por la premura del vuelo, le tocó un asiento hasta atrás, junto al baño, donde los respaldos apenas reclinaban y cada vibración del avión se sentía amplificada. El espacio era estrecho, incómodo, casi hostil.

A su alrededor, el movimiento no cesaba: filas de personas entrando y saliendo del baño, puertas que se abrían y cerraban con golpes secos, maletas de mano chocando contra los asientos, el zumbido constante de los motores filtrándose por todo el fuselaje.

Intentó acomodarse.

No hubo forma. Respiró hondo y aceptó que el viaje sería largo.

Sacó de la mochila los expedientes que no había alcanzado a revisar.

Necesitaba adelantarse, leer, ordenar ideas, conectar los últimos cabos sueltos.

Quería llegar a Alemania con un mapa claro de lo que tenía entre manos.

Pero el cuerpo ya no respondía al ritmo de la urgencia.

El cansancio se impuso y durmió tan profundo como si estuviera en su cama…

Lo siguiente que sintió fue una mano suave en su hombro.

—Miss? Breakfast37 —dijo la azafata con una sonrisa amable.

Montse parpadeó.

La luz del sol europeo entraba por las ventanillas, dorada y fría.

Había dormido casi todo el vuelo.

—We’ll be landing in about forty minutes38 —añadió la azafata.

Montse asintió y tomó el jugo del desayuno sin realmente probarlo. Sentía la cabeza algo pesada y un dolor de cuello por la mala postura, pero la mente seguía afilada. Ya estaba cerca…

***

Después de recoger su maleta y pasar por Migración, atravesó la última puerta automática. Y ahí estaba.

Addison Clarke esperaba de pie, impecable como siempre, con ese porte que combinaba elegancia, precisión y un tipo de autoridad que no necesitaba explicarse.

Cuando se vieron, ambas sonrieron.

Un saludo cálido, firme, de dos mujeres que entienden el peso del trabajo de la otra.

—Welcome to Germany,39 Montse —dijo Addison, pronunciando su nombre con suavidad.

Montse soltó una pequeña risa cansada.

—It feels unreal.40

Addison tomó su maleta con naturalidad y comenzaron a caminar hacia la salida.

—Mañana tenemos una reunión en NordEssen Biotec® —anunció—. Tenemos muchas preguntas que hacerles, probablemente tendremos una conversación muy incómoda.

Montse asintió mientras seguía su paso.

—Hoy comeremos bien —continuó Addison—. Comida alemana real. Nada de comida del aeropuerto.

Después revisaremos el caso con calma, necesitamos llegar muy claras a la junta de mañana.

Montse respiró hondo.

Era la primera vez en días que sentía una pequeña pausa, una línea recta antes de otro salto al vacío.

—Gracias por venir por mí —dijo.

Addison sonrió apenas, sin girar del todo la cabeza, como si no hiciera falta decir mucho más.

—No te traje hasta aquí por casualidad, te traje porque lo que encontraste… va a mover cosas muy grandes, Montse.

Y mientras salían a la fría tarde alemana, Montse supo que tenía razón. Lo que venía no era un simple análisis de laboratorio. Era una tormenta.

La noche antes de NordEssen Biotec®

El departamento de Addison no parecía el hogar de una eminencia forense internacional. Era cálido, silencioso, con lámparas suaves y estantes llenos de libros que no estaban colocados para presumirse, sino para usarse.

Sobre la mesa del comedor había dos platos con comida alemana, un par de cervezas pequeñas y una montaña ordenada de expedientes que ambas estaban revisando.

La escena tenía algo de irreal: Montse, recién llegada del aeropuerto, sentada y usando calcetines gruesos, con una sudadera que le prestó la propia Addison para «combatir el frío alemán»; y Addison, la doctora Clarke, una de las mentes más respetadas del gremio,

con una coleta relajada y lentes de lectura apoyados en la punta de la nariz.

Era una pijamada improvisada, una pijamada científica, una mezcla extraña entre calma doméstica y trabajo de alto nivel.

Mientras revisaban el caso de Diego, las licitaciones, los análisis de Colette y el misterioso Resultado 3, Addison dejó de leer un instante y apoyó los codos en la mesa.

—Montse… —dijo con ese tono bajo que usaba cuando algo realmente le importaba—, lo que hiciste para llegar aquí es impresionante.

Montse levantó la mirada, sorprendida.

—¿Yo?

—Tienes evidencias muy sólidas —Addison acomodó de nuevo los lentes—. Esto no lo arma cualquiera, por algo me caes bien —añadió con una sonrisa casi traviesa—. Jajaja…

Montse se quedó quieta unos segundos, procesando lo que acababa de escuchar.

Era extraño: una mujer que el mundo científico trataba con reverencia, la misma que dirigía proyectos internacionales y era referencia obligada en congresos, estaba ahí, descalza, cenando con ella, diciéndole que la respetaba.

La vergüenza le subió desde el estómago hasta las mejillas. Volteó a ver los expedientes para disimular.

—Gracias… —murmuró—. A veces solo siento que estoy conectando pedazos que otros dejaron tirados.

—No, Montse —Addison negó suavemente con la cabeza—. Estás resolviendo algo que nadie tuvo el valor de mirar.

Siguieron trabajando entre silencios cómodos.

Cada cierto tiempo, una se levantaba por más café o por más pan.

O para mover una cobija que Addison puso sobre el respaldo de la silla «por si el frío se metía».

Primero la tarde y luego la noche avanzó sin prisa, como si ambas supieran que estaban haciendo historia sin necesidad de decirlo.

Pero el jet lag no perdona.

Cerca de la una de la mañana, los párpados de Montse se volvían más pesados a cada minuto.

Intentaba mantenerse despierta, repitiendo que al día siguiente no podía estar cansada, que la reunión con NordEssen Biotec® sería crucial, que debía llegar con la mente lúcida, impecable y firme. Sin embargo, su cuerpo opinaba distinto.

Addison lo notó.

—Ve a dormir —dijo, levantándose para apagar una lámpara—. Necesitas estar en tu mejor estado mañana.

Montse quiso protestar, pero basta una mirada de Addison para saber que no había argumento posible.

Recogieron un poco la mesa. Addison le señaló una habitación pequeña, perfectamente ordenada, con una cama suave y una manta gruesa.

—Aquí te quedas —dijo—. Descansa. Mañana será un día largo.

Montse asintió, agradecida y exhausta.

Cuando finalmente se recostó, sintió cómo el cansancio la envolvía de inmediato.

Camino a NordEssen Biotec®

Montse despertó antes de que sonara la alarma. No sabía si era la emoción, los nervios o simplemente la expectativa de que algo importante estaba por suceder, pero se levantó con un ánimo ligero. Sentía que aquello que llevaba días persiguiendo estaba a punto de encajar.

Addison ya estaba en la cocina cuando Montse salió de la habitación. Había preparado un desayuno abundante: pan fresco, fruta, huevos y café fuerte. Un desayuno sencillo, pero pensado para un día largo.

—Come bien —dijo Addison mientras servía café—. La empresa queda a dos horas. Y no sabemos en qué vaya a terminar todo esto.

Montse asintió, sentándose a la mesa.

—Déjame llevar la conversación —añadió Addison—. Conozco al actual CEO. No somos amigos, pero… hemos coincidido varias veces en el pasado. Hay cierta familiaridad.

Montse respiró hondo. Le tranquilizaba saber que Addison tenía terreno conocido.

Minutos después, ya iban en camino.

El trayecto no se sintió largo. El auto avanzaba por carreteras rodeadas de bosques, prados extensos y casas de madera que parecían sacadas de una postal.

Montse observaba por la ventana, intentando grabar cada detalle: los tonos de colores intensos, las montañas a lo lejos, la quietud ordenada del paisaje alemán. La conversación con Addison era pausada, nada forzada, había silencios cómodos y breves comentarios que hacían más amable el viaje.

Después de un par de horas llegaron a Garmisch-Partenkirchen, un pueblo alpino pintoresco, con fachadas pintadas a mano, flores en los balcones y calles estrechas.