La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) La Taberna del Anzuelo Hundido #3
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La Taberna del Anzuelo Hundido #3

El arte de aquellos hombres tenía, a su modo terrible, una lógica perfecta para su tiempo.

En un mundo sin jueces que investigaran, sin nadie que reconstruyera cómo había ocurrido de verdad una desgracia, la mejor arma no era la que mataba, sino la que no dejaba pregunta.

Un cuchillo levanta sospechas, exige un culpable, mueve a la venganza; pero una desgracia no acusa a nadie: es mala suerte, es la voluntad de Dios, es lo que siempre pasa.

La gente la llora y sigue, sin buscar una mano detrás, porque no está acostumbrada a que haya una mano detrás de una viga podrida.

Era el crimen perfecto de un siglo sin testigos: el que no parece crimen.

Y Morcar lo había entendido antes que nadie.

Rhedgar se los trajo.

El norteño había bajado a Dunheath meses atrás, sin ruido, y vivía en la ciudad baja haciéndose pasar por lo que casi era: un soldado retirado sin señor, de esos que sobran en todas partes.

Era el único hombre en el mundo en quien Morcar confiaba, si «confiar» era la palabra —Morcar no confiaba; calculaba, y en Rhedgar el cálculo salía a favor, porque Rhedgar prefería estar del lado de la daga que delante—.

Y fue Rhedgar quien, una noche, en la trastienda del Anzuelo Hundido, le presentó a los cuatro.

No dijeron sus nombres. Morcar no los preguntó.

Eran cuatro hombres de rostro común, esa clase de rostros que uno olvida en cuanto aparta la vista, vestidos de gris pardo, con las manos encallecidas de un modo que no era el de ningún oficio honrado.

Uno había sido zapador en alguna guerra, de los que socavan murallas por debajo.

Otro, carpintero de ribera, de los que conocen la madera y saben exactamente qué viga sostiene qué peso y qué pasa si se le quita la mitad.

De los otros dos, Morcar prefirió no saber.

Le bastó con lo que le dijo Rhedgar, muy bajo, señalándolos con el mentón:

—Estos hacen que las cosas parezcan lo que no son.

Un accidente. Una desgracia. La mala suerte de siempre.

Cobran bien y no preguntan. —Y añadió, aún más bajo, con la honestidad brutal que era su única virtud—: Pero son un cabo, señor.

Los que saben, saben. Y los que cobran, vuelven a cobrar.

Cuando esto acabe, ellos seguirán vivos, y seguirán sabiendo. Vos sabréis lo que hacéis.

Morcar miró a los cuatro hombres grises que hacían que las cosas parecieran accidentes, y por un instante oyó, muy dentro, la voz de su hermano muerto en un lecho tierra adentro: siempre queda algo vivo que no debía. Un testigo. Un cabo. Una gota que la corriente no se lleva. Y ese cabo te ahorca.

Lo oyó. Y lo apartó, como apartaba todo lo que no le convenía sentir.

—Que sea limpio —dijo a los cuatro—. Que parezca lo que la gente quiere creer: mala suerte, un año malo, la voluntad de los cielos.

No quiero un solo cuchillo donde pueda haber una tabla podrida.

—Se levantó, dejando sobre la mesa una bolsa que sonó a plata—.

Habrá trabajo. Aún no. Cuando lo haya, os llamará Rhedgar. Hasta entonces, no me conocéis.

Los cuatro asintieron a la vez, sin una palabra, y se fundieron en la penumbra de la trastienda como si nunca hubieran estado allí.

·   ·   ·

Salió del Anzuelo Hundido pasada la medianoche, solo, embozado, y subió despacio hacia la ciudad alta por las callejas mojadas.

El plan estaba tejido. Tenía a los descontentos que sembrarían la duda: Raddulf en el puerto, Gaston en las tabernas, Osric en los oídos de los escribas jóvenes.

Tenía a Rhedgar para las manos. Tenía a los cuatro grises para lo que las manos no bastaran.

Y se tenía a sí mismo, dentro del castillo, querido, insospechado, tejiendo la telaraña desde su mismísimo centro.

Ahora solo faltaba lo más difícil, que no era hacer, sino esperar: dejar que la duda calara, que un mal año llegara —o se provocara—, que el suelo bajo Edric se fuera vaciando palmo a palmo sin que nadie viera la mano que lo vaciaba.

Y faltaba una cosa más, la única que aún no había resuelto del todo, la clavija que el tablero de Wystan no tenía.

El niño.

Porque aunque cayera Edric, aunque cayera Aethelind, mientras el heredero viviera habría un nombre al que el pueblo se agarraría, un símbolo legítimo alrededor del cual reagruparse.

Alaric, con sus casi cinco años y su risa clara y su costumbre de preguntar por qué el río corre hacia el mar, era el último palmo de suelo que Morcar tendría que quitar.

Y esa era la parte del plan que ni siquiera él se atrevía todavía a mirar de frente, la que dejaba para el final, tapada, como se deja tapado un pozo del que se sabe que un día habrá que beber.

Se detuvo un momento en lo alto de una calleja. Desde allí, entre dos tejados, se veía un trozo del río, negro y quieto bajo la luna, y más allá, la mancha oscura del puente de madera y piedra, el orgullo de Edric, cruzando la corriente hacia el valle.

Morcar lo miró.

Y sin darse cuenta del todo de lo que hacía, empezó a calcular.

Cuántas vigas. Cuánta piedra. Cuánto peso. Qué noche.

El río bajó bajo el puente, callado, sin sospechar todavía la deuda que aquel hombre acababa de empezar a cobrarle, en la oscuridad, con números.