Ensayo General
El éxtasis de la victoria dio paso a un análisis forense. El teléfono del empresario era una mina de oro. La información que David extrajo pintó un cuadro claro: la estructura de poder de Silas se basaba en la adulación, la ambición y un ego colosal.
«Lo tenemos», concluyó David. «No es solo su ego. Es un anhelo de inmortalidad. Quiere ser una leyenda del arte, no solo un matón rico».
Sobre esa debilidad precisa construyeron su contragolpe. Pero la estrategia desató el primer desacuerdo serio.
—Tengo un plan —dijo David, señalando un diagrama de red en su monitor—. Un ataque de día cero. Mientras están distraídos en la subasta, puedo lanzar un troyano directamente a los servidores de Volkov. En cinco minutos, su infraestructura financiera será un cráter humeante. Rápido, limpio, letal.
Laura negó con la cabeza, su mirada fija en los perfiles psicológicos que había elaborado.
—No, un asalto directo es demasiado burdo.
Volkov sospecharía de inmediato —dijo Laura con voz templada—.
Silas ha convocado la subasta privada de Montecarlo para vender a un grupo selecto de compradores el archivo maestro inédito de Zenith y Nadir: las grabaciones originales sin censura.
Volkov estará allí para supervisar la transacción.
Si usamos esa misma gala para sustituir la proyección por la matriz financiera de Aethelred y los audios que demuestran la extorsión a Clara, Silas quedará destruido frente a su amo y ante toda la élite europea.
David dudó. Su instinto de estratega técnico se rebelaba. Era arriesgado, complicado, lleno de variables humanas. Pero entonces miró los ojos de Laura. Vio a Zenith en su forma más pura y peligrosa. La manipuladora. La directora de almas.
David sintió un pensamiento cruzarle la mente: «Ella ya no es el cebo. Ni siquiera es la actriz principal. Es la general. Y yo soy su mejor soldado, su arma más precisa. Mi trabajo es asegurarme de que el teatro arda en el momento justo».
—De acuerdo —cedió David—. Prepara el guion, directora. Yo construiré el escenario y los explosivos.
Y así nació la Operación Códex, bajo la apariencia de una falsa película titulada «El Licitador de Almas». Mientras Laura diseñaba la narrativa para seducir a Silas, David preparaba las armas digitales.
Todo estaba casi listo. Solo faltaba una póliza de seguro. Una última bala en la recámara. David sacó un teléfono de prepago y marcó el número de Javi.
—Hombre, David, ¿estás vivo?
—Casi —respondió David, su voz tensa—. Necesito un favor. Uno muy grande. Y no quiero que hagas preguntas.
La voz de Javi se puso seria:
—¿Qué pasa, tío?
—Si para el lunes a las ocho de la mañana no recibes un mensaje mío con la palabra «Desayuno»...
tienes que activar el protocolo de emergencia —dijo David con gravedad—.
El archivo encriptado que te he enviado contiene los fondos y los contactos para sacar de inmediato a Marcos de Oporto y ponerlo a salvo fuera de la península.
Si no recibes esa palabra clave tras la gala del domingo en Mónaco, no me llames: pulsa el botón y evacúa a Marcos.
—¿Qué tipo de instrucciones?
—Es... un testamento. Un protocolo de tierra quemada. Si Laura y yo caemos, quiero que el mundo sepa por qué. Y lo más importante, contiene todo lo necesario para asegurar el futuro de Marcos. Es un botón rojo. Si no te escribo, tú lo aprietas.
Hubo un largo silencio.
—Lo haré —dijo Javi finalmente, su voz grave—. Apretaré el puto botón y me aseguraré de que tu chaval esté bien.
Hizo una pausa breve antes de añadir:
—David... tened mucho cuidado, joder. Volved para ese desayuno.
—Ese es el plan —mintió David antes de continuar—.
Hay algo más, Javi. La parte práctica. Te necesito en Niza en tres días.
Te enviaré la reserva de un vuelo y un hotel.
Alquilarás un sedán negro, normal y corriente.
Y esperarás en una dirección que te enviaré.
Tu único trabajo es ser un conductor. Recoger a dos personas y llevarlas a una segunda ubicación.
No estarás en el centro de la acción. Eres nuestra red de seguridad, nuestro plan de evacuación. ¿Puedo contar contigo?
—Hecho —respondió Javi sin dudar—. Estaré allí. Para lo que sea.
David colgó. Acababa de poner sobre los hombros de su mejor amigo la carga más pesada posible. Sintió el frío del teléfono en la palma y el peso de una deuda que jamás podría saldar con dinero. El margen de error se había reducido a cero.