La constelación del Perro 1 #3
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¿Qué? No me lo podía creer. Cuando volví a mirarla estaba vuelta a medias, el final de la espalda, la curva del culo, perfecta y deliciosa.

Yo... Esa curva me mata, es una curva fatal.

Parpadeé. Pensé: No tiene nada que ver con los pósteres de Bangley, pero es que nada.

Tiene otra belleza, su encanto es mil veces mayor.

No dije: Perdona, no sabía que estabas aquí, ni nada parecido.

Desgarrándolo, contesté. Lo dije a gritos, por la cascada, y luego me di la vuelta y huí.

Big Hig. Mucho temple en un avión o con los visitantes, pero ahora no puedes ni hablar.

Al cabo de un rato me encontró en la sombra. Te toca, me dijo sonriendo.

Pasó al lado de la hamaca ladeando la cabeza y escurriéndose el pelo.

Yo estaba tumbado, sufriendo una especie de shock endocrino, intentando a la vez recordar y ahuyentar todo lo que acababa de ver.

Su presencia volvió a sobresaltarme, y estaba seguro de que me adivinaba los pensamientos.

Le sonreí yo también, avergonzado como un quinceañero.

¿Cuándo me vas a enseñar lo tuyo?, dijo.

Di un respingo, debí de sonrojarme. Entonces me mostró una sonrisa amplia y candorosa, y por un instante vi a la joven corredora de cross, a la competidora que siempre quería ganar en las carreras de caballos.

Comprobé el estado de la Bestia, rellené el aceite, hinché los neumáticos con una mancha de bicicleta que llevaba detrás.

Eché unas cuantas siestas. No volví a soñar con aquella casa.

Ahora soñaba con grandes felinos, con tigres y con pumas que en el crepúsculo bajaban hasta el río por entre las rocas mirándolo todo sin parpadear.

En el sueño reinaba una sensación de gracia y poder supremos, y también de inteligencia.

En esos sueños llegaba a estar cara a cara con los animales, muy cerca, y los miraba a los ojos y me transmitían algo que no era capaz de nombrar, pero al despertar me sentía imbuido de algo fuerte y aterrador y quizá hermoso. Me sentía afortunado.

Una tarde casi sin viento, tumbado en la hamaca, soñé que Melissa y yo estábamos cazando con arco.

Ella nunca cazaba con arco, pero yo sí. Si entre dos trabajos me quedaba tiempo para salir antes y disfrutar de una temporada más larga, me sacaba un permiso de caza con arco.

En el sueño no cazábamos aquellos felinos, sino una de esas raras cabras monteses que se extinguieron hace mucho tiempo en las estribaciones del Himalaya, y cuando ella apuntaba con el arco tensado a un macho grande, desde muy cerca, yo le gritaba ¡ NO !

y el animal pegaba un salto y echaba a correr y ella se volvía hacia mí con la cara encendida de furia por mi traición.

Cuando me desperté estaba agarrando la cuerda de la hamaca y tardé un rato en darme cuenta de dónde me encontraba, de que era un sueño, y luego casi sentí vértigo al pensar: Esto es un sueño, y algo de alivio por estar en este y no en el otro.

Los cardenales de Cima se atenuaban y desaparecían y le salían otros nuevos.

Parecía que no parábamos de hablar. Pero yo me sentía muy cómodo en los silencios que nunca lo eran del todo porque los llenaba el canto de los pájaros, el reyezuelo y la alondra, el centelleo de las barras alares de los chotacabras al atardecer.

Más tarde llegaban los chillidos de los murciélagos, el rumor de las hojas, el susurro de la corriente.

Todo bastante bucólico, lo que resultaba un poco extraño en aquella situación.

Me sentía cómodo trabajando con ella en el huerto, limpiando las hortalizas en la sombra de la mesa de tablones.

Creedme: cuando todo termina ya no vuelves a ser libre.

Cuanto más deliciosa resultaba esa tregua, más se resistía a rendirse el animal cauteloso que vivía dentro de mí.

Cuanto más soñaba con Jasper y con Melissa, más triste estaba.

Extraño, ¿verdad? Una vez, desvainando guisantes, nuestras manos se tocaron encima del cuenco y ella dejó reposar sus dedos sobre los míos.

Solo un segundo. Levanté la vista y sus ojos eran firmes, francos, me recordaron a un estanque cristalino, negro de taninos, sin viento, sereno, contenido, esperando.

Precioso. Esperando el paso de una nube que reflejar, el azote de la lluvia. Me quedé sin respiración.

Aquellos ojos abiertos. Su simple existencia. Me parecieron fieros y aterradores. Creo que retiré la mano. Ella sonrió para sus adentros y siguió desgranando guisantes. Supongo que una internista está acostumbrada a ver toda clase de síntomas y ya nada le sorprende.

Teníamos una buena provisión de venado, así que no comimos cordero ni vaca.

El Abuelo creía que si más adelante llovía y el invierno era tan suave como el anterior, quizá algunos animales lograran sobrevivir.

Podemos volver cuando las cosas mejoren, dijo.

Nadie le contestó. El Abuelo no era de los que se engañan a sí mismos, pero ahí estaba la prueba de que todo el mundo necesita su refugio imaginario.

Pasó otra semana, pasaron dos. Empezaron a aflojarse algunos de nuestros cables interiores.

Hasta ese momento no nos habíamos dado cuenta de lo tensos que estábamos.

El Abuelo había ido a cortar leña. Yo encendí un fuego en el hoyo de fuera para que ella preparase la cena y nos sentamos en dos tocones y nos quedamos mirando las llamas.

Oscilaban y susurraban al ritmo de la brisa.

A esa hora el viento soplaba río arriba, como en toda la región, pero en aquel cañón se formaban remolinos de aire y no había manera de quedar a resguardo del humo, y aunque ya nos habíamos cambiado de sitio dos veces me lloraban los ojos.

Cuando el fuego te hace llorar te pones triste, dije. Es como cortar cebollas. Siempre me ponía triste.

Sonrió.

Nunca he estado en Nueva York. ¿Te gustaba?

Gustarme es poco, me encantaba. Hay quien dice que quisiera tener dos vidas para poder ser vaquero en una y actor en la otra.

O lo que sea. Pues yo quería vivir en Brooklyn Heights en una vida y en el East Village en la otra.

Nunca me cansaba de la ciudad. Quería ir a los partidos de los Yankees —era de los Yanks, no de los Mets— y a los teatros alternativos y a recitales de poesía y perderme en el Metropolitan.

Otra vez. Iba a todas las exposiciones. Comía Sabrett’s hasta hartarme.

¿Sabrett’s?

Perritos calientes. Con chucrut, cebolla a la parrilla y mostaza, sin salsa de pepinillos.

Algunas tardes bajaba andando por Court Street hasta los Carroll Gardens y volvía.

Llegué a conocer a todos los vendedores ambulantes que vendían pañuelos, libros infantiles y relojes de imitación.

Pensé que cuando tuviéramos hijos les compraríamos los primeros libros allí.

¡Por dos dólares! Me imagino que la mafia los robaría de algún camión.

Probablemente.

Un mundo con mafia ahora parece hasta pintoresco. Los buenos tiempos. ¿Y cómo viviste el final?, le pregunté. ¿Estabas allí para verlo?

Dijo que no con la cabeza. Se inclinó hacia delante y empujó un tronco para acercarlo al fuego y se le abrió la camisa y volví a verle los pechos, más grandes de lo que deberían, bronceados y pecosos en la zona del escote y blancos abajo.

No había manera de librarme de ellos. Supongo que se había despertado esa parte de mí.

Seguramente habían estado ahí siempre, Hig, solo que tú estabas perdido en la Niebla.

En la Niebla de la Existencia, dije.

¿Qué?

Perdona. A veces pienso en voz alta.

Ya me he dado cuenta.

¿Sí?

Asintió. ¿Y yo?

No, que yo sepa.

Silencio.

No llegué a ver cómo se derrumbaba todo, las muertes en masa, pero tuve un presentimiento.

Como una bajada de presión, de las que traen cosas peores que mal tiempo.

Ya había pasado un par de veces cuando vivía en el rancho, de pequeña.

Un cambio de presión que se notaba en el pulso, en los pulmones.

El cielo se oscurecía con una extraña negrura teñida de verde.

Las vacas estaban mucho más inquietas y agitadas que cuando presentían una tormenta eléctrica.

En aquel momento tuve la misma sensación.

Y por eso creo que tendría que haberme dado cuenta.

Tendría que... Esto me lo dije a mí mismo. Tantísimos tendría que... Podrían haberme servido para construir casas, como combustible, como abono para el huerto.

¿Sabes cómo empezó? ¿Fue en Nueva Delhi?

Negó con la cabeza.

Eso es lo que contó la prensa. Una mutación de un supervirus, uno de esos que llevaban vigilando un par de décadas.

En el suministro de agua potable y tal. Combinado con una gripe aviar.

Lo llamábamos la gripe aviar africanizada, por las abejas asesinas.

Los primeros casos se dieron en Londres y le echaron la culpa a Nueva Delhi, pero no creo que surgiera de allí.

Nos llegaron rumores de que se había originado en Livermore.

¿En el laboratorio nacional de armamento?

Asintió. Según los rumores se trataba de un simple envío con transbordo.

Un mensajero en un vuelo militar con una muestra para nuestros amigos de Inglaterra.

Parece ser que el avión se estrelló en Brampton.

Nunca lo sabremos... Recorrió con la mirada el estrecho cañón y dejó que el viento se llevara la absurdidad de aquellas palabras junto con el humo.

A esas alturas estaba más que despierto. Ella respiró profundo y se le marcaron —¡Hig!— los pezones a través de la fina tela de la camisa. Dios mío, Hig. Llevabas casi una década sin oír una noticia, una auténtica noticia... ¡Y te estás poniendo cachondo!

La modificación genética de la gripe viene de antiguo.

Ya, le dije.

¡Holaaa! Mi cara está más arriba.

Di un respingo. Me sonreía a través del humo.

Calme-toi , soldado, dijo.

No sé francés, murmuré.