La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) Operación Logística
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Operación Logística

Daniel

La misión del sábado era ineludible, aunque carecía de cualquier glamour épico: Gabi crecía a una velocidad que desafiaba las leyes de la física y ya no cabía en su ropa.

En los grandes almacenes, la dinámica era puramente pragmática. Olivia evaluaba la suavidad de los tejidos con eficiencia experta, descartando cierres complicados y telas sintéticas. Yo era el encargado del transporte, meciendo el carrito con un movimiento de cadera que ya tenía automatizado.

—¿Qué te parece este? —me enseñó un pelele con orejas de oso—. ¿Crees que le quedará bien?

—A nuestra hija le quedaría bien un saco de patatas, pero las orejas suman puntos de aerodinámica. Aprobado.

Ella sonrió. Por un momento, entre perchas de colores pastel, fuimos solo nosotros tres en nuestra burbuja, una familia normal haciendo cosas normales.

Pero Gabi decidió que era hora de intervenir. Se despertó con una sonrisa encantadora y, simultáneamente, una señal olfativa inequívoca.

—Alerta biológica —murmuré, arrugando la nariz—. Tenemos una situación en el sector pañal.

—Te toca, papá —dijo Olivia, dándome la bolsa con una palmada en la espalda—. Yo gestiono la cola de caja.

La sala de lactancia estaba llena, un búnker de padres y madres en diversas fases de desesperación. El cambiador fue mi mesa de operaciones. Abrí el pañal y contuve la respiración. Gabi reía y pataleaba, completamente ajena al caos que había generado.

Una parte de mí quería salir corriendo; la otra sentía una oleada de amor tan absurda y abrumadora que me dejó clavado allí, limpiando con una devoción ridícula. Este pequeño ser humano, que dependía de mí para lo más básico, me tenía completamente en sus manos.

Cuando volví a la cafetería, victorioso y con las manos lavadas tres veces, Olivia ya nos esperaba con dos cafés.

—Misión cumplida —informé, sentándome exhausto—. Bajas: mi dignidad y media bolsa de toallitas.

Ella se rio y, con naturalidad, se desabrochó la blusa para alimentar a Gabi, que ya empezaba a quejarse.

Me quedé observándolas. El ruido del centro comercial desapareció.

Solo existía esa imagen: mi mujer alimentando a nuestra hija.

La calma absoluta en el rostro de Olivia, el abandono total al acto de nutrir, la manita de Gabi descansando sobre su pecho.

Me pareció la escena más sagrada y, a la vez, más cotidiana del mundo.

La normalidad de ese momento me golpeó. Esto no era una fase, ni una transición. Era nuestra vida. Y era infinitamente más rica y real que cualquier búsqueda de intensidad del pasado.

—Olivia —dije, y mi voz sonó más seria de lo que pretendía.

Ella levantó la vista del bebé. —¿Qué pasa? ¿Se te ha olvidado comprar algo?

—Cásate con nosotros.

Parpadeó, confundida. —¿Cómo?

—No conmigo. Con nosotros. Con este equipo. Con esta locura de pañales sucios, noches en vela y cafés fríos en centros comerciales. Quiero ser tu familia, de forma oficial. Quiero que llevemos el mismo apellido en el buzón.

Sus ojos brillaron, húmedos. No hubo duda, ni cálculo. —Sí —dijo suavemente—. Sí. Mil veces sí. Pero con una condición.

—La que tú quieras.

—Nos casamos en mi tierra. En Paraguay. Quiero que Gabi huela esa tierra, que conozca sus raíces desde el principio. Quiero flores, música y cielo abierto.

La imagen fue vívida en mi mente. Olivia de blanco, sencilla, nuestra hija en brazos, el sol de América del Sur. El círculo completo.

—Hecho —dije, cogiendo su mano libre por encima de la mesa—. Boda en Asunción. Nuevo proyecto en marcha.

Gabi soltó el pecho en ese momento, con la boca manchada de leche, y nos miró con sus ojos grandes y oscuros. Y supe que ya no buscaba ninguna constante de reacción. La había encontrado. Éramos nosotros tres