La Arquitectura de la Paz
Olivia
Habían pasado dos meses desde la cena en el ático de Marina. Dos meses desde que el último fantasma había sido exorcizado. La vida se había asentado en una calma que ya no se sentía frágil. Era sólida.
Estaba en el salón, dibujando en mi tablet.
Daniel leía a mi lado, con los pies sobre la mesa.
Einstein, el gato callejero que habíamos terminado adoptando sin decidirlo realmente, en un impulso conjunto de un domingo cualquiera, dormía sobre sus piernas.
El calor de su muslo junto al mío era una presencia constante.
—¿De qué te ríes? —preguntó Daniel, sin levantar la vista.
—De nada. De todo. De esto —respondí.
Un recuerdo me asaltó. Una tarde de domingo con Alejandro. Yo dibujaba, él leía. "¿Podrías no hacer ese ruidito con el lápiz, cariño? Me desconcentra." Yo había dejado de dibujar, pidiendo perdón. Me había hecho pequeña para no molestar.
Sacudí la cabeza. Miré a Daniel. Estaba absorto. El único sonido era el ronroneo del gato y el rasgueo de mi lápiz.
Él levantó la vista. —¿Sabes? —dijo, cerrando el libro—. Me encanta ese sonido.
—¿El ronroneo del gato?
—No. El tuyo. El de tu lápiz. Suena a que estás creando. Suena a que estás feliz.
En esa frase entendí la magnitud de lo que habíamos construido.
Dejé la tablet y me acerqué a él. Apoyé mi cabeza en su hombro, inhalando su olor familiar. —Te quiero, científico.
Él me rodeó con su brazo. —Y yo a ti, mi constante imprevista. Oye, ¿qué te parece si mañana empezamos a mirar pisos más grandes? Este se nos queda pequeño. Necesitamos un jardín.
La palabra "mañana" ya no me provocaba pánico. —Me parece un plan excelente. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que la pared de tu futuro despacho sea verde selva. No es negociable.
Él soltó una carcajada. —Trato hecho. Siempre y cuando me dejes analizar la composición química del pigmento.
Sonreí. El fantasma de Alejandro se había desvanecido. Nuestra paz no era la ausencia de problemas; era la arquitectura de una confianza diseñada para soportar cualquier tormenta.