El Lenguaje de las Cicatrices
Daniel
Una noche, semanas después de que la tormenta de Marina se disipara, estábamos en la cama. La única luz era la de la luna. Olivia trazaba círculos sobre mi pecho con la yema del dedo.
—Siempre me he preguntado —dijo en voz baja— de qué son tus cicatrices.
Su dedo se detuvo sobre una pequeña marca en mi clavícula. Le conté la historia de la bicicleta. Luego encontró otra en mi costado. Le conté esa también.
—Ahora yo —le dije, girándome—. También quiero leer tu mapa.
Mis dedos buscaron los suyos. Supe que la cicatriz de su antiguo matrimonio no era visible. Era una textura en el aire.
—Alejandro no dejaba marcas en la piel —susurró—. Las dejaba aquí.
Se llevó mi mano a su sien.
—Te hacía dudar de tu propia memoria. Te decía que estabas loca, que exagerabas. Empezó como algo pequeño. Y terminó conmigo pidiéndole perdón por llorar cuando descubrí sus mentiras.
La abracé. Sentí cómo su cuerpo se amoldaba al mío sin resistencia.
—Te creo —le dije.
Sentí un temblor recorrerla. Eran las dos palabras que nunca había escuchado.
—Yo también dejé cicatrices, Olivia —confesé—.
En Sofía. Le hice lo mismo, a mi manera.
No la manipulé, pero la abandoné en su propio silencio.
Construí un muro de indiferencia que era tan cruel como cualquier grito.
Y a Marina... la usé. La usé como un reactivo químico, sin pensar que se quemaría en la reacción.
Olivia se apartó para mirarme.
—Todos tenemos cicatrices, Daniel. La diferencia es si elegimos convertirlas en una armadura para mantener a la gente fuera, o en un mapa para enseñar el camino a quien queremos que entre.
La besé. Un beso lento, seco, sin la urgencia del deseo. Fue un reconocimiento mutuo. Dos supervivientes decidiendo que sus mapas, con todos sus territorios peligrosos, eran más útiles cuando se unían.