Protocolo de Catarsis
Olivia
Me desperté con el sabor amargo de la noche anterior. La calma se había convertido en un veneno. La tristeza por la subasta y la decepción por el sexo vacío se transmutaron en algo nuevo: rabia.
Fui al gimnasio. No a las clases de yoga o pilates a las que solía ir. Me metí en la sala del fondo, la que olía a sudor rancio y testosterona. La que albergaba los sacos de boxeo.
Me puse las vendas con torpeza, imitando a un tipo enorme que calentaba a mi lado. El monitor, un hombre con la nariz rota y una paciencia sorprendente, me enseñó la postura, el gancho, el directo.
"Saca la rabia desde la cadera, no desde el hombro", me dijo. "Piensa en algo que te joda. Mucho."
Me paré frente al pesado saco de cuero. Cerré los ojos.
Y pensé. No en Marina, esa mujer sin rostro.
Pensé en el fantasma. Pensé en el momento en que su cuerpo se movió sobre el mío, y sentí que no estaba allí.
El primer golpe fue un manotazo torpe que apenas movió el saco.
Sentí el impacto vibrar en los huesos de mi muñeca, una sacudida débil y patética.
"Más", dijo el monitor. "Con más ganas."
El segundo fue más fuerte. Mi muñeca protestó.
Y entonces, dejé de pensar en la técnica.
Pensé en la condescendencia de Alejandro.
En su frase: "Tú no tienes la disciplina para un proyecto así."
Pegué, un directo que resonó en la sala.
El cuero del saco se hundió bajo mi puño, y el dolor agudo y limpio en mis nudillos fue una extraña y bienvenida forma de claridad.
Pensé en la sonrisa falsa de Marina en aquella foto que Daniel tenía etiquetada. PUM. Un gancho.
Pensé en el silencio de Daniel. En su cobardía.
PUM. PUM. PUM. Mis nudillos gritaban, empezando a despellejarse contra la superficie rugosa, el cuero del saco resistía.
Mis brazos empezaron a quemar, mis pulmones ardían, el sudor me goteaba por la frente y se metía en mis ojos, escociendo.
La rabia se convirtió en combustible. Sentí los músculos de mi espalda y de mis hombros, normalmente dedicados a la delicadeza de un trazo, contraerse con una violencia que no conocían.
Dejé de golpear con los brazos, y empecé a hacerlo con el cuerpo entero.
El giro de la cadera, ese mismo centro de mi cuerpo que anoche había sido profanado, la fuerza naciendo desde la planta de mis pies. No era un ejercicio. Era un exorcismo.
Y de repente, el saco dejó de ser un saco. Se convirtió en la materialización física de mi impotencia. No estaba golpeando a una persona; estaba demoliendo un sentimiento. Estaba rompiendo la jaula de mi propia pasividad.
Perdí la noción del tiempo. Solo era yo, el saco, y el sonido de mi propia respiración desgarrada, un ritmo primitivo y liberador.
El impacto de mis golpes era un metrónomo sordo.
PUM. Mentira. PUM. Fantasma. PUM. Cobardía.
Cuando mis brazos ya no pudieron más y me detuve, apoyada en el saco, jadeando, sentí el temblor incontrolable en mis tríceps, el ardor del ácido láctico, la sala se había quedado casi vacía.
"Joder, chica", dijo el monitor, acercándose con una botella de agua. "Sea lo que sea lo que te jodía, creo que lo has matado."
Salí del gimnasio y el aire frío de la calle fue como un bautismo.
Me dolían los nudillos. Los miré: estaban rojos, hinchados, con pequeñas heridas sangrantes.
Eran las cicatrices de una batalla ganada.
Mis músculos temblaban por el agotamiento.
Pero por dentro, me sentía... limpia. Tranquila.
La rabia se había consumido, y en su lugar había una certeza.
Ya no era una víctima pasiva. No me sentaría a esperar a que la tormenta pasara o a que él decidiera volver.
Yo tenía mi propia fuerza, mi propia forma de luchar.
Y si tenía que derribar su mundo, y el mío, para construir algo nuevo sobre las ruinas, lo haría. Ya sabía cómo golpear.