La Confesión Anticipada Capítulo 39 · Que conste en el acta
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Capítulo 39 · Que conste en el acta

DILIGENCIA DE CORRECCIÓN DEL ACTA. Comisaría de San Bruno.

Compareciente: Quirós, Eliseo, agente rural jubilado, de setenta y un años, que concurre a la sala de agentes a las cinco horas con treinta y cinco minutos de la madrugada, a pedido de la compareciente de la diligencia que se instruye por la muerte de Fermín Vega.

La puerta de la sala queda entreabierta.

El compareciente saca del bolsillo del pecho del saco —de eso que no asomó en toda la madrugada— el cuaderno de libreta verde, de tapas blandas, gastado en las esquinas, y lo abre en la última página escrita.

La letra es de lápiz, pequeña, la letra de un hombre que escribía en guardias rurales, sobre el capó de un carro.

La escribió parado en el pasto alto, junto al estanque, en la madrugada del trece de agosto, y no volvió a escribirse: el cuaderno no llegó a tener otra página.

El compareciente la lee ahora, con la voz de siempre pero más despacio:

«El trece de agosto de hace quince años, en la madrugada, recogí del pasto, junto al brocal del estanque de la propiedad Vega, la correa de un reloj de pulsera, de cuero, rota de un tirón. Hice constar en el acta una hora que no era la verdadera. La verdadera la guardaba el reloj.»

Acto seguido, el compareciente pone la correa sobre la mesa de la diligencia. Un pedazo de cuero viejo, seco, con la hebilla torcida y la marca del tirón en una punta: la forma que el bolsillo guardó quince años, del lado del pecho, y que la mesa recibe ahora junto a la lámpara baja.

El oficial de turno abre la bolsa numerada con cuidado de farmacia, extrae de ella el reloj de pulsera sin correa —esfera clara, números de lectura a distancia— y lo pone junto a la correa. Examinada la esfera, el oficial de turno manifiesta:

—Está parado. Veintitrés cuarenta y siete.

Preguntado el compareciente qué desea dejar constancia, manifiesta:

—Que conste en el acta: la hora verdadera del fallecimiento de Fermín Vega fue las veintitrés cuarenta y siete.

El reloj y la correa quedan juntos en la mesa por primera vez en quince años, separados por el ancho de una mano. El oficial la consigna en la diligencia en curso; su pluma suena distinta ahora, más lenta, porque la prosa de los formularios no tiene una casilla para esto y hay que escribirla.

Se deja constancia de que la presente corrección se refiere a la hora del fallecimiento consignada en el acta archivada, que se sustituye por la que guardaba el objeto de custodia. La corrección es firmada por el compareciente y unida al expediente.

Desde la sala de espera, hacia nadie, en voz de cuenta, se oye a la contadora:

—De las veintitrés cuarenta y siete a la una y media hay casi dos horas.

La compareciente Vega, desde el interior de la sala, sin ser preguntada, manifiesta:

—Casi dos.

La compareciente se levanta de la silla de la diligencia, camina hasta la puerta entreabierta y la abre del todo.

En la sala de espera queda su familia, en el orden de toda la noche: Nuria con las llaves quietas en el regazo, Álvaro con la gorra en las manos, Tomás de pie detrás de la silla de más — que sigue teniendo un sombrero de fieltro de fiador en el respaldo—, Lucía con la mochila en las rodillas.

—Que entren. Esto lo tienen que oír de mí.

Fin de la diligencia de corrección. La declaración continúa.