La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 53 BERLÍN ESTE
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53 BERLÍN ESTE

BERLÍN ESTE

Heinrich lloraba amargamente cuando él y su hermano llegaron a casa del colegio. El ama de llaves, Martha, lo abrazó y lo consoló, solo para ganarse el ceño adusto y reprobador del padre de los niños.

—No le hagas caso, Martha. ¿Cómo se supone que vayan a hacerse hombres, si uno de ellos está siempre lloriqueando?

Johann von Falkenhain agarró al pequeño Heinrich por el brazo y lo arrastró hasta el salón, que estaba muy bien amueblado para los estándares de Alemania del Este. Friedrich, el hermano gemelo de Heinrich, lo siguió en silencio. Él también estaba a punto de llorar, porque sabía lo que les esperaba.

—Antes de infligirles el castigo que parece que tanto necesitan, me gustaría saber qué ha pasado esta vez.

Johann era un hombre alto y enjuto, con el pelo rapado y un rostro demasiado surcado de arrugas para su edad. Permanecía tieso y erguido como un soldado en un desfile y miraba con desdén a sus hijos, que según él, no eran más que una continua decepción.

—Se han vuelto a burlar de mí en el colegio. Me dicen que soy feo porque no tengo pelo. Me llaman «cabeza de huevo» y hablan de cómo me parezco a un monstruo porque no tengo cejas ni pestañas —dijo el pequeño Heinrich, secándose las lágrimas de los ojos.

Friedrich, con los ojos también anegados, miró a su hermano con compasión.

Los dos niños eran como dos gotas de agua.

Durante años, eran objeto de burlas y acosos, y al mismo tiempo habían carecido de apoyo alguno por parte de su padre.

¿Y qué decir del amor? Su padre era un hombre estricto y farisaico cuya dureza no había hecho más que multiplicarse tras la muerte de su esposa.

Con la dolorosa partida de ella, desapareció para siempre el amor de la vida de los gemelos.

Ninguno de los dos la recordaba muy bien, pero echaban de menos la calidez y la seguridad que siempre les había dado.

Johann miró a los dos niños. Sí, eran unos bichos raros.

Y nunca podría perdonar a su difunta esposa por haber dado a luz a hijos como ellos: unos llorones quejicas, niños de mamá que no tenían nada del orgullo y la fuerza que, para Johann, caracterizaban al hombre típico alemán y—sí, ario—.

La única solución que creía tener era hacer que cambiaran a base de castigarlos, endurecerlos con dolor.

Algún día tendrían que dejar de llorar y desarrollar el tipo de hombría que debían tener los hijos de alguien como él.

Los dos niños retrocedieron instintivamente cuando vieron a su padre sacarse el cinturón de los pantalones, preparándose para impartir otra de sus innumerables lecciones.

—Dense la vuelta y quítense las camisas —dijo su padre apretando el cinturón entre las manos.

Pero esta vez, las cosas serían diferentes.

Heinrich y Friedrich lo habían hablado muchas veces, al principio en broma, pero luego cada vez más en serio.

Hasta hacía unos días se había desarrollado un plan muy concreto, que ahora, en este momento de desesperación compartida, llevarían a cabo.

Friedrich, que al principio obedeció la orden de darse la vuelta, se giró de repente y le gritó a su padre:

—¡Déjanos en paz! ¡Te odiamos!

Johann, sorprendido por la reacción de su hijo, se quedó como petrificado. Le temblaron los labios y miró al niño con una mezcla de confusión, respeto y odio.

De lo que no se dio cuenta fue de que Heinrich había metido la mano en la cartera del colegio y ahora sostenía un gran cuchillo de trinchar que había robado de la cocina días antes.

Heinrich no dudó ni un segundo y lo clavó en el muslo a su padre hasta la empuñadura.

El hombre gritó y cayó de espaldas al suelo.

Mientras tanto, Friedrich había sacado el martillo de su cartera.

Al igual que su hermano, estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta, y un segundo después, el martillo se estrelló contra la cabeza de su padre.

El sonido del cráneo al astillarse les caló hasta la médula a los niños.

Heinrich le había arrancado el cuchillo de la pierna a su padre y ahora se lo clavaba en el pecho con todas sus fuerzas.

Friedrich y Heinrich se miraron, y de un segundo a otro el mundo fue un lugar diferente.

Su determinación se convirtió en frenesí.

Como animales salvajes, golpearon y apuñalaron a su padre, el hombre que, hasta ahora, había convertido sus vidas en un infierno.

No se detuvieron durante varios minutos.

Luego volvieron a mirarse, exhaustos, y ambos supieron una cosa: habían encontrado su vocación.

Ninguno necesitó decir una palabra para saber que lo que acababa de suceder trascendía cualquier cosa que les hubiera importado antes.

Nadie volvería a burlarse de ellos. Nunca más dejarían que alguien los oprimiera.

Las circunstancias habían cambiado. Las presas se habían convertido en predadores.

—¡Señor mío! —gritó Martha, que entró en la habitación en ese preciso instante y vio el cuerpo inerte y ensangrentado de Johann von Falkenhain y, a su lado, a sus dos hijos, también empapados de sangre de la cabeza a los pies. Segundos después, la vida de Martha también llegó a su fin.