La ciudad del mar (Crímenes de Barcelona 3)
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1. Imposible
AGRADECIMIENTOS
A los lectores, siempre fieles a todas mis historias.
Pasqual Mira Noble era uno de los políticos más queridos y apreciados por los barceloneses.
No era raro verle caminar por las Ramblas, la Plaza de Cataluña y, sobre todo, por el Paseo de Gracia.
Tenía el aspecto afable de un padre de la patria, como un patricio romano junto al que los ciudadanos siempre se sentían a salvo.
Aquella mañana, el político bajó a comprar el pan y el periódico; era de los que aún preferían el tacto rugoso del papel a la fría pantalla del teléfono o del iPad.
—¡Bon dia, Pepa! —saludó a la quiosquera, una especie casi en extinción.
— Bon dia, su ilustrísima.
—Menos guasa —dijo el hombre con su sonrisa ladeada.
—Aquí tiene La Vanguardia y El Periódico.
El hombre le dio unas monedas y se guardó ambos ejemplares debajo del brazo.
—¿Cómo está la cosa?
—Floja. En el barrio ya solo hay turistas, y esos o compran una gorra, un abanico o una botella de agua.
—Los tiempos cambian, Pepa.
—¡Malditos los tiempos!
Mira se alejó del quiosco y se dirigió al Forn de Pa.
— Bon dia, Montserrat —dijo a la panadera mientras esta le servía lo mismo que en los últimos veinte años.
—No sé qué tiene de bueno. Ayer robaron en la frutería y hace dos días, en la perfumería.
—Los ladrones no comen pan, no te preocupes; son alérgicos al gluten.
—A ver si dice algo en el Parlament. Ya no aguantamos más.
El hombre salió del local y se comió un cuscurro antes de regresar a su portal.
La gente pensaba que, por el hecho de estar en el Parlament, podía cambiar las cosas.
Ahora dirigía una comisión de investigación sobre una presunta trama de corrupción del anterior gobierno y, para ser sincero, aquello era un cachondeo.
La gente no los respetaba; los corruptos parecían actuar con total impunidad.
Llamó al ascensor y esperó. Tenía el mejor apartamento de aquel vetusto edificio.
En cuanto el viejo trasto se paró, abrió las puertas de hierro forjado pintadas de negro, las mismas que veía desde que se había trasladado con su familia al inmueble a principios de siglo.
Entró, apretó el botón y se observó en el espejo.
Su rostro se ensombreció al recordar las notas amenazantes que últimamente había recibido en el teléfono, pero un sonido metálico hizo que aquellos pensamientos se esfumaran.
Escuchó un crujido, miró al suelo del ascensor y notó que se movía.
—¡Collons! —exclamó mientras intentaba agarrarse a un pasamanos.
La cabina ya estaba casi a media altura del edificio. El suelo se desprendió y él quedó colgado de la barra, mientras sus periódicos revoloteaban como palomas hasta el foso. El pan tardó menos en impactar contra el enorme muelle que había abajo.
El hombre prefirió no mirar. Sabía que se estaba metiendo donde no le llamaban. Su madre siempre le había advertido de que no era buena idea meterse hasta la cocina de las casas, porque uno terminaba viendo cosas que no le gustaban.
—¡Dios mío! —gritó en castellano mientras sus dedos comenzaban a resbalar.
Él, que llevaba casi cuarenta años siendo ateo, se encomendó a la Virgen de Montserrat y a Cristo antes de que sus dedos cedieran y comenzara a caer en un vacío que se le hizo eterno.
Al impactar en el foso, sintió cómo el inmenso muelle del suelo le atravesaba el pecho. Apenas fue un instante, hasta que el último fogonazo de su cerebro desapareció del todo y, como si alguien hubiera pulsado el botón de apagado, su vida se extinguió.