CAPÍTULO 16 #2
Elena y Martín se miraron en el centro de la estancia bajo la luz blanca del flexo. La sentencia conectaba de forma milimétrica con la descripción de la posición siete que constaba en el expediente notarial y en la carta de Amelia Valcárcel.
—Ese era él —dijo Elena, sintiendo cómo todas las piezas del rompecabezas encajaban con una precisión aterradora—. La persona que estuvo en aquella casa con Alba es la misma que ha estado administrando la red de coacción desde la sombra.
—¿Estás totalmente segura de que la persona que ocupaba esa posición era a quien viste en la casa de tu infancia? —preguntó Martín.
—Ahora sí —asintió Elena—. Conocía a esa persona desde que era una niña, pero jamás sospeché que su presencia en nuestro entorno tuviera algo que ver con la estructura de San Telmo. Para mí era solo un conocido de la familia, alguien respetable cuya voz inspiraba obediencia inmediata.
Un nuevo fragmento de memoria, más oscuro y difuso, se abrió paso en su mente.
Elena recordó la tarde en que la comarca entera comentó la marcha repentina de Amelia Valcárcel.
Recordó el sonido de un vehículo maniobrando en el camino secundario de la finca, el golpe seco de una portezuela al cerrarse en la oscuridad, a Alba llorando en silencio junto a la ventana de la buhardilla y esa misma voz pausada dando una instrucción breve desde el asiento trasero antes de arrancar.
La persona que ocupaba la posición siete no había aparecido en sus vidas de forma sobrevenida para neutralizar las investigaciones de Alba.
Llevaba décadas orbitando alrededor de su familia, observando los pasos de las dos hermanas y asegurándose de que la verdad sobre el origen de las Ofelias permaneciera enterrada.
—¿Por qué no te eliminaron a ti también cuando decidieron intervenir el coche de Alba? —preguntó Martín en un tono grave.
—Porque yo no representaba ningún peligro para la cúpula —contestó Elena, mirando el trozo de papel vegetal—.
Para ellos, yo era simplemente la hermana abogada que había olvidado todo lo ocurrido en la infancia y que carecía de acceso a las fichas matrices.
Hasta que entré en la casa de Alba y recuperé la caja de nogal.
El terminal secundario sobre la mesa volvió a emitir dos vibraciones cortas.
Elena se aproximó y miró la pantalla. Un mensaje entrante procedente del mismo número desconocido desplegó una sola línea:
«Ya lo recuerdas todo.»
Elena permaneció en silencio, sin responder. Dos segundos después llegó la segunda notificación:
«Entonces ya sabes perfectamente dónde encontrarnos para cerrar el expediente.»
Martín se inclinó sobre la mesa. —¿Sabes a qué lugar se refiere? Elena volvió a mirar la fotografía de las dos niñas y la nota oculta en el lomo del libro. —Sí —respondió con voz firme.
—¿Dónde es? —insistió Martín. —En el antiguo pabellón de descanso de la finca El Cedro —dijo Elena, mencionando la propiedad aislada que la cúpula había utilizado durante los primeros años noventa para las reuniones reservadas del club—.
Allí fue donde empezó todo. Alba me llevó hasta la entrada exterior una tarde, cuando yo era adolescente, pero me hizo prometer que jamás regresaría a ese lugar.
Elena guardó la nota de Alba junto a la copia del documento notarial en su bolsillo interior. —Tenemos que ir allí de inmediato —declaró Elena.
—¿Ahora mismo, en mitad de la noche? —se opuso Martín—. Puede ser una emboscada perfectamente diseñada para neutralizarnos lejos de la ciudad.
—Lo sé —contestó ella, mirándolo de frente—. Sé que nos están esperando en un entorno que ellos controlan por completo.
—¿Entonces por qué vamos a acudir directamente a su terreno?
—Porque esa persona lleva más de veinte años esperando que alguien de mi familia recuerde la verdad y tenga el valor de ir a exigir explicaciones —respondió Elena con una frialdad absoluta.
Elena guardó la fotografía de su infancia en la libreta.
Antes de apagar la luz del despacho, miró una última vez la imagen de las dos niñas sonrientes en el banco de madera.
Ya no veía una estampa inocente del pasado; veía la prueba irrefutable de que Alba había pasado toda su vida intentando protegerla de un enemigo invisible.
Al cruzar el umbral del portal hacia la calle húmeda, el teléfono de Elena emitió una última notificación.
El mensaje contenía únicamente cuatro palabras:
«Esta vez, ven sola.»
Elena le mostró la pantalla a Martín bajo la luz del farol. El expolicía negó rotundamente con la cabeza. —No vas a entrar sola en ese pabellón, Elena. No lo voy a permitir.
Elena guardó el móvil en la gabardina y observó las primeras luces grisáceas del amanecer despuntando sobre los tejados del casco antiguo.
—No voy a entrar sola, Martín —dijo Elena con una serenidad helada—. Pero quiero que ellos crean que he picado el anzuelo y que acudo a ciegas.
Martín la miró en silencio, comprendiendo que la abogada había dejado atrás cualquier rastro de vacilación. Ya no era la persona que buscaba respuestas con cautela en los archivos del juzgado; era alguien decidido a confrontar al responsable directo del colapso de su familia.
Elena avanzó hacia el vehículo mientras las nubes del amanecer teñían el cielo de un tono plomizo. La fase de la búsqueda había concluido de forma definitiva. La confrontación final estaba a punto de comenzar.
La confesión
El camino de acceso se perdió entre una vegetación descuidada que amenazaba con invadir por completo la rodada de grava.
Elena detuvo el vehículo a unos cien metros de la reja de hierro descolgada, manteniendo las luces cruzadas apagadas para no delatar la posición de Martín, que había descendido dos curvas antes para aproximarse a pie entre la masa de arbolado.
La estructura del antiguo pabellón de descanso se recortaba contra la luz cenicienta del amanecer, con sus paredes de mampostería oscura y los amplios ventanales del primer piso protegidos por contraventanas de madera carcomida.
Elena permaneció un minuto entero en el interior del habitáculo, escuchando el tictac del motor al enfriarse y el goteo constante del agua cayendo desde las ramas altas sobre la chapa.
El lugar no transmitía la apariencia de una ruina abandonada ni la puesta en escena de un escondite clandestino.
Conservaba una sobriedad residencial antigua, casi doméstica, que resultaba infinitamente más perturbadora para Elena porque reconocía cada rasgo de su arquitectura.
Descendió del coche sin cerrar la portezuela con golpe seco.
Avanzó hacia la entrada principal con pasos lentos, sintiendo que la grava húmeda crujía bajo sus suelas.
Al traspasar el umbral de la puerta de doble hoja, entornada hacia el interior, el olor a humedad mezclado con cera vieja y barniz seco la envolvió de inmediato.
Recorrió el recibidor a oscuras. La luz plomiza que entraba por el tragaluz superior iluminaba el arranque de una escalera de caracol con pasamanos de latón pulido y un espejo de marco ovalado colgado en el rellano.
Al verse reflejada en la luna desgastada, Elena experimentó una sacudida helada en el estómago.
Recordó la altura desde la que miraba ese mismo cristal cuando tenía siete años, el tacto del primer barrote de la balaustrada y la sensación de estar pisando un terreno prohibido.
Subió los escalones sin apoyarse en la barandilla. En el piso superior, la puerta de la estancia principal permanecía abierta.
Sentado en un sillón de orejas junto a una mesa baja de nogal, donde descansaba una taza de porcelana vacía y un candelabro de bronce sin encender, se encontraba el responsable de la posición siete.
Su postura era relajada, con las manos cruzadas sobre la rodilla y la vista fija en la ventana que daba al camino interior.
No vestía ropas de trabajo ni mostraba signos de agitación.
Su presencia conservaba la misma elegancia sobria y la voz pausada que Elena había escuchado durante años en las comidas familiares y en las reuniones de su despacho.
Elena se detuvo a tres metros de la entrada, manteniendo la distancia y ajustando las manos en los bolsillos de la gabardina, donde guardaba la copia del expediente.
Durante casi medio minuto, ninguno de los dos pronunció una sola palabra. El silencio entre ambos era tan denso que el murmullo de la lluvia en el tejado parecía quedar amortiguado por la tensión del aire.
—Has tardado mucho en llegar hasta aquí, Elena —dijo finalmente el responsable, girando la cabeza despacio hacia ella sin variar la compostura de su rostro.
—No sabía que tenía que recordar algo que me hicieron olvidar cuando era una niña —respondió Elena con la voz firme pero seca.
—Tu hermana sí lo sabía —contestó él, manteniendo una mirada serena y analítica—. Alba nunca olvidó una sola palabra de las que se dijeron en esta casa.
La mención directa de Alba provocó una reacción inmediata en Elena. Apretó la mandíbula, sintiendo que la sangre le golpeaba en las sienes.
—¿Tú mataste a Alba? —preguntó directamente, sin rodeos ni preámbulos formales.
El responsable no pestañeó. Sostuvo la mirada con una tranquilidad pulcra, casi pedagógica, como si estuviera evaluando la formulación de una pregunta incompleta.
—Alba murió porque no supo detenerse a tiempo cuando el dictamen ya estaba cerrado —respondió con tono pausado, sin elevar la voz. —Eso no contesta a mi pregunta —replicó Elena, dando un paso corto hacia el centro de la habitación.
—No —admitió él, ladeando ligeramente la cabeza—. Pero a estas alturas de la noche sabes perfectamente cuál es la respuesta ejecutiva.
El duelo verbal quedó entablado en la penumbra de la sala.
El responsable no se comportaba como un perseguido ni mostraba la agresividad destructiva que Elena había anticipado durante el trayecto.
Hablaba con la seguridad impertérrita de quien cree haber actuado impulsado por una necesidad superior, una lógica de orden que justificaba cada decisión adoptada en las últimas tres décadas.