CAPÍTULO 15 #16
A los pocos segundos, el terminal de Elena recibió un mensaje de texto entrante procedente del número de Irene:
«No me busques más en la travesía.»
Elena se quedó mirando fijamente las palabras en la pantalla. —¿Es ella? —preguntó Martín, asomándose desde su asiento.
Antes de que Elena pudiera responder, una segunda línea se desplegó en el visor:
«Ya os he contado demasiado sobre la finca.»
Elena cerró los ojos un instante, sintiendo cómo el suelo bajo sus pies se volvía cada vez más inestable.
No había confirmación de un asalto ni de una detención violenta, pero la brevedad de los mensajes indicaba que Irene había sido localizada o forzada a cortar cualquier vínculo con la investigación de forma definitiva.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Martín, viendo cómo la última fuente de testimonio directo se cerraba.
—Seguimos adelante —respondió Elena con la voz apagada pero inflexible.
—¿Sin la confirmación de Irene? —insistió el expolicía—. Nos quedamos sin la única testigo que vivió la transición de la segunda etapa.
—No podemos permitirnos esperar ni un solo día, Martín —dijo Elena, abriendo la puerta del vehículo para salir a la lluvia —. Alba tampoco pudo esperar cuando descubrió la carpeta en la pantalla.
Descendieron del coche y caminaron hacia el portal de la buhardilla bajo el goteo incesante de las cornisas.
Elena apretó la carpeta rígida contra su pecho, sintiendo que cada paso la alejaba más de la prudencia legal y la adentraba en un terreno de confrontación directa donde cualquier error de cálculo resultaría irreversible.
—¿Estás realmente preparada para encarar a esa persona sabiendo de lo que es capaz? —preguntó Martín antes de introducir la llave en la verja exterior.
Elena se detuvo en el primer escalón de piedra y miró la calle desierta a sus espaldas.
—No —admitió tras varios segundos de silencio—.
No se está preparada para descubrir que el horror ha estado sentado a tu mesa durante años.
Pero estoy preparada para llegar hasta el final y terminar lo que Alba empezó.
Martín la observó con respeto y gravedad, asintiendo en silencio antes de empujar la verja de hierro.
En el preciso instante en que el cerrojo de la entrada iba a encajar, el teléfono personal de Elena —el terminal que mantenía desconectado de la red comercial y que solo conservaba la tarjeta de memoria familiar— emitió un tono de notificación de archivo multimedia.
No era un número registrado ni figuraba el prefijo comarcal ordinario.
Elena sacó el dispositivo con manos frías y abrió la imagen adjunta.
En la pantalla iluminada apareció una fotografía en color, con los bordes ligeramente desgastados por el paso del tiempo.
La toma mostraba a dos niñas de corta edad sentadas en el banco de madera de un jardín privado durante un verano de hacía más de veinticinco años.
Eran Alba y Elena, sonriendo hacia la cámara mientras sostenían un libro de cuentos ilustrado.
Era una fotografía estrictamente privada, perteneciente al álbum familiar que conservaban en la vivienda de sus padres y que jamás había sido digitalizada ni incorporada a ningún expediente público ni profesional.
Elena se quedó paralizada en la entra-da, sintiendo que el aire se congelaba en sus pulmones.
Martín se giró al notar su inmovilidad. —¿Qué ocurre ahora, Elena? ¿De dónde han sacado esa imagen?
Elena no pudo contestar. La luz del terminal iluminaba sus ojos abiertos de par en par.
Un segundo mensaje sin texto se desplegó inmediatamente debajo de la fotografía de infancia:
«Tu hermana siempre supo quién ocupaba la posición desde el primer verano.»
Y de inmediato, una tercera línea corta y Demoledora:
«Y tú también lo sabías antes de empezar a buscar.»
Elena apagó la pantalla de golpe, apretando el teléfono contra su palma hasta hacerse daño.
—¿Qué significa esa frase, Elena? —insistió Martín, tomándola por el brazo al ver palidecer su rostro hasta un extremo aterrador—. ¿Qué relación tiene esa foto con las Ofelias?
Elena miró las losas húmedas del portal, sintiendo cómo un recuerdo enterrado durante más de dos décadas comenzaba a emerger desde el fondo de su memoria con una nitidez escalofriante.
No era una deducción documental ni un hallazgo en un archivo notarial; era la memoria física de una voz, de una presencia en la casa familiar durante los veranos de la infancia, de alguien que frecuentaba a sus padres antes de que el Club de las Ofelias existiera siquiera como proyecto.
—Quieren que dude de mi propia memoria —susurró Elena con la voz rota, mirando la oscuridad del pasillo.
—¿Te acuerdas de algo concreto al ver esa foto? —preguntó Martín en un murmullo tenso.
Elena levantó la vista hacia él. En sus ojos ya no había vacilación ni miedo, únicamente la sombra de una certeza terrible que lo cambiaba todo.
—Me acuerdo de alguien que estuvo en nuestra casa mucho antes de que todo esto empezara —dijo Elena, avanzando el primer paso hacia el interior de la buhardilla—. Alguien a quien yo había olvidado por completo y que estuvo allí desde el principio.