La Chica del Pantano CAPÍTULO 15 #8
85%

CAPÍTULO 15 #8

El conductor no descendió. La puerta trasera del lado del acompañante se abrió de forma pausada y de la parte posterior del habitáculo bajó una figura de estatura media, cubierta con una gabardina clara y un sombrero de ala ancha que impedía distinguir las facciones de su rostro bajo la penumbra de la travesía.

La figura caminó con paso tranquilo hacia la puerta de entrada, introdujo una llave en la cerradura principal y accedió al interior del inmueble sin dudar. La puerta de madera se cerró tras ella con un chasquido metálico.

Martín se inclinó hacia Elena. —¿Podría ser Irene Robles?

—La envergadura no coincide con las fichas antropométricas del expediente de Irene —respondió Elena en un susurro tenue—. Y la forma de moverse no es la de una persona de más de sesenta años que vive atemorizada.

Pasaron cuatro minutos de absoluta inmovilidad en los que el único sonido en la travesía fue el murmullo al ralentí del motor del coche oscuro.

La puerta del número catorce volvió a abrirse.

La misma figura salió al exterior. En la mano derecha portaba un sobre de papel manila de tamaño cuartilla.

Sin mirar hacia los lados, depositó el sobre directamente en el escalón de piedra del portal, cerró la puerta con llave, regresó al vehículo y ocupó de nuevo el asiento posterior.

El coche aceleró de forma progresiva, giró en la siguiente esquina y desapareció en dirección a la carretera comarcal sin encender los faros hasta salir del casco urbano.

Elena y Martín esperaron noventa segundos completos antes de salir de la sombra del callejón. Avanzaron con cautela por la acera hasta alcanzar el portal del número catorce.

Elena se agachó y recogió el sobre de papel manila. No tenía ningún nombre ni dirección escrita en el anverso.

Al abrir la solapa, extrajo dos fotografías impresas en papel fotográfico de alta densidad y acabado mate.

La primera fotografía mostraba a Irene Robles.

Era una toma reciente, capturada en un interior austero con paredes de yeso sin pintar y una ventana alta con barrotes de hierro.

Irene figuraba sentada en una silla de madera, vistiendo un jersey oscuro.

Su rostro reflejaba cansancio y resignación, pero estaba viva y no presentaba signos visibles de violencia física.

En el reverso de la imagen figuraba una línea manuscrita con tinta azul:

«Ella sobrevivió a la segunda etapa porque aprendió exactamente cuándo debía guardar silencio.»

Martín miró la fotografía por encima del hombro de Elena. —¿Dónde está tomada esa imagen? ¿Reconoces esa habitación?

—No —dijo Elena, analizando el encuadre—. No hay ningún elemento decorativo ni referencia de fondo que permita ubicar la propiedad. Podría ser cualquier estancia trasera de la comarca.

—¿Crees que la tienen secuestrada en ese lugar en este momento?

—No podemos saber si es una retención contra su voluntad o si Irene está colaborando en el aislamiento para protegerse —respondió Elena con cautela.

Elena sacó la segunda fotografía del sobre.

En esta ocasión se trataba de una copia antigua en blanco y negro.

En ella figuraban dos mujeres jóvenes de pie frente a la portalada de una casona de piedra.

Elena reconoció a la izquierda a Irene Robles, con un aspecto notablemente más joven, y a su lado a Amelia Valcárcel, sonriendo de forma relajada hacia la cámara.

A espaldas de ambas, en el quicio de la puerta de entrada, figuraba Darío Noceda, observándolas con actitud vigilante.

—¿Qué significa esto? —preuntó Martín, señalando la imagen—. Siempre se nos dijo que Darío asumió la gestión del club tras la marcha repentina de Amelia y que apenas habían coincidido en el tiempo.

—Significa que los tres formaban parte del mismo grupo inicial —explicó Elena—. Que la narrativa de la sucesión ordenada y el traspaso de la librería fue otra construcción para ocultar la verdadera naturaleza de la relación entre ellos.

Elena dio la vuelta a la segunda fotografía. En la parte posterior figuraba una fecha impresa por la máquina reveladora: 12 de julio . Tres años después de la supuesta disolución del primer círculo de Amelia.

Martín apretó los dientes al leer la cifra. —Los documentos oficiales de la asociación no solo estaban alterados; eran una invención completa de principio a fin.

—Sí —asintió Elena—. Toda la cronología que hemos estado investigando ha sido manipulada para protegernos de mirar hacia la persona que dirigía a los tres.

En ese momento, la pantalla del teléfono móvil de Elena se iluminó por tercera vez consecutiva con un mensaje emergente:

«Ahora ya conoces dónde empezó la estructura.»

Cuatro segundos después, entró una segunda notificación:

«Mañana sabrás dónde termina.»

Elena guardó las dos fotografías en la carpeta rígida de su gabardina y miró fijamente a Martín en medio de la travesía desierta.

—Esto es una trampa diseñada al milímetro —dijo Martín, apretando los puños.

—Lo sabemos —respondió Elena de forma pausada.

—No —corrigió Elena, negando con la cabeza con frialdad—. Ahora sabemos exactamente dónde se encuentra la trampa.

Martín la observó con extrañeza. —¿Dónde?

Elena dirigió la vista hacia la fotografía reciente de Irene que sostenía en la mano. —En nosotros mismos. En nuestra necesidad de encontrar respuestas lógicas a través de las pistas que nos van dejando caer.

Se hizo un silencio absoluto en la travesía.

Elena comprendió en ese instante la verdadera dimensión del juego al que estaban siendo sometidos.

Cada documento desclasificado de la memoria de Alba, cada fotografía de la caseta, cada dirección revelada a través de mensajes no eran el resultado de su astucia detectivesca ni del azar.

Alguien con acceso total a los archivos originales estaba conduciendo su investigación por un camino previamente trazado, asegurándose de que llegaran a las conclusiones correctas en el momento justo en que la estructura necesitaba resolver su propia crisis interna.

Martín la observó con la preocupación reflejada en el rostro. —¿Seguimos adelante con esto, Elena?

Elena tardó varios segundos en responder. Sacó del bolsillo la pequeña copia fotográfica del rostro de su hermana Alba que siempre llevaba en la libreta de notas y la contempló bajo la luz tenue de la esquina.

—Sí —dijo Elena con voz firme.

—¿Aunque sepamos que conocen cada uno de nuestros movimientos y que nos están esperando?

Elena guardó la foto de Alba y miró hacia el fondo del pasaje. —Precisamente por eso. Porque ahora nosotros también sabemos que están ahí fuera y que dependen de que completemos el trayecto para dar su propio paso.

Comenzaron a caminar de regreso hacia el vehículo por la acera de sombra. Mientras dejaban atrás el número catorce de la Travesía de las Ánimas, Elena se giró una última vez para mirar la fachada del inmueble.

En la ventana de la primera planta, tras las persianas de madera entreabiertas, la luz tenue de la lámpara interior volvió a encenderse y apagarse tres veces consecutivas.

Elena ajustó el cuello de su gabardina y no volvió a mirar atrás.

No sabía quién permanecía en el interior de aquella casa desierta, ni si Irene Robles continuaba con vida en algún punto de la comarca, ni qué nombre llevaba la persona que había dirigido el destino de Amelia, Darío y Marta desde la sombra durante más de treinta años.

Pero comprendió con una certeza absoluta que la fase de la investigación deductiva había concluido.

El desenlace final había comenzado.

CAPÍTULO 15

La verdad oculta

La mujer que sobrevivió

El vapor que emergía de las tazas sobre la barra de zinc era el único elemento en movimiento dentro del establecimiento.

La pequeña localidad, un enclave interior de la provincia construido en torno a una vieja fábrica textil clausurada hacía décadas, carecía del pulso comercial del litoral.

La cafetería, situada frente a la explanada de una estación de viajeros donde los trenes de cercanías hacía años que no hacían parada, olía a madera gastada, humedad y café recalentado.

Elena permaneció sentada junto al ventanal del fondo, con la gabardina cerrada hasta el cuello y las manos rodeando la loza caliente.

Sobre la mesa solo descansaba una carpeta de cartulina rígida.

No había llevado consi­go el volumen de la memoria USB, ni las fichas manuscritas de San Telmo, ni los informes originales del archivo comarcal; únicamente las reproducciones en papel que habían impreso a cable desconectado en la madrugada previa.

Pocos minutos después, la puerta de madera chirrió sobre los goznes. Martín entró con paso medido, sacudiéndose el agua de la lluvia ligera que comenzaba a caer en el exterior. Barrió la estancia con una mirada rápida antes de ocupar la silla frente a ella.

—¿Algún movimiento fuera? —preguntó Elena en voz muy baja, sin levantar la vista de la taza.

—El aparcamiento de la estación está desierto y en el camino vecinal no ha entrado ningún vehículo en los últimos veinte minutos —contestó el expolicía, quitándose los guantes de cuero—.

Tu precaución de tomar tres desvíos secundarios y dejar el coche a dos kilómetros ha funcionado, al menos por ahora.

Martín la observó con evidente tensión. —¿Y si no viene, Elena? Si la llamada anónima de anoche en la travesía era un aviso firme, Irene no se arriesgará a presentarse en este pueblo.

—Vendrá —afirmó Elena con la voz serena pero inflexible.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

Elena metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo y sacó una tira de papel arrugada, con una sola frase manuscrita por Alba meses atrás:

«Si alguna vez necesitas encontrar a Irene fuera de la red de San Telmo, no la busques en la dirección que consta en su expediente. Búscala en el único lugar donde aprendió a guardar silencio.»

Martín examinó la nota antes de devolverla. —¿Y qué significa exactamente esa frase?