La Chica del Pantano CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

Elena lo sostuvo con la mirada. —Exactamente. Darío asumió la portavocía pública y la gestión del club, pero no ocupó el puesto de Amelia por iniciativa propia.

Revisaron la secuencia fotográfica posterior a la retirada de Amelia.

En las imágenes más recientes, Darío figuraba en el centro de los actos, pero la composición de las tomas mantenía una constante inquietante: en el fondo de varias salas, en la penumbra de las galerías o en los márgenes de los recitales, la silueta de la mujer desconocida —la figura del moño bajo y la mirada impenetrable— continuaba apareciendo.

Elena localizó una última hoja escaneada en los archivos secundarios de Alba. Se trataba de una nota manuscrita hallada en el reverso de una foto de grupo del círculo primigenio. La frase, redactada con trazo firme, decía:

«Cuando una se marcha, otra ocupa su lugar en la cadena.»

—¿Es una amenaza para las que intentan marcharse? —preguntó Martín.

—No —respondió Elena tras unos segundos de reflexión—. Es una regla de funcionamiento interno.

—¿Qué diferencia hay a estas alturas? —inquirió él.

—Una amenaza busca paralizarte mediante el miedo puntual —razonó Elena—. Una regla busca convencerte de que el sistema es inevitable y de que no tienes ninguna elección posible.

Esa idea resonó en la mente de Elena como una de las claves fundamentales de la investigación. El poder del Club de las Ofelias no radicaba únicamente en la intimidación, sino en la capacidad de hacer creer a sus integrantes que la sumisión y el silencio formaban parte de un orden superior.

En la esquina inferior de esa misma hoja manuscrita, figuraba una sola palabra trazada en mayúsculas entre comillas:

«OFELIA»

Elena la contempló en silencio. —¿Ahí empezó la denominación? —preguntó Martín.

—Probablemente —dijo Elena, recordando el mito literario—. La figura de la mujer trágica, atrapada entre los dictados de otros, la lealtad ciega y la pérdida del propio control hasta dejarse arrastrar por la corriente.

—¿Y Marta? —preguntó Martín, devolviendo la vista a las carpetas del presente.

—Marta entró cuando la máquina ya llevaba años funcionando perfectamente —respondió Elena—. Y Amelia fue la primera en ser borrada para que nadie pudiera rastrear el origen de la estructura.

Un sonido seco de vibración sobre la mesa cortó la conversación. El teléfono personal de Elena acababa de recibir una nueva notificación. No se trataba de un mensaje de texto ni de una llamada entrante; la pantalla mostraba la vista previa de una imagen descargada automáticamente.

Elena abrió el archivo. Era una fotografía antigua en tono sepia que mostraba a Amelia Valcárcel caminando por un sendero arbolado.

A su lado caminaba un hombre de complexión alta, vestido con un abrigo oscuro.

El rostro del individuo permanecía parcialmente tapado por la sombra del ala de su sombrero y el encuadre lateral de la toma.

Elena aplicó la ampliación digital. El rostro del hombre continuaba siendo irreconocible, pero en su mano izquierda portaba la misma carpeta de piel con el grabado del símbolo manuscrito.

En el margen inferior del papel fotográfico figuraba una fecha impresa: un año posterior a la desaparición oficial de Amelia de todos los registros del club.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó Martín, fijando los ojos en la figura en la sombra.

—No lo sé —admitió Elena, observando la postura de superioridad que el desconocido mantenía respecto a Amelia.

Permaneció unos segundos en silencio, analizando el motivo del envío. —Pero la persona que nos está mandando estas imágenes quería explícitamente que viéramos esta foto.

—¿Crees que quien envía esto conoce toda la verdad sobre la cúpula? —inquirió Martín.

—Creo que conoce la secuencia exacta de los hechos —respondió ella—. Pero no estoy segura de que lo haga para ayudarnos de forma desinteresada.

—¿Y para qué lo hace entonces?

—Quizá solo quiere guiarnos hasta el punto exacto al que él no puede o no se atreve a llegar por sí mismo —concluyó Elena.

Elena guardó la fotografía en la unidad cifrada de la investigación.

Antes de apagar el monitor, volvió a detenerse en los rasgos de Amelia Valcárcel.

Por primera vez desde que asumió la revisión de los documentos de su hermana, Elena sintió que no estaba persiguiendo los flecos de un taller fracasado, sino desmantelando una red de silencio tejida durante décadas.

Y en ese instante, una certeza absoluta cruzó la mente de Elena, ligando el trabajo de Alba con los hallazgos de la jornada.

—Alba sabía que Darío Noceda no era el principio de todo esto —pronunció Elena en voz baja pero firme.

Martín la miró fijamente. —¿Cómo puedes estar tan segura?

Elena cerró la carpeta de las imágenes y miró a Martín a los ojos. —Porque dejó todo este material dispuesto en el archivo cifrado para que nosotras termináramos de encontrarlo.

La verdad de Marta

Elena permaneció un instante con la vista fija en la imagen de Amelia Valcárcel que proyectaba la pantalla, sintiendo el leve zumbido del disco duro resonando en el silencio del despacho.

Las ramificaciones del pasado amenazaban con extenderse hacia un pozo sin fondo, pero la realidad del presente exigía acotar el tiro.

Alba no había dedicado sus últimos meses de vida a redactar un ensayo histórico sobre la génesis del círculo; Alba buscaba respuestas sobre nombres concretos, sobre mujeres que habían cruzado el umbral de San Telmo para no regresar jamás de la misma manera.

—Tenemos que volver a Marta —dijo Elena, rompiendo el trance con una firmeza que sorprendió al propio Martín—. Amelia nos da el origen y la escala del problema, pero Marta es la bisagra. Si entendemos exactamente qué le ocurrió a ella, entenderemos qué descubrió Alba antes de que la callaran.

Martín no puso objeciones. Sin pronunciar palabra, comenzó a despejar el centro de la gran mesa de nogal, retirando las notas secundarias para dejar espacio al núcleo documental de la investigación.

Uno a uno, los elementos fueron quedando expuestos bajo la luz directa del flexo: las fotografías antiguas en tono sepia extraídas del boletín, las fichas de cartulina con los márgenes anotados, los esquemas manuscritos en la libreta de espiral de Alba, la fotografía digitalizada de la tarjeta número siete y los escaneos de las listas de participantes de la finca del pantano.

En el centro de la composición, Elena colocó la imagen de la sesión privada donde Marta aparecía en un ángulo secundario junto a la silueta de Amelia.

Martín observó el abanico de pruebas con las manos apoyadas en las caderas y una mueca de contenida incertidumbre.

—Tenemos demasiadas piezas sobre la mesa, Elena. Y la mitad parecen contradecirse entre sí.

—No se contradicen —replicó ella, ajustando el ángulo de una de las imágenes—. Es solo que todavía no sabemos cómo encajarlas en la línea temporal correcta.

El expolicía se inclinó sobre el tablero y extendió el índice hacia una copia en papel fotográfico de alta densidad.

—Mira esta secuencia. Marta aparece en esta toma de la reunión del pantano justo antes de que su ficha oficial fuera marcada con la palabra «Retirar» y desapareciera de los registros públicos del taller.

—Sí —asintió Elena.

—Y sin embargo, vuelve a aparecer en esta otra toma —añadió Martín, señalando una fotografía contigua—. Esta fecha es posterior. Es una fecha en la que, según la documentación que nos facilitó la secretaría de la asociación, Marta ya no debería tener relación alguna con el club ni con Darío.

Elena se quedó completamente inmóvil. Sus ojos volaron de una fecha a otra, cotejando las marcas de tiempo impresas en el margen inferior.

—Esa fotografía no estaba en las carpetas impresas que revisamos ayer —murmuró Elena, sintiendo una ligera opresión en el pecho—. Tampoco figuraba en los tomos físicos que Alba guardaba en la casa del pueblo.

—Estaba en la unidad de almacenamiento secundario de su ordenador —explicó Martín—. En una subcarpeta oculta dentro del directorio del sistema que terminó de desencriptarse anoche.

Elena se sentó frente al monitor y abrió el directorio raíz. Efectivamente, su hermana había diseñado una estructura de carpetas aisladas, protegidas por contraseñas independientes. Accedió a la serie correspondiente a las tomas sin clasificar.

Apareció una primera fotografía del perímetro exterior de la caseta del pantano, envuelta en la neblina matinal; una segunda imagen mostraba el vehículo de Darío Noceda aparcado de marcha atrás junto al cobertizo de madera; la tercera enfocaba a Marta Valdés en el sendero de acceso, caminando de espaldas a la cámara pero con el rostro girado parcialmente hacia atrás.

Elena aplicó un zoom del ciento cincuenta por ciento sobre las facciones de Marta.

—Mira su cara, Martín.

El expolicía se acercó a la pantalla hasta que su sombra cubrió parte del teclado.

En el rostro de Marta no había pánico explícito ni la gestualidad propia de quien se sabe perseguida.

Su expresión denotaba una alerta contenida, una búsqueda consciente.

Los ojos no miraban al suelo ni a la vegetación del camino, sino que se fijaban en un punto preciso situado justo detrás del objetivo que la fotografiaba.

—No está asustada —observó Martín en voz baja—. Está buscando a alguien. A alguien que sabe que está ahí parado.

—O a alguien a quien citó en ese lugar a espaldas de la organización —añadió Elena, recorriendo con el cursor el fondo desenfocado de las hayas—. La posición de sus hombros y la tensión del cuello sugieren que mantenía una conversación con la persona que sostenía la cámara.

—¿Alba? —preguntó Martín.

—Probablemente —respondió Elena, sintiendo un nudo en la garganta al imaginar a su hermana escondida entre la arboleda con la teleobjetivo—. Alba estaba documentando el itinerario paralelo de Marta.