CAPÍTULO 14 #15
—Conseguir la prueba que falta —afirmó Elena con determinación.
—No podemos ir directamente a confrontar a esa persona, Elena —la advirtió el expolicía de inmediato—.
Si sospecha por un solo segundo que hemos abierto la partición de la caja, activará sus contactos en la estructura, destruirá los registros originales de la finca y desaparecerá antes de que podamos redactar el primer escrito.
—Lo sé —asintió Elena—. Por eso no vamos a acusarla abiertamente ni a actuar como si tuviéramos la prueba definitiva. Vamos a hacer exactamente lo contrario: vamos a fingir que seguimos a ciegas, buscando una aclaración ordinaria.
Martín la miró con evidente incredulidad. —¿Quieres contactar con esa persona ahora mismo?
—Sí.
—¿Después de confirmar que ocupa la posición siete y que ordenó la neutralización de las participantes?
—presionó Martín, tomándola por las muñecas—.
Te está tendiendo una trampa desde el primer día, Elena.
Si provocas un encuentro directo fuera de un entorno protegido, nos estamos metiendo voluntariamente en su terreno.
—Ya estamos dentro de la trampa desde que bajamos a la estación abandonada —respondió Elena con voz helada—. La diferencia es que ahora sabemos quién mueve las piezas.
—Estás actuando dominada por la rabia de haber escuchado la voz de Alba en ese archivo —dijo Martín, apretando los dientes—. Y la rabia en este tipo de estructuras es un error mortal.
—No quiero vengarme, Martín —contestó Elena, liberando sus manos con suavidad pero con una firmeza absoluta—. No se trata de un ajuste personal. Quiero que Alba tenga razón. Quiero que la prueba que ella protegió sirva para desmantelar la cúpula de San Telmo de forma definitiva.
Martín sostuvo su mirada durante largo rato antes de dejar caer los brazos sobre el volante. Comprendió que no había argumento posible para disuadirla.
Elena sacó su terminal de trabajo secundario.
redactó un mensaje breve y aséptico, cuidando cada palabra para no activar ninguna alerta preventiva.
No mencionó la caja de nogal, ni la referencia al número siete, ni la copia del documento notarial.
Se limitó a solicitar una breve reunión para contrastar un dato administrativo relacionado con los primeros folios de la finca.
Pulsó la tecla de envío.
El silencio volvió a adueñarse del interior del vehículo. Apenas pasaron cuarenta segundos cuando el terminal emitió una vibración corta. Elena miró la pantalla.
La respuesta constaba de una sola frase: «Cuando quieras.»
Elena sintió un temblor frío recorriéndole la nuca. —Demasiado rápido —murmuró, mostrándole la pantalla a Martín.
—¿Qué implica esa rapidez? —preguntó el expolicía.
—Que no estaba descansando ni desconectado —explicó Elena—. Estaba esperando exactamente a que yo hiciera este movimiento tras salir de la casa de Alba.
Antes de que pudieran debatir la respuesta, entró una segunda notificación desde el mismo origen:
«Hay cuestiones de la primera etapa que es infinitamente mejor tratarlas en persona, sin intermediarios.»
Martín examinó las dos líneas con la mandíbula apretada. —Sabe que esa conversación no va a ser un mero trámite administrativo. Sabe que hemos encontrado algo en el entorno de tu hermana.
—Y aun así acepta el encuentro —dijo Elena, guardando el terminal en la gabardina—. Acepta porque necesita medir hasta dónde llega mi información antes de tomar una decisión ejecutiva.
Aceptó la propuesta mediante una respuesta breve, aplazando la fijación del lugar exacto y la hora para el día siguiente, manteniendo la iniciativa del contacto. Sin embargo, en el instante en que la pantalla se apagó, una duda amarga comenzó a corroer la seguridad de Elena.
—¿Y si no somos nosotros los que estamos preparando el terreno para acorralarlo? —planteó Elena en voz muy baja, mirando el reflejo de la calle húmeda.
—¿A qué te refieres? —preguntó Martín.
—¿Y si esa persona deseaba que abriéramos el sobre de estraza? ¿Y si nos ha permitido encontrar el nombre para forzarnos a salir de la buhardilla y conducirnos al lugar que él decida?
La posibilidad dejó a ambos sumidos en una tensión psicológica insoportable.
Sabían que no podían recurrir a los canales policiales ordinarios ni involucrar a terceros que pudieran estar comprometidos con la red de coacción de San Telmo.
Solo ellos dos poseían la información sobre la partición del pendrive.
De pronto, Elena recordó a la mujer que les había hablado bajo la lluvia en la estación.
—Irene —dijo Elena con urgencia—. Tenemos que avisarla de inmediato.
Si la cúpula sabe que hemos avanzado hasta el nombre notarial, deducirán que Irene nos dio la pauta para buscar en los objetos personales de Alba.
Martín tomó el teléfono seguro y marco el número que Irene les había facilitado para emergencias estrictas. El tono de llamada sonó tres veces antes de cortarse de forma abrupta. Lo intentó por segunda vez; la línea daba una señal de desconexión permanente.