CAPÍTULO 14 #7
Sobre una hoja de papel en blanco, Elena tomó un estilógrafo de tinta negra y escribió tres nombres en letras mayúsculas de trazo limpio:
AMELIA DARÍO IRENE
Bajo la tercera línea, dejó un espacio en blanco y redactó una cuarta entrada:
ALGUIEN MÁS
Martín observó el esquema sobre la mesa y señaló la esquina superior izquierda. —¿Y Marta?
Elena tomó de nuevo el bolígrafo y añadió un quinto nombre justo al lado del de Amelia:
MARTA
—Ella es la razón por la que estamos aquí —dijo Elena, apoyando la punta del estilógrafo sobre el papel—. Marta intentó romper la estructura desde dentro. Y fue su caso el que llevó a Alba a descubrir la existencia del nivel superior.
Elena acercó la lupa digital a la fotografía de grupo tomada en el exterior de la caseta de la finca del pantano, correspondiente a la época de los talleres de lectura. Comenzó a cotejar las fechas registradas en los ficheros de filiación con el calendario de asistencia de las distintas etapas.
—La fecha de la última imagen documentada de Marta Valdés coincide exactamente con una de las sesiones extraordinarias a las que asistió Irene Robles —observó Elena, frunciendo el ceño—.
Las fechas no están separadas por meses, como indicaban las carpetas organizativas de Darío. Estuvieron allí al mismo tiempo.
—¿Crees que se conocían personalmente? —preguntó Martín, inclinándose sobre el papel.
—Es muy probable. O al menos compartieron espacio en la caseta durante el periodo de transición.
Elena comenzó a revisar la carpeta de copias físicas de las fotos antiguas. Tras descartar varias tomas de paisaje y planos generales del edificio, encontró una imagen archivada bajo un código numérico secundario. En la toma figuraban dos mujeres sentadas en el banco de piedra exterior del caserón.
Marta Valdés e Irene Robles aparecían en primer término, conversando. Sin embargo, lo que detuvo el pulso de Elena no fue la presencia de ambas mujeres, sino el fondo de la composición.
Al fondo, junto al marco de la puerta de madera, figuraba Darío Noceda, vestido con la chaqueta oscura habitual. Y a su lado, parcialmente oculta por la sombra del alero de la tejeda, se distinguía la silueta de una mujer madura de postura erguida.
Elena aplicó la lente de aumento sobre el rostro de la mujer del fondo. La línea de la mandíbula, el peinado recogido y la mirada penetrante no dejaban lugar a dudas.
Era Amelia Valcárcel. Elena permaneció absolutamente inmóvil, con el estilógrafo suspendido a un milímetro del papel.
—¿Qué pasa? —preguntó Martín, al notar la rigidez de su postura. Elena señaló con la punta del lápiz la fecha impresa en el margen inferior derecho del papel fotográfico original.
—Esto no puede ser correcto, Martín. —¿Por qué?
¿Qué fecha tiene? —Esta fotografía fue tomada en mayo de catorce años atrás —explicó Elena con voz helada—.
Seis meses después de la fecha en que los expedientes oficiales del registro y las carpetas del club situaban la desaparición definitiva de Amelia Valcárcel.
Martín se acercó a la mesa y observó fijamente la ampliación. —Entonces los documentos de la asociación que nos entregaron son falsos.
—O la fecha oficial de la desaparición de Amelia fue una fabricación absoluta para cerrar la investigación policial de la época —corrigió Elena—.
Amelia no se evaporó en el invierno como sostuvieron las diligencias.
Continuó vinculada a la finca del pantano durante el siguiente ciclo, cuando Irene y Marta ya formaban parte de la estructura.
Elena volvió a examinar la actitud de Amelia en la imagen.
La mujer no estaba mirando a Darío ni a las dos jóvenes del primer plano.
Su rostro estaba orientado en un ángulo de cuarenta y cinco grados hacia la izquierda, dirigiéndose a una persona que quedaba completamente fuera del encuadre fotográfico.
—Observa su expresión —dijo Elena—. Amelia no está posando. Está escuchando a alguien que se encuentra de pie, fuera del campo de visión de la cámara. —¿Quién está ahí? —preguntó Martín, tratando de adivinar el ángulo. —No lo sé —respondió Elena—. La composición corta bruscamente en ese margen.
—¿Podemos acceder al archivo original sin recortar para ver la escena completa?
Elena buscó entre las hojas impresas el informe de metadatos del archivo de imagen.
—No existe un máster original en la memoria de Alba.
Solo está disponible esta copia recortada.
Quien digitalizó la fotografía se aseguró de eliminar la parte izquierda del encuadre antes de guardarla.
La sensación de que cada elemento de prueba había sido manipulado antes de llegar a sus manos se volvió sofocante.
En ese momento, sobre la repisa del fondo, el teléfono móvil de Elena, que permanecía apagado y con la batería extraída sobre la madera, comenzó a emitir un tono continuo de vibración interna.
La pantalla del terminal se iluminó de forma espontánea con un resplandor azulino.
Martín dio un paso atrás, con la mano instintivamente cerca del costado.
—¿Cómo es posible que esté recibiendo una señal si le quitaste la batería?
Elena no respondió inmediatamente. Se acercó a la repisa, tomó el teléfono por los bordes y observó la pantalla.
En la interfaz no figuraba ninguna notificación de red móvil ni dirección IP activa.
Únicamente se desplegaba un mensaje de texto en caracteres blancos sobre fondo negro:
«Antiguo domicilio de San Telmo. Travesía de las Ánimas, número catorce.»
Martín leyó la dirección por encima del hombro de Elena. —Es la dirección que constaba en la ficha histórica de Irene Robles antes de que cerrara su expediente.
—¿Eso significa que está allí en este momento? —inquirió Martín. —No —respondió Elena, manteniendo la vista fija en la dirección—. Significa que la persona que envía el mensaje quiere que creamos que Irene se encuentra en ese inmueble.
—Pero existe la posibilidad de que realmente esté ahí o de que la tengan retenida en esa casa —insistió el expolicía. Elena lo miró con gravedad. —Precisamente por eso nos dan la dirección. Saben que no podemos ignorar la posibilidad sin asumir el riesgo de dejar a una testigo desprotegida.
—¿Qué hacemos? —preguntó Martín—. Si vamos, caemos en el itinerario que han preparado. Si no vamos, podríamos estar dejando pasar la única oportunidad de localizar a Irene antes de que la trasladen.
Elena guardó la hoja con los tres nombres y la fotografía recortada en el bolsillo de su gabardina.
—No vamos a irrumpir en esa dirección como si no supiéramos que es un cebo.
Nos acercaremos al perímetro, mantendremos una distancia de seguridad prudencial y evaluaremos la situación desde el exterior sin marcarnos como objetivo.
Salieron del despacho en silencio, utilizando las escaleras de servicio en lugar del ascensor principal.
Quince minutos después, el vehículo de Martín se desplazaba a velocidad reducida por los callejones de la zona alta de San Telmo, una franja de la villa caracterizada por viviendas antiguas de mampostería, tejados de corte tradicional y pasajes estrechos sin iluminación comercial.
Detuvieron el coche a dos manzanas de distancia de la Travesía de las Ánimas, aparcando en una zona de sombra tras la tapia de un antiguo almacén. Continuaron a pie, pegados a las fachadas de piedra, evitando cruzar bajo la luz directa de las luminarias de la calle.
La travesía estaba completamente desierta. La casa número catorce era una edificación de dos plantas con fachada de mortero oscuro, madera gastada en las vigas vistas y persianas de madera bajadas en casi la totalidad de sus ventanales.
Elena se detuvo junto a la esquina de un callejón transversal y observó la edificación durante varios minutos.
—Está demasiado limpio —murmuró Elena en voz muy baja. —¿A qué te refieres? —preguntó Martín, escudriñando el balcón superior.
—No hay vehículos aparcados en el vado, no hay señales de ocupación reciente en la entrada y la persiana de la planta baja tiene una capa uniforme de polvo en las guías —explicó ella —. Es un escenario preparado para que parezca una propiedad abandonada que acaba de ser abierta.
Desde la posición en la que se encontraban, observaron un detalle en la ventana derecha de la primera planta. Una luz tenue de tono amarillento, procedente de una lámpara de sobremesa interna, se encendió de repente tras la persiana entreabierta.
Martín contuvo la respiración. —Hay alguien dentro.
Elena no respondió. Mantuvo la vista fija en la rendija iluminada.
Tres segundos después, la luz se apagó limpiamente.
Aguardó cuatro segundos y volvió a encenderse.
El proceso se repitió exactamente tres veces en un intervalo regular antes de quedar de nuevo en penumbra.
—No es una luz de paso de una persona que se mueve por una habitación —dijo Elena, sintiendo una punzada de alarma—. Es una secuencia prefijada. Es una señal.
—¿Una señal para quién? ¿Para nosotros? —preguntó Martín.
Antes de que Elena pudiera articular una respuesta, el terminal móvil que llevaba en el bolsillo interno de su gabardina volvió a vibrar de forma seca. Sacó el teléfono y miró la pantalla encendida:
«No deberías haber venido a la travesía, Elena.»
Elena levantó la mirada de inmediato y barrió con la vista las ventanas de las casas contiguas y la parte alta del callejón.
—¿Qué pone? —preguntó Martín en un susurro.
Elena le mostró la pantalla sin pronunciar palabra.
En ese preciso instante, el murmullo de un motor de baja cilindrada resonó al fondo de la Travesía de las Ánimas. Elena tomó a Martín del brazo y lo arrastró hacia la sombra profunda del pasaje lateral, ocultándose tras un contenedor de obra.
Un berlina de color oscuro y cristales tintados avanzó a velocidad mínima por la calle sin encender las luces de cruce. El vehículo se detuvo exactamente frente al portal del número catorce.