La chica del otro balcón Capítulo 2
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Capítulo 2

A su llegada a Nueva Scintia, Nicole acababa de graduarse de la carrera de Comunicación hacía solo unos meses.

Su aspiración final y mayor sueño era, como muchos, ser reportera.

Tenía esa idea casi romántica de investigar, meterse hasta lo más profundo de la historia, descubrir cosas que nadie más había visto, publicar la noticia y que su nombre fuera reconocido, o incluso respetado.

Pero en su pequeña ciudad natal, donde las noticias más importantes del periódico local eran sobre festivales, bodas y graduaciones, esas aspiraciones no parecían tener mucho futuro.

Aun así, sí que había hecho el intento de postularse al periódico de su ciudad, tomándolo como un pequeño comienzo. Ella… y como veinte personas más.

No obtuvo los resultados deseados, está de más decirlo.

Un poco en contra de los deseos de su madre, y del que en aquel entonces fuera su novio, Nicole comenzó a buscar vacantes en otros sitios, en especial en las ciudades más cercanas, siendo Nueva Scintia la más prometedora.

Su búsqueda la llevó a encontrarse con una vacante como interna en Wexzine , un portal de noticias y revista en línea que recordaba haber visitado en algunas ocasiones, y cuyas oficinas estaban justo en Nueva Scintia.

No era un periódico como quería, ni un portal demasiado grande o de mucho renombre. Sin embargo, sí era lo suficientemente relevante como para que se cuestionara si acaso una simple recién graduada de pequeña ciudad, y sin experiencia genuina como ella, podría cumplir con lo que buscaban.

Luego de debatirlo consigo misma toda una tarde, al final decidió enviar su currículum, un poco más para no quedarse con el arrepentimiento después por no hacerlo.

Por eso resultó muy sorpresivo para ella cuando, tres días después, le respondieron su correo, solicitando una hora para conversar vía telefónica.

Dicha llamada con la reclutadora salió muy bien, a pesar de lo nerviosa que Nicole se sentía.

Luego de esa conversación siguió otra, ahora con cámara de video incluida, con Cynthia Manders, la editora en jefe de la revista.

Esa resultó un poco más problemática para Nicole, sobre todo al momento de tener que explicar su experiencia nula, más allá de los proyectos escolares, y su falta de logros, fuera de su promedio perfecto.

La Sra. Manders, sin embargo, procuró ser muy amable.

Y, terminada su videoconferencia, con el usual «Nosotros nos ponemos en contacto contigo para cualquier otra cosa», Nicole ya no esperaba volver a oír de Wexzine .

Cuatro días después, cuando la búsqueda de trabajo continuaba sin dar frutos y en el aire se estaban oliendo algunos planes familiares para ella, en los que, por algún motivo, parecía que su opinión no era requerida, recibió una sorpresiva llamada de Cynthia Manders.

Y en el preciso momento en el que respondió su teléfono esa mañana, comenzó una reacción en cadena que terminó dándole una vuelta completa a su vida en cuestión de unos cuantos días.

Y tras todo ese proceso, con el absoluto apoyo de su padre, un poco de renuencia de su madre y la total desaprobación de su, a partir de ese momento, exnovio, Nicole estaba ahora de pie a un lado de la Sra.

Manders, subiendo por el elevador al piso doce del edificio de oficinas en donde se encontraba Wexzine .

Un edificio mucho más alto, moderno e impresionante que el de su departamento, que tanta impresión le había causado el día anterior.

Cuando las puertas del elevador se abrieron, Nicole se encontró de frente con un espacio amplio y abierto, con muchos escritorios, computadoras, teléfonos y, por supuesto, personas que iban y venían de un lado a otro.

Nicole se sintió, de entrada, un poco intimidada por ese nuevo ambiente tan ajeno para ella; pero se obligó a reaccionar y mover las piernas en el momento en que la Sra.

Manders salió del elevador y comenzó a avanzar con paso apurado.

—Esta es la redacción, y tu nuevo hogar —informó la Sra. Manders mientras avanzaba—. Por así decirlo.

—¿Todas estas personas son reporteros y columnistas? —cuestionó Nicole, intrigada.

—Casi todos. Y tu trabajo, como te dije en nuestras llamadas, será apoyarlos en todo lo que ocupen. Y, claro, aprender el oficio en el proceso.

—Aprender, por supuesto —repitió Nicole, sin estar muy segura del por qué.

Su mirada recorría todo ese espacio y se posaba en cada uno de los que ahí se encontraban.

Casi nadie reparaba en su presencia. De seguro, todos estaban ocupados en asuntos mucho más importantes que preguntarse quién era la jovencita extraña y tan poco llamativa que caminaba por ahí, con ojos de venado asustado, como si algún león se le fuera a echar encima.

—No estés nerviosa —escuchó que la Sra. Manders murmuraba delante de ella, casi como si le hubiera leído la mente—. Todos son solo personas, y todos comenzaron en algún momento como tú. O incluso más abajo.

—Sí, de acuerdo —asintió Nicole, sonando más a como si aún fuera una alumna respondiendo a su profesor y no una profesionista a su jefe.

La Sra. Manders la guio hacia un escritorio en específico, ocupado por un hombre que, en esos momentos, tenía su oído pegado al auricular de su teléfono.

—Jaime… —pronunció Cynthia para llamar su atención.

El hombre se giró hacia ella, alzó un dedo en su dirección, quizás en gesto de silencio, y, entonces, murmuró rápidamente:

—Un segundo.

Y volvió a poner su atención en la llamada.

Nicole no pudo evitar contemplar a aquella persona en cuanto se giró hacia ellas.

Era un hombre en verdad muy atractivo. Debía tener quizás un poco más de treinta años.

De cabellos rubios, cortos, sedosos y muy bien peinados, era de hombros anchos y brazos gruesos.

Usaba pantalón de vestir, camisa marrón remangada hasta los codos y un chaleco gris, sin corbata.

En el rostro portaba, además, unos anteojos delgados de diseñador, que, en conjunto con todo lo demás de su atuendo, lo hacían parecer, a opinión de Nicole, un modelo de catálogo, queriendo verse intelectual y atractivo, teniendo éxito en ambas cosas.

—Sí, estaré a las dos en punto —murmuró el hombre rubio al teléfono mientras anotaba apresurado en una libreta de pasta roja, abierta sobre su escritorio—.

Pero ¿estás seguro de la información? —hubo una pausa en la que, de seguro, su interlocutor le respondió—.

Más te vale, porque si me estás mintiendo…

—una última pausa, y entonces cerró la llamada—. Bien, ahí te veo.

—Suena a que es algo bueno —señaló la Sra. Manders con interés una vez que él colgó.

El hombre sonrió con satisfacción y la miró, recargándose por completo contra el respaldo de su silla.

—No puedo decírtelo ahora —dijo con elocuencia—, pero si lo que me dijeron es cierto… esto hará historia.

—¡Grandioso! —exclamó la Sra. Manders con entusiasmo—. Estaré esperando, entonces.

La editora en jefe se dio rápidamente la media vuelta, con intención de retirarse; pero, al hacerlo, casi chocó de frente contra Nicole. Aquello la hizo recordar por qué estaba ahí en un inicio.

—Ah, sí, Jaime —murmuró un poco apenada, virándose de regreso al hombre en el escritorio—. Quería presentarte a Nicole Gireld, nuestra nueva interna.

—Ah, claro, la del promedio perfecto, ¿cierto? —señaló el hombre presentado como Jaime, señalando a Nicole.

—Sí, esa misma —respondió la joven interna por mero reflejo, sintiéndose de inmediato apenada—. Digo… Sí… Soy yo… ¿Todos saben de eso?

—Nunca te sientas avergonzada de tus logros académicos —murmuró el hombre de anteojos y le extendió, entonces, su mano a modo de saludo—. Mucho gusto. Jaime Hurt.

—Mucho gusto. Soy Nicole —contestó algo vacilante, pero estrechando al final la mano que le ofrecía.

Jaime Hurt tenía un apretón bastante firme.

—Jaime es de nuestros mejores investigadores —se apresuró la Sra.

Manders a mencionar, con bastante orgullo en su voz—.

Antes trabajaba en el Scintia News , el periódico más grande de todo el estado.

Así que eres afortunada, porque se ofreció a ser tu supervisor en piso estas primeras semanas, para que te vayas adaptando.

—¿En serio? —exclamó Nicole con asombro—. Muchas gracias.

—No hay de qué —respondió Jaime, asintiendo.

Cynthia echó en ese momento un vistazo a su celular, quizá para ver la hora o para revisar algún mensaje. Lo que fuera, al parecer vio justo lo que esperaba.

—Tengo una cita en una hora, así que te la dejo, Jaime. Llévala con Ruby a que le asigne su equipo, y luego preséntala con todos, ¿sí?

—Yo me encargo, jefa.

—No podría dejarte en mejores manos —le indicó la Sra. Manders a Nicole antes de retirarse—. Nos vemos en la junta de las cuatro.

Nicole contempló en silencio cómo su nueva jefa se alejaba. Y, cuando lo consideró prudente, se giró de regreso al que, al parecer, sería su supervisor.

—¿Qué hay a las cuatro? —preguntó un poco dudosa, temiendo que quizás fuera algo que ya debía saber.

—Junta con todo el personal de redacción —le informó Jaime sin mucho problema—. Es todos los lunes a las cuatro. Toma asiento, por favor.

Jaime le aproximó otra silla con ruedas, similar a la suya, y la colocó a su lado.

Nicole se sentó, retirándose de momento su bandolera y posándola sobre sus piernas.

Jaime giró su silla por completo hacia ella, y la miró fijamente a través del cristal de sus anteojos.

Su semblante y su postura le parecían a Nicole similares a las que hubiera tomado alguno de sus profesores antes de explicarle algo complicado o serio.

Aunque, claro, nunca tuvo un profesor tan guapo (y sexy) como él.

—¿Sabes por qué me ofrecí a ser tu supervisor, Nicole? —cuestionó el reportero de pronto, tomando a Nicole por sorpresa.

—Ah… No, lo siento. No lo sé.

Jaime sonrió, divertido, y Nicole supuso que no había sido una pregunta real.

—Cuando tenía más o menos tu edad, era también un recién graduado, con mis logros académicos como única carta de presentación y muchas ganas de comenzar a cambiar el mundo.

Pero batallé demasiado para conseguir trabajo.

Demasiado. Y eso me frustró tanto que hasta consideré cambiar de profesión.

Hasta que, un día, un reportero de renombre del Scintia News , el mismo periódico del que Cynthia te habló hace un momento, convenció al editor de darme mi primera oportunidad.

Esa persona logró que me contrataran como interno y me tomó bajo su tutela.

Aprendí mucho de él, y llegué hasta donde estoy gracias a eso.

Ahora, a pesar de lo que diga Cynthia, estoy muy lejos de estar a la misma altura en la que él se encontraba.

Sin embargo, en cuanto vi tu currículo, me sentí tan identificado contigo que fue como sentir que era mi momento de retribuir lo que alguien hizo por mí hace tanto.

Nicole lo observó con los ojos bien abiertos, maravillada por su historia. No pudo evitar preguntarse si había sido justo la intervención de ese hombre la que la hizo obtener el trabajo. Eso explicaría algunas cosas.

—Muchas gracias —comentó Nicole con moderada efusividad; tampoco deseaba parecer demasiado desesperada—. Pero no sé si pueda llegar a estar a la altura de sus expectativas, señor Hurt.

—Puedes tutearme y llamarme Jaime. Y no tienes que preocuparte; solo sé tú misma y esfuérzate. ¿Ok?

Nicole asintió rápidamente como respuesta.

—Muy bien. —Jaime se puso de pie abruptamente y Nicole hizo lo mismo por reflejo—. Ahora vamos con Ruby, nuestra jefa de Tecnología de la Información, para que te asigne tu computadora.