Capítulo 37. Sara
Sara
Llego temprano al colegio, cargada con dos bolsas repletas de decoración verde. Aún no hay demasiado movimiento en los pasillos, pero ya se respira ese aire de expectación que tanto me gusta. Hoy es el gran día. Hoy todo debe salir bien.
Voy directa al aula de profesores, donde algunos compañeros están organizando material. Me saludan con sonrisas y comentarios rápidos sobre el tiempo, los nervios y la feria. La directora repasa una lista con su inseparable carpeta verde, muy en tono con el día, y me lanza una mirada cómplice.
—Sara, ¿todo en orden con la feria del patio? —pregunta, con ese tono práctico pero confiado.
—Sí, ya están listos los puestos de juegos y la música, y los alumnos voluntarios tienen sus tareas asignadas —respondo con seguridad—. También hemos organizado una exposición sobre el origen de la festividad con aportes de cada clase, y están montando la mesa de dulces temáticos.
—Perfecto. Con esto, el colegio va a quedar en muy buena posición.
Salgo al patio y allí ya me esperan algunos alumnos de primer año, con camisetas verdes y gorros ridículos.
—¡Profe, mira mi trébol! —grita Marcus, mostrándome un dibujo con tanto brillo que podría usarse como espejo.
—¿Eso tiene purpurina o pintura fluorescente?
—Ambas —dice con orgullo.
—Me lo temía.
En la esquina derecha, Bella está pegando guirnaldas junto a su grupo y no tarda en gritar:
—¡Sara! ¿Dónde colgamos este arco de globos? Si me subo a la mesa otra vez, la de Historia me mata.
—Vamos a ponerlo en la entrada del patio, que así da la bienvenida —le respondo, mientras me acerco para ayudar.
Aurora aparece con una caja llena de tréboles de cartulina y me la entrega como si fuera oro.
—Mi clase recortó más de cien. Si no decoramos hasta el baño, me ofendo.
—Mereces una estatua —le digo, y ella se ríe.
A media mañana, el ambiente ya es festivo y desbordante. Padres, alumnos y profesores pasean entre los puestos. Hay música celta, concursos de vestuario, puestos de comida con nombres en gaélico e incluso una zona de cuentos irlandeses con alumnos disfrazados de leprechauns .
—Profe, ¿quiere jugar al Lanza la moneda al caldero ? —me pregunta Sasha, con una cesta de monedas doradas falsas.
—Solo si puedo hacer trampa.
—¡Eso es exactamente lo que haría un leprechaun !
—Entonces juego doble.
Más allá, escucho a un grupo de alumnos gritando entusiasmados junto a un puesto de juegos tradicionales:
—¡Vamos, Mia! ¡Tú puedes atrapar el trébol volador!
—¡Esto es más difícil que un examen de Mates! —responde ella, entre risas.
Bella reaparece con una bebida verde brillante en la mano.
—¿Seguro que esto es apto para consumo humano?
—No, pero es muy on brand —le contesto, alzando las cejas.
Ya por la tarde, mientras la banda escolar toca una versión sorprendentemente buena de música tradicional irlandesa, la directora se me acerca.
—Sara, de verdad... Lo que has hecho con esta actividad ha sido impecable. Organización, creatividad, implicación de los alumnos. Se nota que tienes vocación. Este tipo de eventos muestran quién está verdaderamente comprometido con la escuela. Enhorabuena.
No sé qué decir. Solo asiento y sonrío, mordiéndome el interior de la mejilla para no emocionarme. Porque por fin siento que pertenezco a este lugar. Porque después de tanto caos, hoy algo ha salido bien. Muy bien. Y eso también es una forma de empezar a sanar.
Cuando salgo por la puerta principal del colegio, el sol de la tarde tiñe los ladrillos rojizos con un tono dorado.
Estoy agotada, cubierta de restos de purpurina, con los pies hinchados y la garganta seca…
, pero me siento radiante. No he dado ni dos pasos cuando lo veo apoyado en una de las farolas, con las manos en los bolsillos y una sonrisa ladeada que me desarma.
—¿Vienes a por mí? —pregunto, intentando no sonar tan ilusionada como estoy.
—No podía perderme a la gran organizadora de ferias verdes en su salida triunfal.
Me echo a reír y camino hacia él. Cuando llego, me rodea con los brazos y me besa la sien con suavidad.
—¿Cómo ha ido? —pregunta mientras comenzamos a caminar.
—Archie…, ha sido increíble. Todo ha salido bien, los alumnos se lo han pasado genial, los padres estaban encantados…
y la directora me ha felicitado delante de varios profesores.
Me ha dicho que se nota mi compromiso con la escuela, que actividades como esta demuestran quién está aquí por vocación.
—¿Ves? Te lo dije. Estás hecha para esto.
—Por primera vez en mucho tiempo siento que estoy en el lugar correcto —le confieso, mirándolo de reojo—. Me gusta mi clase, me gustan mis alumnos, incluso me gusta el caos que hay en los pasillos. Me siento útil. Siento que lo que hago tiene sentido.
Él me aprieta un poco más contra su costado, como si pudiera abrazarme todo lo que no ha dicho.
—Y encima estás preciosa llena de purpurina —bromea, cogiéndome un mechón de pelo que brilla bajo la luz.
—Calla —respondo, empujándolo con suavidad.
—¿Te apetece ver el río? —sugiere Archie mientras cruzamos la avenida.
—¿El río?
—Está teñido de verde, ¿no? Dijiste que era una de las tradiciones más fuertes de aquí. Me pareció que te hacía ilusión.
Le sonrío con ternura, sintiendo que el cansancio de la jornada se disuelve un poco. Asiento y entrelazo mis dedos con los suyos.
—Me hace mucha ilusión. Vamos.
Las calles siguen llenas de gente, todos vestidos de verde, con sombreros ridículos, gafas con tréboles e incluso collares con luces intermitentes. La ciudad entera parece haberse rendido al espíritu festivo, y yo camino al lado de Archie con una sensación de plenitud que hacía tiempo no sentía.
Cuando llegamos al río, el espectáculo es hipnótico. El agua brilla con un verde intenso bajo las luces de los rascacielos, como si alguien hubiera volcado una pócima mágica que convierte lo ordinario en extraordinario.
—Guau —murmura Archie, deteniéndose en el puente.
—¿Verdad que parece mentira? —susurro, sin soltar su mano.
Nos apoyamos en la barandilla y contemplamos el reflejo de las luces verdes que ondean suavemente con la corriente. A nuestro alrededor la gente ríe, grita, se hace selfies …, pero nosotros estamos en silencio, en nuestra burbuja.
—No sabía que podía gustarme tanto este sitio —dice él al cabo de un rato—. Supongo que es porque estás tú.
Lo miro. Tiene la cara relajada, casi feliz. Le acaricio el brazo sin decir nada.
—¿Sabes qué pensé hoy? —añado tras unos segundos—. Que si un día tenemos hijos y crecen aquí…, me gustaría que vinieran a esta fiesta. Que se mancharan de pintura verde, que bailaran en el patio del colegio, que miraran este río y se sintieran parte de algo bonito.
Archie gira la cabeza hacia mí, sorprendido, pero no dice nada. Solo aprieta mi mano con más fuerza. Y entonces lo sé. Esta ciudad, con sus locuras, su frío y su caos…, también puede ser nuestro hogar.
—¿Te apetece cenar algo? —pregunto, cuando ya llevamos un buen rato apoyados en la barandilla mirando el río verde—. Pero nada elegante, ¿eh? No me quedan energías para eso.
—¿Y si compramos unos sándwiches? —propone Archie—. Vi un puesto antes, cerca de la plaza, parecían buenos.
—Perfecto.
Caminamos entre la gente con la tranquilidad de quien no tiene prisa.
Compramos dos sándwiches envueltos en papel marrón y una botella de agua.
Luego buscamos un rincón más apartado, unas escaleras que bajan hasta la orilla.
No somos los únicos ahí, pero nadie molesta.
Nos sentamos uno al lado del otro, con las piernas colgando sobre el agua, viendo cómo las luces bailan en la superficie teñida de verde.
—¿Sabes? —digo, dando un mordisco—. Me encanta esto.
—¿Los sándwiches? —pregunta Archie, con media sonrisa.
—No, bueno…, sí, también. Pero me refiero a esto. A nosotros, aquí. A que estemos comiendo en un sitio así, sin reservas, sin manteles caros, sin camareros. Que estemos… viviendo. Como personas normales. Como adultos que eligen cómo quieren vivir.
Él guarda silencio un momento, masticando con calma. Luego se limpia las manos con la servilleta y me mira.
—Yo también lo prefiero. Nunca me sentí tan libre como ahora.
—Tu vida ha cambiado mucho.
—La nuestra —corrige él—. Y lo que venga… también lo construiremos juntos, aunque sea con servilletas de papel y sándwiches en las escaleras del río.
Me río bajito. Apoyo la cabeza en su hombro.
—Así está bien.
Y es verdad. Nada de lujos, ni promesas imposibles. Solo el sonido del agua, la luz del río y él a mi lado. Así, justo así, está bien.
Me quedo un momento en silencio, mirando cómo Archie lanza piedritas al río como si estuviera despejando su mente a base de ondas circulares.
—¿Estás nervioso por mañana? —pregunto en voz baja, sin girarme aún.
Él se encoge de hombros.
—¿Nervioso yo? —intenta bromear—. Por favor. Voy a ganar, eso es todo.
Le lanzo una mirada.
—Archie…
Suspira. Baja la vista a sus manos y se rasca la nuca.
—Un poco, sí —admite por fin—. No por el torneo en sí. He entrenado, me siento bien. Pero… he oído rumores. En el campo, entre los patrocinadores. Dicen que mi padre asistirá.
Me enderezo, sorprendida.
—¿Estás seguro?
—No. Pero lo imagino. Es uno de los torneos más importantes de la temporada y siempre le ha gustado aparecer cuando puede alardear de algo. Aunque esta vez no tenga nada que ver conmigo.
—¿Y eso te incomoda?
—No lo sé. Supongo que no quiero que me vea… así.
—¿Así cómo?
—Normal. Sin su dinero, sin sus coches, sin su apellido abriéndome puertas. No sé si estoy listo para que vea en quién me estoy convirtiendo sin él.
Me acerco un poco más y le cojo la mano.
—¿Sabes qué? Yo sí estoy lista. Porque ese eres tú. Este Archie, que va a la universidad, que entrena de noche, que hace cenas a la luz de las velas en un apartamento minúsculo y diseña casas soñadas para mi familia… Este eres tú. Y es mil veces mejor que el que llevabas puesto como disfraz.
Sonríe, pero no dice nada.
—Y si te ve —añado—, se va a encontrar con alguien que ya no necesita su aprobación. Eso tiene que doler.
Archie ríe por fin, bajito.
—Eres peligrosa cuando hablas así.
—Lo sé —respondo, apoyando la cabeza en su hombro—. Pero mañana estaré viéndote. Y no serás el hijo de nadie. Serás tú. Archie Williams, compitiendo por sí mismo. Y estaré muy orgullosa.
—¿Vas a venir?
—Desde luego que sí.
Él me mira, y en sus ojos hay una mezcla de miedo, emoción y algo que solo puedo interpretar como gratitud.
—Entonces, que venga quien quiera. Incluso él.
—Estoy cansada —murmuro mientras tiro el envoltorio del sándwich en una papelera—. ¿Volvemos a casa?
Archie asiente y se pone en pie, ofreciéndome la mano para ayudarme a levantar.
—Te toca dormir bien. Mañana quiero verte fresco y elegante en ese torneo.
—¿Fresco y elegante? ¿Como en las revistas?
—No, como tú. Pero con menos ojeras —añado riendo.
Caminamos en silencio unos minutos, con el frío de la tarde colándose entre los edificios y tiñendo de rojo nuestras mejillas. El río ya no está tan verde, pero aún reluce bajo las luces de la ciudad. Al girar la esquina de nuestra calle, siento cómo la mano de Archie se tensa de forma ligera.
En la puerta del edificio, de pie, hay dos figuras esperándonos.
—¿Qué…? —murmura él, entornando los ojos.
Me muerdo el labio para no sonreír demasiado pronto.
—¿No me digas que…?
—¡¡Sorpresa!! —digo simplemente, soltándole la mano para dejarle espacio.
—¿Mamá? —dice Archie, completamente descolocado, al ver a Diana acercarse con una sonrisa emocionada—. ¿Qué haces aquí?
—¿Así saludas a tu madre? —responde ella, alzando una ceja—. He cruzado medio mundo para verte jugar. Alguien me dijo que este torneo era importante… y que te lo estás tomando en serio por primera vez en tu vida.
Él se ríe, todavía sin creérselo, y la abraza con fuerza.
—No lo puedo creer… —susurra.
—¿Y yo qué? —interviene una voz juvenil.
Archie se gira rápido.
—¿Elizabeth? ¿Tú también estás aquí?
—¿Quién si no va a hacerte vídeos vergonzosos y subirlos a TikTok? —responde su hermana, sacando el móvil como amenaza.
—Perfecto. Justo lo que necesitaba —resopla él, aunque sus ojos brillan.
—La familia en pleno estará animándote mañana —añade Diana—. Queríamos que lo supieras esta noche, no solo aparecer allí. Y también quería conocer esta nueva vida que mi hijo ha decidido tener.
—Es pequeño, ya lo sabes —dice Archie, volviéndose hacia mí con una mezcla de nervios y ternura—. Pero es un buen lugar. Es nuestro.
—Y estás tú —responde Diana, mirándome con calidez—. Eso lo convierte en hogar.
Nos quedamos un segundo en silencio, el aire lleno de algo que no necesita palabras.
—Vamos —les digo abriendo la puerta del edificio—. Esta noche se duerme temprano. Mañana será un gran día.
Archie aprieta mi mano antes de entrar, como si de pronto todo se hubiera alineado.
Y, por primera vez en mucho tiempo…, se siente completo.