Capítulo 18 — Salir de la casa #3
—Pues que sea buena gente —dijo Ane—. Esta urbanización es buena si la gente es buena, y mala si no, como todo.
—Se quedó mirándome con la evaluación rápida de la maestra jubilada, y luego dijo una cosa que no me esperaba—: Usted tiene mejor cara que cuando llegó, Vera.
Más aquí —se tocó la frente—. Se lo digo porque yo vi la cara que traía el primer día, de pasar página a toda velocidad.
Ahora no. Ahora va por la página que quiere ir.
No supe qué contestar, así que dije la verdad, que era lo que aquella valla merecía:
—He corregido mucho. Sale buena cara de eso.
Nos reímos las dos, bajito, con la niebla de la tarde subiendo entre los dos jardines.
No le di un café de despedida ni ella me lo pidió; nos prometimos uno para cuando volviera por el barrio, sabiendo las dos que esas promesas se hacen para eso, para tenerlas, y crucé los quince metros hasta el doce con la sensación de haber dejado algo bien enterrado, como sus bulbos: una cosa pequeña que no se ve y que aguanta el invierno.
El domingo trece fue el último día.
Hice las dos maletas por la mañana, despacio, con la luz del norte en el dormitorio.
Eran las mismas dos maletas de siempre: la vida cabiendo en dos bultos, la obscenidad conocida de lo poco que pesa una vida cuando se reduce a lo necesario.
Mi ropa, mis libros de referencia, la libreta, la caja de herramientas.
Al sacar los cuatro vestidos de la barra de roble del vestidor me quedé un momento mirando el hueco que dejaban entre los vestidos de ella, ordenados por largo: seis semanas de colgar mi vida junto a una vida escrita por otro.
Cerré la puerta corredera sin mirar la pared del fondo.
Ya no hacía falta: la pared era solo una pared, con su pulsador blanco y su estante vacío y su rectángulo sin polvo, y las paredes que ya han hablado no se saludan al salir.
Ventilé las habitaciones una última vez, de diez en diez minutos, como mandaba la hoja de instrucciones que alguien escribió un día con letra de estilográfica.
Fregué la última taza y la dejé boca abajo en el escurridor, costumbre mía, que viaja.
Puse el sobre con las llaves —los dos juegos de la gestoría, el mando del garaje, la hoja— sobre la encimera de piedra gris, sujeto por el azucarero, en el sitio exacto donde seis semanas antes había encontrado una tarjeta con la ge cerrada.
Encima dejé una nota con mi letra de trabajo y mis signos completos, los de apertura y los de cierre: «Todo en orden.
Gracias por la casa. — V.» Marta la leería a la vuelta: había salido a mediodía, a comer con su abogado, a firmar no sé qué poderes, a empezar su vida de papeles buenos.
Quedaba la otra llave.
LA-7 estaba en mi bolsillo desde hacía semanas, como se lleva un documento en los países donde hace falta.
La saqué y la miré un momento: la cabeza de plástico blanco, la etiqueta de rotulador en mayúsculas, la sierra gastada de ocho años de no usarse y de un otoño de usarse para todo.
Había estado en una cajonera de la avenida de la Estación, debajo de un jersey, en mi mesilla, en mi bolsillo.
Había abierto la grieta, la escalera de chapa, el hueco, la verdad.
Y no era mía. Nunca lo había sido: era de la casa, la mitad de un juego de obra que la casa había repartido entre un hombre que no cerraba puertas y un matrimonio que no cambiaba cerraduras.
La dejé en el cajón de la izquierda de la consola del recibidor, encima de los guantes y los pañuelos de papel, a la vista, sin doble fondo.
Que la encontrara quien tuviera que encontrarla: la dueña, el comprador, la historia.
Las llaves se devuelven. Eso lo sabe todo el mundo; había hecho falta toda esta historia para que yo lo aprendiera con las manos.
Hice la última ronda a media tarde, con la luz azul ya cayendo sobre los tejados: gas cerrado, pestillos, mirilla, cortinas.
El panel decía lo de siempre, fiel a sí mismo hasta el final: «Sistema en marcha.
Sin incidencias.» Ya no le discutía la frase.
La incidencia había entrado y salido por esa misma puerta, con su llave y su código, y la casa la había registrado como se registran las cosas verdaderas: sin adjetivos.
Apagué las luces de la planta baja una a una, al revés de como las había encendido el primer día, y la casa fue quedándose a oscuras por capítulos: la cocina, el salón, el despacho con su ventana norte.
Arrastré las maletas al porche. Cerré la puerta con su golpe seco.
Crucé la verja, cargué el coche de once años, y antes de arrancar miré la fachada una última vez: las persianas de arriba bajadas, las de abajo subidas, la cara de una casa cuyos dueños han salido a comprar pan.
En el coche, con la niebla echando el cierre sobre la urbanización, pensé en LA-7 en su cajón, encima de los guantes, esperando a su próxima mano.
No era mía. Nunca lo fue. Y sin embargo había hecho su trabajo entero: había abierto la casa por dentro y me había cerrado a mí por fuera, que es lo que hacen las buenas llaves cuando terminan.