Capítulo 7 — La vecina del catorce #3
I. CUVI: —Dice así: “Soy una mujer de cincuenta y dos años, casada veintisiete. Le escribo porque de día me da vergüenza decirlo en voz alta. Mi marido me corrige la memoria. No sé cómo decirlo de otra manera. Si yo recuerdo una conversación, él recuerda otra, y la suya siempre tiene más datos: la fecha, la hora, quién dijo qué. Si yo digo que dejé las llaves en la mesa, las llaves aparecen en el cajón y él me dice: ‘tú las dejaste aquí, como siempre’. Si yo cuento algo de hace años, él lo cuenta distinto, con más detalle, y acabo pidiendo perdón. Perdón por acordarme mal. Llevo años pidiendo perdón por acordarme mal. El otro día encontré una libreta mía de dos mil diecinueve donde apuntaba las cosas que pasaban, porque había empezado a apuntarlas para comprobar, y comprobé que no me equivocaba tanto. Que me equivocaba como todo el mundo. Pero él tiene una manera de tener razón que me hace sentir rota. No me pega. No me grita. Me corrige. ¿Eso tiene nombre?”
—Pausa. Respira.
I. CUVI: —Tiene nombre, sí. Pero yo no soy quien para ponérselo, que los nombres se los pone una misma o no valen. Le voy a hacer solo una pregunta, y se la hago despacio: ¿y si la equivocada no es usted? Piénselo esta semana. No me conteste ahora. La franja sigue aquí.»
Leí la transcripción tres veces en la pantalla del despacho, con la luz del norte todavía apagada y la casa entera dormida a mi espalda.
¿Y si la equivocada no es usted?
Hay preguntas que no se responden: se reconocen.
Como se reconoce una caligrafía. Y yo reconocí aquella carta con el mismo ojo entrenado con que reconocía la ge cerrada de la estilográfica, y el reconocimiento fue físico, un frío que me subió de los brazos a la nuca, porque yo había conocido esa corrección.
No la de los gritos. La otra. La de la calma.
Iñigo no me gritó nunca. Eso habría sido más fácil de archivar.
Iñigo corregía. «No fue así, Vera: fue el martes.
» «Te lo dije, no lo recuerdas.» «Nunca dije eso.
» Y lo decía con esa paciencia suya de los últimos años, la paciencia que yo había admirado, la de quien baja a un gato de un árbol, y sus versiones tenían siempre más datos que las mías —la fecha, la hora, quién dijo qué— porque Iñigo era arquitecto y los arquitectos viven de los datos, y porque era inteligente, y porque, y aquí está la parte que nunca me dije de día: porque yo dejé de discutir.
Dejé de discutir no porque él tuviera razón, sino porque discutir costaba más que ceder, y ceder se convierte en costumbre, y la costumbre se convierte en duda, y un buen día una empieza una frase con «igual no lo recuerdo bien» sin que nadie se lo haya pedido.
Yo empezaba las frases así. Llevaba años empezándolas así.
Y lo peor —lo escribí en la libreta aquella mañana, con la letra torcida de la vigilia—: lo peor era que él solía tener razón.
Que mi memoria falla como la de cualquiera.
Que es posible construir una prisión de verdad, ladrillo a ladrillo, con datos correctos, si cada vez que los datos empatan se le da la razón al mismo.
No acuso a Iñigo de aquella carta. Lo escribo con toda la justicia de que soy capaz: no era lo mismo.
Era la versión doméstica, la versión leve, la que no tiene nombre porque no llega a merecerlo.
Pero la leí en la transcripción como quien lee la versión oscura de un texto conocido, el borrador salvaje de una novela que una ha vivido en edición corregida.
Y pensé en la mujer de la carta, cincuenta y dos años, casada veintisiete, que encontraba una libreta de dos mil diecinueve y comprobaba que no se equivocaba tanto.
Y pensé en Marta Etchegaray, cuarenta y cinco años según el padrón de mi cabeza, sola muchas noches, con la luz de la cocina encendida hasta las tres, casada con un hombre que viajaba mucho y que «llevaba las cosas».
Y las dos mujeres se sentaron en mi cocina prestada, una a cada lado de la mesa, y yo entre las dos con la taza fría.
¿Y si la equivocada no es usted?
Una pregunta de madrugada para una oyente sin nombre.
Y sin embargo me llegó dirigida, como el café del armario correcto, como los lápices ordenados de mayor a menor: alguien, en alguna parte, había elegido para esa casa a una mujer capaz de reconocer esa pregunta.
Lo pensé y me pareció monstruoso y me pareció exacto.
Las dos cosas. Las cosas verdaderas de aquella casa eran siempre las dos cosas.
Apagué la radio antes de la siguiente llamada. Fregí la taza, la dejé boca abajo en el escurridor. Al pasar por el recibidor, el panel decía lo de siempre: «Sistema en marcha. Sin incidencias.» Lo miré un momento largo, y por primera vez le hablé, en voz baja, en la casa vacía:
—Ya —le dije—. Sin incidencias.
Subí. No dormí. A las nueve, con la luz gris entrando por la persiana, abrí la libreta y escribí la última línea del miércoles, la que cerraba la semana y abría otra cosa: «Nadie vio irse a Marta.
Yo tampoco la vi nunca. Pero hay alguien en esta casa que lleva semanas escribiéndome con su letra, y una vecina que la vio cortar las últimas rosas, y una farmacia que la esperaba en octubre. »
Y debajo, porque las páginas se cierran con lo que una va a hacer y no con lo que una siente:
«Mañana registro la casa entera. Con luz y con método. Si Marta no cogió ese avión, la casa lo sabe.»