Capítulo 3
Londres, Inglaterra
Elise de Lesseps se alisó la falda del vestido y se colocó el cabello en su sitio, reacia de pronto a entrar en la habitación.
Había estado en el estudio de su padre innumerables veces, casi siempre para poner orden, pero aquella mañana se sentía extrañamente nerviosa.
Aquella convocatoria le parecía diferente, más oficial en cierto modo.
No estaba allí para poner orden, sino para que su padre le comunicara algo importante; estaba segura de ello.
—Deja de comportarte como una boba —se reprendió en voz baja—. No hay ninguna razón para tener miedo.
Pero aquellas palabras valientes no lograron disipar su mal presagio.
Había visto al joven llegar y marcharse aquella mañana, había oído el estruendo de los cascos sobre la tierra helada y sabía que algo importante había ocurrido.
Solo que no lograba imaginar el qué. Elise se negaba a considerar que pudieran ser malas noticias.
Ya habían tenido de sobra últimamente. La angustia de no saber le hizo temblar la mano cuando por fin la alzó para llamar a la sólida puerta de roble.
—Adelante —respondió su padre. Estaba de espaldas a la habitación, mirando por la ventana.
Los cristales emplomados en forma de rombo brillaban con la luz matutina; el sol invernal inundaba la estancia, que estaba helada porque el fuego, aunque preparado, no se había encendido por orden de su padre.
Hugh de Lesseps ahorraba leña siempre que podía; su propia comodidad le importaba poco en aquellos tiempos.
Elise se detuvo nada más cruzar el umbral, a la espera de que su padre hablara.
Por fin se volvió, con expresión indescifrable.
Elise no pudo evitar fijarse en los hombros encorvados y en el rictus severo de sus labios.
Su padre había envejecido de forma alarmante durante el último año.
Su cabello y su barba, antes oscuros, aparecían ahora veteados de canas, y su poderosa constitución se había consumido, de modo que parecía mayor de sus cuarenta y siete años.
Los ojos hundidos de Hugh de Lesseps escrutaron a su hija con la cabeza ladeada, como si atendiera a alguna voz interior.
—¿Qué ocurre, padre? —preguntó Elise, ahora más preocupada aún—. ¿Estáis enfermo?
—Siéntate, hija —dijo Hugh—. Deseo hablar contigo.
Hugh se dejó caer en la silla tallada de respaldo alto que había tras el enorme escritorio y entrelazó las manos.
Normalmente su padre se reclinaba, pero aquel día estaba encorvado hacia delante, con los hombros rígidos de tensión.
Desvió la mirada de Elise hacia la chimenea apagada, como si le costara hablar, y guardó silencio unos instantes antes de volver a mirarla.
—Elise, esta mañana ha venido un mensajero —comenzó.
—Sí, lo vi marcharse —respondió Elise—. ¿Qué noticias traía?
Su padre respiró hondo y la miró a los ojos por encima del escritorio. —No me andaré con rodeos. Ya tienes edad para conocer la verdad, y desde que murió tu madre, has sido la señora de esta casa y una madre para tus hermanas.
Su padre suspiró, como hacía siempre que mencionaba a su difunta esposa, que los había dejado el febrero anterior.
Nada había sido igual desde entonces. La casa parecía fría y vacía, incluso en los días más cálidos y soleados.
La risa había muerto, al igual que la música.
Hugh solía llamar frívola a su esposa cuando vivía, pero siempre lo decía con una sonrisa, encantado de verla reír y bailar con sus hijas.
Sus dos hijos ya eran hombres hechos y derechos: uno vivía en la Colonia de la Bahía de Massachusetts y el otro en Port Royal, Jamaica, donde resultaba de gran utilidad para su padre.
Caroline de Lesseps había sido una novia casi niña, una muchacha de quince años cuando Hugh se casó con ella.
Había conservado algo de aquella inocencia y alegría, una cualidad que él amaba por encima de todo en una mujer que a sus ojos nunca envejecía.
Solo tenía treinta y seis años cuando murió, pero para él seguía siendo la joven y hermosa muchacha que le quitó el aliento la primera vez que la vio.
Había sido un matrimonio de conveniencia concertado por las familias, pero la relación había florecido hasta convertirse en un vínculo de amor y respeto, una verdadera unión.
Muchos hombres volvían a casarse una vez concluido el luto, pero Elise estaba convencida de que su padre no miraría a otra mujer en mucho tiempo, si es que alguna vez lo hacía.
Nadie podría reemplazar a su hermosa Caroline, y en secreto ella se alegraba de ello.
Hugh de Lesseps se pellizcó el puente de la nariz, como si le aquejara un terrible dolor de cabeza, y alzó la mirada hacia su hija con expresión de absoluta desolación.
—El mensajero venía de parte de lord Asher. Le debo mucho dinero, pues el cargamento que pagó yace ahora en el fondo del mar. No estoy en condiciones de devolvérselo, al menos no por ahora. Desde el hundimiento del Celeste , nuestra situación económica es desesperada, Elise.
El Celeste se había hundido en una tormenta frente a las costas de Jamaica en septiembre, y con él se habían perdido toda la valiosa carga de su padre y la tripulación.
Hugh de Lesseps poseía otro barco, el Sea Nymph , pero ningún navío cruzaba el Atlántico en invierno, y pasaría casi un año antes de que Hugh obtuviera beneficio alguno de la venta de la carga que la tripulación traería de las Indias Occidentales.
—¿Lord Asher exige el pago? —preguntó Elise con cautela.
Había recibido más instrucción que la mayoría de las muchachas de su condición y comprendía perfectamente las consecuencias de perder la carga y el barco.
Su padre necesitaría capital disponible para adquirir mercancías que enviar a Jamaica y vender allí; con el beneficio compraría productos jamaicanos que luego transportaría a las colonias americanas.
Después cargarían un tercer cargamento para el viaje de regreso a Inglaterra: la bodega iría repleta de tabaco, pieles obtenidas de los salvajes y perchas de madera que venderían a la Armada para la construcción de mástiles.
Solo cuando la carga se vendiera en Inglaterra se obtendría beneficio y se saldaría la deuda con lord Asher.
—Lord Asher se ha ofrecido a concederme un plazo de dos años para pagar la deuda, pero con una condición: desea tomarte por esposa.
—¿A mí? ¿Por qué? Apenas conozco al hombre —exclamó Elise.
Lord Asher era un hombre rico y poderoso que gozaba del favor del rey y podía elegir a cualquier mujer por esposa.
Elise carecía de título y de fortuna, y la dote que su padre le había reservado apenas bastaba para tentar a un hombre de la riqueza y posición de Asher. ¿Por qué la querría a ella?
—Lord Asher se ha ofrecido a renunciar a la dote —añadió su padre con expresión dolorida—. Parece que no la necesita.
Elise se puso en pie despacio, con las piernas de pronto demasiado temblorosas para sostenerla. Se aferró al respaldo de la silla en busca de apoyo mientras encaraba a su padre. —No tengo elección, ¿verdad?
—Lo siento, Elise. Le prometí a tu madre que velaría por tu felicidad, pero si lord Asher reclama la deuda, quedaré arruinado. Tus hermanos perderán su medio de vida, y tus hermanas se quedarán sin dote cuando alcancen la edad casadera. No puedo permitirme rechazar su oferta.
—Lo entiendo —musitó Elise. Se sentía desfallecer, pero permaneció erguida, con los nudillos blancos aferrados al respaldo de la silla.
—Serás la esposa de un gran hombre. Tus hijos serán de noble cuna y serás recibida en la corte. Sé que Edward Asher no es quien tu corazón anhela, pero esta unión os beneficiará, a ti y a tus hermanas. Nuestra familia saldrá adelante.
—Sí, padre —respondió Elise con voz apagada—. ¿Puedo retirarme?
—Ve. Necesitas tiempo para asimilar esta noticia.
—¿Cuándo desea casarse lord Asher?
—Dentro de tres semanas, en Año Nuevo.
—¿Tan pronto? —Elise hizo un esfuerzo por no llorar, pero le temblaba la voz.
—Estarás lista. —No era una pregunta, sino una afirmación. Estaría lista; no tenía otra opción. El trato estaba cerrado y ella era la mercancía que cambiaría de manos como pago de la deuda: carga humana en lugar de bienes materiales.
Elise ni siquiera se molestó en cerrar la puerta tras de sí cuando huyó de la habitación.
Necesitaba tiempo a solas para poner en orden sus turbulentos sentimientos y preparar una historia para sus hermanas.
Amy y Anne solo tenían trece y nueve años, demasiado jóvenes para comprender las implicaciones del hundimiento del Celeste .
Habían perdido a su madre hacía menos de un año, y ahora perderían también a su hermana.
Si les mostraba lo desesperada que estaba, la inevitable separación sería aún más difícil para ellas, así que Elise tenía que poner buena cara y hacerles creer que este matrimonio era decisión suya.
Elise subió las escaleras hasta su habitación y cerró la puerta con llave.
Las niñas la estarían esperando en el salón, pero no podía soportar enfrentarse a ellas todavía.
No podía trabajar tranquilamente en su costura cuando apenas lograba contener la histeria.
En tres semanas, se casaría con un hombre al que apenas conocía.
Elise había conocido a lord Asher una vez, cuando visitó a su padre por un asunto de negocios.
Lo había visto dos veces más desde entonces, pero apenas habían cruzado palabra más allá de un saludo cortés.
Lord Asher se había inclinado ante ella sin apartar los ojos de su rostro, esbozando una sonrisa forzada.
Elise supuso que solo estaba siendo educado, aunque un hombre de su posición no tenía obligación de serlo con alguien como ella.