Capítulo 18 #2
Sus ojos se llenan de agua.
—¿Entonces qué hago?
Demasiado buena para mí.
Miro la cocina.
Clara y la madre.
La escena perfecta.
Lo falso no siempre se reconoce porque parezca mal hecho. A veces lo falso es insoportable porque está mejor construido que la vida.
—Clara —digo.
No me mira.
—Clara Rueda.
Levanta la cabeza.
El apellido la alcanza como una bofetada.
—No —dice.
—Clara Rueda Sáenz.
—No.
—Su madre no está ahí.
La mujer de espaldas deja de acariciarle el pelo.
El olor a chocolate se vuelve más intenso.
—Cállese —dice Clara.
—No.
—¡Cállese!
La sala de juegos tiembla.
O quizá sí.
Las muñecas de la mesa giran la cabeza hacia mí.
Todas a la vez.
Sus ojos pintados me observan con una paciencia horrible.
—Tu madre no está ahí —repito—. Pero la niña que perdió a su madre sí.
Clara se queda quieta.
La mujer de la cocina baja la mano.
—No le escuches —dice.
Su voz ya no es tan cálida.
—Clara —dice Mikel—. No tienes que quedarte con ella para quererla.
La joven mira a la mujer.
—No pude hacer nada.
—Eras una niña —dice Insausti.
Su voz sale rota.
Clara la mira desde la cocina.
—Usted tampoco hizo nada cuando pudo.
—No —dice—. No hice lo que debía.
La confesión cruza la puerta.
La cocina parpadea.
Por un segundo vemos lo que hay debajo: no azulejos cálidos, sino pared húmeda; no mesa de fórmica, sino una cama infantil oxidada; no taza de chocolate, sino una cuña de medicación; no madre, sino una sombra inclinada sobre Clara.
Luego vuelve la cocina.
Pero ya más débil.
El olor a chocolate se mezcla con desinfectante.
—Clara —digo—. Pregúntale algo que solo tu madre sabría.
La mujer de la cocina se vuelve un poco más.
No lo suficiente para mostrar el rostro.
—No hace falta —dice.
—Claro que hace falta.
—Mamá…
—Sí, mi niña.
—¿Qué canción me cantabas cuando no podía dormir?
La cocina entera se queda inmóvil.
La lámpara no se balancea.
El vapor de la taza no sube.
La mujer no responde.
Clara cierra los ojos.
El dolor que le cruza la cara es tan puro que casi no se puede mirar.
—No lo sabe —susurra.
La mujer apoya ambas manos sobre la mesa.
Los dedos son demasiado largos.
No eran así hace un segundo.
—No hace falta recordar canciones —dice—. Solo quedarse.
La cocina se oscurece.
—Ven conmigo —dice Mikel.
Tiende la mano desde fuera de la puerta.
No decide por ella.
Clara mira la mano.
Luego mira a la mujer.
—Me habría cantado Duérmete, mi niña —dice.
La mujer inclina la cabeza.
—Sí.
Clara ya sabe.
—No —dice—. Ella cambiaba la letra. Decía: “Duérmete, Clarita, que el mundo está cansado”.
La cocina se rompe.
Se pudre en un segundo.
Los azulejos se manchan de humedad. La mesa se hunde. La taza se llena de agua negra. La mujer de espaldas se dobla hacia delante, como si alguien le hubiera quitado los huesos. Cuando levanta la cabeza, no tiene rostro.
Mikel tira de ella justo cuando la sombra se abalanza.
La puerta verde se cierra con un golpe brutal.
Clara cae sobre él en la sala de juegos.
Los dos ruedan por el suelo.
Mikel la abraza con una fuerza desesperada.
—Ya está —dice—. Ya está.
Clara llora contra su pecho.
—No era ella.
—No.
—No era ella.
—No.
—Pero casi.
Mikel cierra los ojos.
—Sí.
Que casi lo era.
Insausti se queda de pie, con la mano sobre la boca. No sé si mira a Clara o a la puerta verde. Quizá a ambas. Quizá al hueco exacto donde su método y la casa se parecen demasiado.
La caja de música se detiene.
El silencio dura apenas dos segundos.
Después, otra puerta abierta empieza a emitir luz.
La puerta amarilla.
Dentro se ve una habitación de hospital.
Un hombre mayor sentado junto a ella.
No en una camilla.
Sentado, con una cuerda sobre las rodillas.
Clara levanta la cabeza.
—No.
Rafael mira hacia nosotros.
—Hija.
Mikel se pone en pie de inmediato, llevándose a Clara consigo.
—No.
La puerta amarilla permanece abierta.
Rafael sonríe con tristeza.
—No te vayas. Aún no te he pedido perdón.
Mikel la sujeta.
—No le escuches.
—Tengo que oírlo —dice ella.
—No.
—Tengo que…
—Clara, no.
Esta vez soy yo quien habla:
—No tiene que perdonarle para salir de aquí.
Rafael me mira.
Su rostro cambia.
Ya no es el Rafael de la sesión.
Sus ojos se afinan.
Detrás de su cara aparece otra expresión.
Algo más viejo.
Más de casa.
—Doctor Valtierra —dice—. Siempre tan dispuesto a repartir responsabilidades cuando ya no sabe dónde dejar la suya.
—No soy doctor ahora.
—¿Entonces qué es?
—Testigo.
—Los testigos también mienten.
—Sí.
—Los testigos también llegan tarde.
—Sí.
—Los testigos también miran y no hacen nada.
—Sí.
Cada sí pesa.
Pero no me hunde.
Rafael deja de sonreír.
La puerta amarilla parpadea.
Insausti da un paso adelante.
—Clara, míreme a mí.
La joven la mira.
—Su padre no está ahí.
—Mi padre está en todas partes —dice Clara—. En mi apellido escondido. En mi trabajo. En su sesión. En lo que no me contaron.
—Sí.
—Usted lo permitió.
—Sí.
—¿Por qué?
La directora tarda.
No busca una frase elegante.
Se lo veo.
Por una vez, no la busca.
—Porque pensé que podía protegerla de una verdad que en realidad me protegía a mí de mi propio error.
Clara la mira con una furia rota.
—Eso no es suficiente.
—No.
—Nunca va a ser suficiente.
—Lo sé.
Rafael ríe desde la habitación amarilla.
—Qué conmovedor. La doctora aprendiendo a pedir perdón cuando la casa ya ha abierto todas las puertas.
Clara se aparta de Mikel.
No hacia Rafael.
—¿Está vivo? —pregunta.
—Sí —dice Insausti—. Rafael está vivo.
—¿Y él?
Señala la puerta.
Insausti mira la habitación de hospital.
—No sé qué es.
Rafael inclina la cabeza.
—Soy lo que dejaron de decirle.
Clara respira hondo.
Luego hace algo que nadie espera.
Camina hacia la puerta amarilla.
Mikel intenta detenerla, pero ella levanta una mano.
—No voy a entrar.
Se detiene justo en el umbral.
Rafael la mira con ternura impostada.
—Hija.
—Mi padre mató a mi madre.
La habitación amarilla se queda quieta.
—Mi padre me dejó sin infancia. La casa me dejó sin verdad. La doctora me dejó sin nombre. Y yo me dejé sin preguntas porque era más fácil obedecer.
Rafael baja la vista.
La cuerda sobre sus rodillas empieza a moverse sola, como una serpiente.
—No necesito que me pidas perdón aquí —dice Clara—. Necesito despertar mañana y decidir si quiero oírlo de verdad.
La puerta amarilla tiembla.
—Y si algún día lo hago —continúa—, no será en una habitación fabricada por una casa enferma.
Rafael levanta la cabeza.
Ya no tiene rostro.
La cuerda cae al suelo.
La puerta amarilla se cierra.
Clara se queda de pie, respirando con dificultad.
Mikel no la abraza esta vez.
Ella se vuelve hacia él.
No como salvador y salvada.
Como dos personas que han entendido, tarde y mal, que a veces ayudar consiste en no ocupar el lugar de la decisión ajena.
Las demás puertas siguen abiertas.
La desnuda del fondo.
Una voz sale de la puerta sin pintura.
No la de ahora.
La del ciclo siete.
—Adrián.
Todos me miran.
La casa, educada como siempre, ha esperado su turno para servirme el plato.
La puerta desnuda muestra un baño.
Agua en el suelo.
Elena no está.
Solo el baño vacío.
Y el grifo abierto.
La voz vuelve.
—Ya casi estás.
Mikel da un paso hacia mí.
—No tienes que entrar.
No tengo que entrar.
No tengo que obedecer.
No tengo que perseguir a Elena.
No tengo que salvar al fantasma.
No tengo que reiniciar.
Pero tampoco puedo seguir dejando esa puerta abierta detrás de mí.
Miro a Insausti.
—¿Qué hay ahí?
Ella responde sin esconderse:
—Lo que la casa quiere que vea.
—¿Y lo que yo necesito ver?
—A veces se parecen demasiado.
Me acerco a la puerta desnuda.
El olor a lavanda entra desde el baño.
También el olor a sangre.
Y a agua estancada.
La cicatriz del dorso de mi mano empieza a doler.
Mikel se coloca a mi lado.
—No entrarás solo.
—No.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Clara, todavía temblando, se coloca al otro lado.
—Testigos —dice.
Insausti se queda un paso atrás.
No porque no quiera entrar.
Porque entiende que esta vez no dirige.
—Testigos —repite.
La puerta desnuda espera.
Dentro, el grifo sigue abierto.
Pero esta vez no cruzo corriendo.
No cruzo hipnotizado.
No cruzo buscando absolución.
Cruzo con ellos.
Y cuando pongo un pie en el baño, todas las puertas del ala infantil se cierran a nuestra espalda.