Capítulo 37
Ollie estaba en la cocina, con el pelo de punta y vestido únicamente con unos pantalones de chándal, cuando Xav bajó las escaleras. Se quedó un momento en el umbral, observando a su viejo amigo, que estaba inclinado sobre la encimera y miraba fijamente el teléfono.
La noche anterior habían alcanzado una especie de tregua.
Ambos comprendían que se enfrentaban a una amenaza mayor y que tenían un objetivo común: mantener a Lana a salvo.
Sin embargo, aún no habían aclarado las cosas, y Xav no estaba seguro de que Ollie llegara a perdonarlo por ser el hermano de Sebastian.
Podía ser un problema, porque por segunda vez en pocos días Xav había estado a punto de perder a Lana, y aquello le había hecho comprender que no podía volver a alejarse de ella.
No sabía cómo demonios conseguirían que lo suyo funcionara, ni siquiera si sería posible, pero esta vez lucharía por conservarla en su vida.
La había dejado dormida, convencido de que permanecería inconsciente al menos otra hora y sabiendo que necesitaba descansar y darle tiempo a su cuerpo y a su mente para recuperarse.
Aunque él tampoco había dormido mucho, se había quedado observándola un rato, redescubriendo cada curva y cada línea de su rostro.
El dibujo de sus pómulos, el arco de sus pestañas oscuras y la plenitud de su labio superior; después, cuando ella se había dado la vuelta y el edredón se había deslizado, la curva de su espalda y las íntimas formas de sus nalgas.
Ella había sido la protagonista de muchas de sus primeras veces.
No de su primer beso; aquella experiencia lamentable había sido con Karen Pointer, cuando tenía catorce años: labios pastosos, demasiada saliva y lenguas que no paraban de moverse.
Pero Lana había sido su primera novia estable, la primera que le robó el corazón y la primera chica con la que hizo el amor.
Bueno, de acuerdo, decir «hacer el amor» era exagerar; aquella primera vez había consistido en muchos tanteos apresurados y había sido un poco decepcionante para los dos.
Aun así, habían aprendido juntos y sus experiencias habían ido mejorando poco a poco.
La noche anterior había sido como un abrazo cálido y familiar, solo que mejor.
El tiempo que habían pasado separados, sumado a la experiencia y la confianza adquiridas con otros amantes, había intensificado el momento.
No se habían precipitado, sino que se habían tomado su tiempo para redescubrirse y saborearse mientras se llevaban mutuamente al límite.
Había hecho las paces con Lana y superado su reticencia a volver a poner un pie en Mead House. ¿Sería posible que él y Ollie también arreglaran las cosas?
Se aclaró la garganta, entró en la cocina y vio que los ojos de Ollie se abrían ligeramente al volverse hacia él. La escayola que le cubría la nariz era un recordatorio de lo fracturadas que habían estado las cosas apenas unas horas antes.
—Hola.
Ollie lo miró con cautela.
—Hola.
—Lana todavía está dormida. ¿Puedo tomar un café?
Hubo una vacilación y Xav vio cómo los engranajes se ponían en marcha. Sabía que Ollie estaba decidiendo cómo iba a tomarse aquello. Al final, se encogió de hombros.
—Claro.
Xav lo observó sacar una taza de un armario, aliviado de que no fuera a ponérselo difícil. Al menos de momento.
Ollie llenó una taza limpia con café recién hecho de la cafetera antes de rellenar la suya.
—¿Lo sigues tomando solo?
—Sí.
Xav aceptó la taza y decidió quedarse en la cocina. Si quería que las cosas funcionaran, no podía evitar a Ollie.
—¿Qué tal la nariz?
Hubo otra vacilación.
—Me duele. Tu amiga pega bastante fuerte.
Xav esperaba que añadiera «para ser una mujer», pero Ollie pareció contenerse.
—Sí, pega fuerte —admitió, recordando lo suficiente a Ollie para saber que su orgullo masculino estaría maltrecho—. No me gustaría estar en el lado equivocado de una pelea con ella.
Entonces se preguntó si Bree hablaría con él ese día. La noche anterior había estado tan absorto con Lana que la discusión que habían tenido antes había quedado relegada al olvido.
La llamaría más tarde, decidió, y supuso que también debería ponerse en contacto con Trudy en algún momento. Asegurarse de que estaba bien.
Ollie se sentó a la mesa de la cocina y, aunque se llevó el teléfono consigo, lo apartó a un lado. Tomándolo como una señal de que estaba haciendo un esfuerzo, Xav se acercó y se sentó frente a él.
—Anoche te acostaste con mi hermana.
No era una pregunta, sino una afirmación muy directa que requería una respuesta, y Xav decidió que no intentaría esquivar el asunto.
—Sí.
Esperó la reacción de Ollie sin apartar la mirada, con la mano inmóvil sobre la taza.
—¿Aún la quieres?
—Sí.
Admitírselo en voz alta a Ollie le hizo comprender que nunca había dejado de querer a Lana.
—Supongo que entonces tenemos un interés común. Quiero que esté a salvo.
—Yo también.
—Entonces tenemos que averiguar quién va a por ella y por qué.
Xav asintió.
—De acuerdo.
—No creo que Elise estuviera en el garaje anoche.
Cuando Xav abrió la boca para hablar, Ollie levantó una mano.
—Escúchame.
—Vale.
—Pesa menos de cincuenta kilos y es físicamente más pequeña que Lana.
Sé que anoche lo mencionamos por encima, pero he estado dándole vueltas y no veo cómo podría haber dejado inconsciente a Lana, arrastrarla por el garaje y meterla en el maletero.
Luego está la ropa. Lana dijo que la persona que la atacó iba vestida completamente de negro.
Elise no tenía un conjunto así. Si lo tiene, me lo ocultaba muy bien.
No intento quitarle culpa. Sé que algunas de las cosas que dijo anoche no encajan, pero si ella está detrás de lo que le ocurrió a mi hermana, entonces tuvo que contar con ayuda.
Había que reconocerle el mérito a Ollie: sus argumentos eran bastante razonables. Debía de dolerle conocer la verdad sobre su prometida, pero, si estaba afectado, no lo demostraba.
—¿Y el diario? ¿Crees que lo cogió?
Ollie se encogió de hombros.
—Supongo que es posible. Lana la acusó y Elise se puso a la defensiva. En aquel momento la creí cuando dijo que no lo había cogido, pero ahora, a la luz de lo ocurrido anoche, ya no estoy tan seguro.
Se quedó callado, con la mirada fija en el café, mientras Xav reflexionaba sobre lo que acababa de decir.
—Tenemos que encontrarlo —concluyó—. Y tenemos que averiguar con quién se veía Camille.
—Tú y Lana de verdad creéis que existe la posibilidad de que Sebastian sea inocente, ¿no? —En el tono de Ollie no había escepticismo. Era como si tratara de creérselo él mismo.
—Puede ser. La verdad es que no lo sé. Lana es la única que ha leído el diario y ahora ha desaparecido. Pero sabemos que había alguien más aparte de Sebastian y, por el hecho de que el diario haya desaparecido, sumado a todo lo que le está ocurriendo a Lana, tiene que estar relacionado.
—Alguien cuyo nombre empieza por G, ¿verdad?
—Eso parece.
—George Maddox estaba allí cuando encontramos el libro.
—¿De verdad crees que el George que conocíamos entonces se habría acostado con tu hermana? Ella tenía diecinueve años; ¿cuántos tendría él? ¿Quince?
Una sonrisa asomó a los labios de Ollie, la primera que Xav le veía desde hacía mucho tiempo.
—Supongo que no. Si lo miraras ahora, me lo creería, pero entonces, ni de coña.
Se quedó callado mientras lo sopesaba, y Xav sospechó que estaba pensando en la naturaleza oscura de la relación de Camille.
Había juegos de poder, dominación y sumisión, lo que apuntaba a un amante mayor y con más experiencia.
Xav había visto la cara de Ollie cuando Lana había revelado detalles a la policía y sabía que su viejo amigo se había quedado conmocionado y asqueado.
—Entonces no es George, pero ¿quién más? —acabó diciendo Ollie.
Xav pensó en las personas que conocían cuando eran adolescentes y, por algún motivo, se le vino a la cabeza el vicario.
—¿Graham Hunt?
Ollie negó con la cabeza.
—Lo comprobaré con Lana, pero estoy casi seguro de que estaba de vacaciones cuando murió Camille. Recuerdo que vino a la casa a presentar sus respetos cuando regresó.
—¿Godfrey Kirton? —Xav sonrió al mencionar al viejo frutero.
—¿Es que sigue vivo? —preguntó Ollie—. Tendría unos ochenta años cuando éramos niños.
—Ni idea. Hace años que no lo veo.
—Estoy casi seguro de que le habría costado hasta avanzar con su andador.
Xav vaciló antes de mencionar el siguiente nombre, sin saber cómo reaccionaría Ollie.
—¿Y Greg?
Ollie sostuvo su mirada por un instante. Sabía exactamente de quién hablaba Xav, aunque no hubiera mencionado su apellido.
—¿Crees que Camille se habría acostado con Corbett? —Su tono sonó ligeramente defensivo.
—Solo estoy barajando nombres, Ollie.
—No me lo imagino como su tipo.
Xav tampoco, pero debían mantenerlo en la lista de todos modos.
—Puede que no —admitió—. Pero tenemos que descartarlo. No podemos quitárnoslo de encima sin más.
—Vale, de acuerdo. —Ollie terminó el café y se levantó de la mesa—. ¿Quieres otra taza?
—Estoy bien, gracias.
—¿Y qué hay de los apellidos o los apodos? —preguntó Ollie mientras llevaba ambas tazas al fregadero—. La G no tiene por qué corresponder al nombre de pila y, seamos sinceros, la lista de sospechosos que tenemos no resulta precisamente prometedora.
Tenía razón. No lo era, y pasaron unos minutos barajando a otros posibles amantes, pero ninguno de los dos encontró nada destacable.
—¿Te marchas pronto a casa? —preguntó Ollie cuando agotaron la lista.
Xav lo miró, sorprendido de que se lo preguntara.
—Dentro de un rato. Tengo un gato hambriento esperándome.
—Qué gracioso. Siempre me has parecido más de perros.
—Me siguen gustando los perros. Voy a esperar a que Lana se despierte antes de irme. ¿Por qué?
—Porque voy a subir a vestirme y luego volveré a revisar el garaje y el exterior, a ver si anoche se nos escapó algo a nosotros o a la policía. —Ollie mantuvo un tono despreocupado—. Me preguntaba si te apetecía ayudarme.
Era otra rama de olivo y Xav no tardó ni un segundo en aceptarla.
—Sí —asintió—. Me apetece.