La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Era movimiento.

Y después de años de caja cerrada, movimiento ya era algo.

Arriaga se fue del Aurora una semana después.

No con ceremonia. No con discurso. Dejó una carta dirigida a la comunidad y otra, privada, a Nicolás.

La pública decía que asumía responsabilidad por no haber identificado antes las continuidades entre Convivencia, Fundación y los mecanismos de encubrimiento heredados.

Usaba demasiadas palabras largas, pero por lo menos no se escondía del todo.

La privada no la leí. Nicolás sí. La dobló, la guardó y dijo:

—No lo perdono. Pero voy a conservarla.

—Eso suena adulto —dije.

—Me molesta.

—Bienvenido.

Nicolás sonrió poco.

Hugo habló con Maël dos semanas después.

No sé qué se dijeron. Hugo no nos lo contó entero.

Solo dijo que Maël iba a declarar todo, que su familia estaba “en guerra civil silenciosa” y que él no pensaba volver a Cumbre como si nada.

Solicitó cambio temporal de residencia a una zona mixta supervisada mientras durara la investigación.

Falcón aceptó. Las casas, por primera vez, empezaban a fallar como jaulas.

Eso era bueno. También daba miedo, porque algunas personas necesitan que las jaulas parezcan hogar para no notar que llevan años dentro.

Irene cambió.

No de golpe.

No se convirtió en otra persona, cosa que habría sido una falta de respeto a la Irene que ya era.

Pero empezó a hablar antes. A corregir frases.

A decir “no” con menos disculpas. Un día, en comedor, una alumna dijo que Iván “se había metido en algo demasiado grande” y Irene dejó la bandeja, la miró y respondió:

—No. Lo metieron.

Luego siguió comiendo.

Nora, desde nuestra mesa, levantó un vaso de agua.

—A nuestra señora de las correcciones exactas.

Irene se puso roja.

Pero sonrió.

Darío quedó suspendido de actividades comunes mientras se resolvía su participación disciplinaria y judicial.

No volvió a sentarse con Rodrigo. No volvió a sonreír de la misma manera, al menos delante de nosotras.

Un día me lo crucé en el pasillo de biblioteca.

Iba acompañado por un prefecto. Se detuvo.

—Vera.

—Salvat.

—Voy a declarar otra vez.

—Bien.

—Voy a decir lo de septiembre. Lo de la lista de becados. Todo.

—Bien.

—No lo hago por ti.

—Me tranquiliza muchísimo.

Bajó la vista.

—Lo hago porque Clara dijo que hiciera algo con eso.

No supe qué contestar. Al final dije: —Entonces hazlo bien. Asintió y se fue. No lo perdoné ni me lo pidió; fue mejor así.

Con Bruno fue más difícil.

No porque pasara algo espectacular. Nada de besos bajo la lluvia, gracias.

No teníamos energía ni meteorología para eso.

Fue difícil porque lo fácil habría sido pegarme a él como a una barandilla nueva y luego enfadarme por necesitar barandilla.

También habría sido fácil apartarlo y convertir su cuidado en jaula antes de que pudiera darme miedo.

Así que hicimos algo mucho más raro: hablamos mal, a ratos, con interrupciones, sarcasmo, silencios y alguna frase decente por accidente.

La conversación importante ocurrió en el patio central, ya sin faroles, una tarde en la que el cielo estaba tan gris que parecía haber decidido respetar el ambiente.

—Me voy a equivocar —dijo Bruno.

Estábamos sentados en el borde de una jardinera vacía. Él llevaba la férula, yo la mano aún con marca del corte del patio de mantenimiento, aunque ya casi cerrada.

—En general o conmigo?

—Contigo.

—Qué específico. Gracias.

—Quiero decir que voy a volver a intentar decidir demasiado cuando tenga miedo.

—Probablemente.

—Y tú vas a volver a correr mentalmente hacia sitios aunque estés sentada.

—Qué imagen tan hiriente y exacta.

—Entonces… no sé.

—¿Ese era tu gran discurso?

—Sí. Bastante malo.

—Un poco.

Se quedó callado.

Yo miré el patio.

El punto 4 ya no estaba. Lo habían limpiado durante la investigación, después de fotografiarlo, medirlo y tomar muestras. Pero yo seguía viéndolo. Algunas marcas no necesitan tiza.

—No quiero que me cuides como si yo fuera una escena a preservar —dije.

—Ya.

—Pero tampoco quiero fingir que no me sostuvo que estuvieras ahí.

Bruno giró la cabeza hacia mí.

—Vale.

—No digas vale con esa cara.

—¿Qué cara?

—La de persona que acaba de recibir algo importante y no sabe dónde ponerlo.

—Es exactamente lo que pasa.

Suspiré.

—Yo tampoco sé dónde ponerlo.

Pasó un rato.

Luego su mano sana buscó la mía sobre la piedra de la jardinera.

No la cogió enseguida.

La dejó cerca.

Preguntando sin frase.

Yo miré nuestros dedos.

Pensé en Clara diciéndole que me cuidara sin encerrarme. Pensé en el miedo. En la Casa usando a quienes querían salvarme. Pensé en que, si permitía que eso contaminara todo, Álvaro ganaba una habitación más dentro de mi cabeza.

Así que moví la mano.

Un poco.

Lo suficiente.

Bruno la cogió con cuidado.

No pasó nada más.

Y por eso mismo pasó bastante.

Martina, cuando se lo conté, no gritó ni hizo comentarios de novela barata. Solo sonrió como si llevara meses archivando esa posibilidad en una carpeta mental.

—Bien —dijo.

—No empieces.

—No he empezado.

—Tu ceja ha empezado.

—Mi ceja tiene vida propia.

Nora, en cambio, al enterarse por combustión social espontánea, dijo:

—Necesito saber si esto afecta a la distribución de galletas en crisis.

—No.

—Perfecto. Apoyo moderadamente.

Celia pidió que ningún drama romántico afectara horarios de archivo.

Amina dijo que el amor también debía rendir cuentas si se volvía estructura de poder.

Irene dijo que se alegraba.

Y se puso roja.

Todo muy nuestro, en resumen.

El último día antes de que el curso se reanudara parcialmente, Falcón nos convocó en The Lookout.

No a todo el alumnado. A nosotras, a Bruno, Hugo, Nicolás, Irene, Laura y Clara, que había vuelto para firmar unos documentos y recoger copias autorizadas.

Vega también estaba allí. Sobre la mesa había una carpeta nueva, sin membrete del Aurora.

Eso ya era sospechoso en el buen sentido.

—La investigación ha abierto una línea más amplia sobre Fundación Aurora —dijo Vega—. El archivo muerto contiene referencias a otros centros, becas externas y programas asociados. No puedo dar detalles, pero esto supera al Instituto Aurora.

No fue una sorpresa completa, pero oírlo cambió el tamaño de la habitación: otros centros, otros programas, otras casas quizá, con otros nombres.

—La Casa no era solo del Aurora —dijo Amina.

Vega no respondió directamente.

—La Fundación tenía mecanismos replicables.

Mecanismos replicables.

Qué frase tan fría.

Qué miedo.

Falcón continuó:

—El Instituto quedará bajo auditoría externa.

Las casas serán revisadas, los sistemas de prefectura suspendidos temporalmente, los programas de becas transferidos a una comisión independiente y The Lookout tendrá reconocimiento formal como órgano estudiantil autónomo, con garantías de publicación y límites legales claros, no discrecionales.

Nora levantó una mano.

—¿Eso significa que podemos volver a molestar oficialmente?

—Sí —dijo Falcón.

—Me emociona la democracia.

—Con responsabilidad.

—Ya empezamos a empeorarla.

Salvat sonrió por primera vez en días. Una sonrisa pequeña, cansada, real.

Clara puso una mano sobre la carpeta.

—Yo voy a pedir que retiren el nombre de Héctor de cualquier expediente disciplinario.

—Se está tramitando —dijo Vega.

—No. Yo voy a pedirlo. Aunque ya esté en trámite. Quiero que sepan que lo pide su familia, no que lo conceden ustedes.

Vega asintió.

—Tiene razón.

Clara miró entonces a nosotras.

—Y quiero que, cuando escribáis de esto, no esperéis a que todos los adultos estén cómodos.

—No suelen estarlo con nosotras —dijo Nora.

—Mejor.

Clara sacó dos hojas. Las dos listas. La de Iván sobre Héctor. La de Clara sobre Iván. Nos entregó copias.

—Los originales se quedan conmigo.

—Claro —dije.

—Las copias son para The Lookout. No para publicarlas enteras sin permiso. Para recordar cómo empieza todo lo demás.

Celia las tomó con ambas manos.

—Las guardaremos.

—No. Las usaréis.

Celia levantó la vista.

—Sí.

Clara se preparó para irse. En la puerta, se detuvo.

—Alma.

—Sí.

—No dejes que te conviertan en la chica que sobrevivió a Iván.

La frase me dejó sin aire.

Clara siguió:

—Sobrevive tú también. Entera no, porque eso no existe. Pero tuya.

No pude responder.

Ella no esperó.

Se fue.

Y esa frase se quedó en mí más que cualquier discurso.

Sobrevive tú también.

Entera no.

Tuya.

El último capítulo de The Lookout de ese curso —porque Celia insistió en llamarlo capítulo aunque Nora dijo que eso era “demasiado Alma contaminando los formatos”— se publicó una semana después, autorizado por Vega y con aprobación de Clara en las partes que nombraban a Iván y Héctor.

El título fue:

Los que quisieron vivir

No lo firmé sola.

Lo firmamos todas.

Martina, Nora, Celia, Amina, Irene y yo.

También firmaron Hugo y Nicolás una nota específica sobre herencia y silencio.

Laura una declaración sobre la foto familiar.

Darío pidió que su testimonio constara en el archivo, no como firma.

Mejor. Bruno no firmó, por decisión propia, pero revisó conmigo cada línea donde yo tendía a convertirme en culpa. Me tachó tres frases.

—Esta parece que pides perdón por existir —dijo.

—Qué exagerado.

—No.

La releí.

Tenía razón.

Qué rabia.