La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 30 #2
93%

Capítulo 30 #2

—Rodrigo Mencía admitió haber enviado la imagen de la bufanda y otra captura a una cuenta facilitada por Álvaro. Niega haber sabido que Iván había muerto en ese momento.

—Mentira —dijo Darío desde el pasillo.

Vega giró hacia él.

—¿Tiene un hecho, Darío?

Darío entró un paso.

—Rodrigo no sabía cómo murió. Eso creo que es verdad. Pero sabía que algo grave había pasado. Me escribió antes de que circularan las capturas.

—¿Qué le escribió?

Darío se metió la mano en el bolsillo y sacó su móvil, ya bajo control policial. El subinspector lo había clonado, pero Darío pidió mostrar el mensaje en la pantalla. Vega asintió.

Darío leyó:

—“No preguntes. Si Vera se hunde, tú estabas lejos.”

El silencio volvió.

Si Vera se hunde.

Yo cerré los ojos.

Rodrigo no sabía quizá todo, no había tocado a Iván, no había bajado a la galería, pero estaba listo para usar mi hundimiento como parte de su distancia.

No preguntes. Tú estabas lejos. La versión no necesitaba que todos supieran la verdad; necesitaba que cada uno supiera cuál era su sitio en la mentira.

—Eso consta ya en extracción digital —dijo Vega—. Gracias.

Darío guardó el móvil.

No me miró.

Bien.

No quería su culpa en mis ojos en ese momento. Tenía bastante con la mía, aunque supiera que era una culpa fabricada con materiales ajenos.

Falcón se acercó a la ventana.

Durante mucho rato nadie dijo nada más. Afuera, el patio central estaba vacío.

Las telas de las casas habían sido retiradas.

Los faroles ceremoniales guardados. Sin colores, sin símbolos, sin alumnado circulando, el Aurora parecía un cuerpo después de quitarle los adornos.

Seguía siendo grande, pero menos convincente.

Como si hasta él empezara a entender que una casa no se sostiene solo porque todo el mundo mire sus techos.

—¿Qué pasará con Lera? —preguntó Hugo.

—Queda detenido en cuanto el médico autorice traslado —dijo Vega—. Su colaboración se valorará, pero está implicado directamente en la extracción y retención de Iván.

—No colaboró —dijo Clara—. Habló cuando se vio debajo.

Vega no discutió.

—Sí.

—Que conste eso también.

—Constará.

Cada vez que Vega decía constará, yo pensaba en Héctor.

En el primer informe que también había constado, pero en una caja bajo humedad.

Ahora no bastaba con que algo constara. Tenía que constar en un sitio donde la Casa no pudiera bajarlo al sótano.

Esa era la diferencia que aún teníamos que asegurar.

Después de la declaración de Lera, Rodrigo pidió hablar con Clara.

La respuesta de Clara fue no.

Un no tan simple que nadie intentó adornarlo.

Rodrigo pidió entonces hablar con Vega para ampliar declaración.

Eso sí se aceptó. No porque tuviera derecho a limpiar su imagen, aunque su abogado probablemente lo formulara así, sino porque cada vez que Rodrigo intentaba salvarse, dejaba caer un trozo de la Casa.

Su nueva versión era más pequeña que él.

Reconocía haber sabido que Iván era hijo de Héctor antes del curso.

Reconocía haber hecho comentarios sobre “devolver un Luján”.

Reconocía haber recibido la tarjeta de Álvaro.

Reconocía haber facilitado a Tomás instrucciones de presión contra Iván y contra The Lookout.

Reconocía haber enviado capturas después de la muerte.

Negaba saber que Lera sacaría a Iván del baño.

Negaba saber que Álvaro estaba dentro del centro. Negaba haber querido que nadie muriera.

Puede que alguna negación fuera verdad.

Eso era lo insoportable.

La culpa no siempre venía compacta, perfecta, cerrada.

A veces venía en grados, en silencios, en risas previas, en “solo era presión”, en “no pensé que llegaría a tanto”, en “yo no toqué”, en “yo no sabía que iba a morir”.

Maël había mirado. Claudia había callado.

Tomás había empujado poco. Darío había hecho ruido.

Rodrigo había gestionado relato. Lera había obedecido.

Álvaro había puesto el farol primero y la mano después.

Todos podían encontrar una frase para no ser el centro absoluto de la muerte de Iván.

La Casa funcionaba así: repartía las piezas para que nadie se sintiera entero asesino hasta que un chico dejaba de respirar.

Esa tarde, permitieron que Clara viera el lugar donde habían encontrado a Iván.

No la galería completa. No la escena aún trabajada por policía técnica.

Pero sí el acceso, desde cierta distancia, acompañada por Vega y Berta.

Clara pidió ir. Nadie la convenció de lo contrario.

Irene quiso acompañarla. Clara aceptó. Eso me rompió un poco.

No por mí. Por Irene, que había pasado de tener miedo a ocupar espacio a convertirse en una presencia que una madre rota aceptaba cerca del último lugar de su hijo.

Cuando volvió, Clara parecía más vieja.

No mucho.

Lo suficiente.

Se acercó a The Lookout, donde estábamos reorganizando la cronología actual con los nuevos datos de Lera.

Yo tenía delante una hoja titulada Extracción de Iván — no usar “desaparición” sin contexto.

Celia la había escrito. Amina había subrayado extracción con una línea negra.

Nora había puesto en una esquina: lo sacaron, no se fue. Martina había añadido: quiso volver.

Clara leyó la hoja.

Luego se sentó a mi lado.

No dijo nada durante un buen rato.

Yo tampoco.

Qué raro, ¿no? Una, que normalmente llenaba cualquier hueco con ironía para que no se le cayera el techo encima, se quedó callada junto a una madre que acababa de mirar el pasillo por donde llevaron a su hijo. Y el silencio no fue incómodo. Fue lo único decente.

—Iván te eligió para darte la hoja de Héctor —dijo al fin.

Miré mis manos.

—Sí.

—No sé por qué.

—Yo tampoco.

Clara apoyó la carpeta sobre la mesa.

—Quizá porque sabía que ibas a enfadarte si lo convertían en código.

—Eso sí suena a mí.

—No dejes que el enfado te coma.

La miré.

Clara tenía la vista en la pizarra, en las columnas de nombres, roles, accesos y frases.

—Ahora mismo me parece bastante útil —dije.

—Lo es. Al principio.

—¿Y después?

—Después también, si aprende a sentarse.

La frase se me quedó dentro.

El enfado que aprende a sentarse.

No a apagarse.

No a pedir perdón.

A sentarse.

A no correr hacia todas las puertas.

A no convertirse en otra herramienta de quienes lo provocaron.

—No pude salvarlo —dije.

No tenía pensado decirlo.

Salió.

Clara cerró los ojos.

Durante un segundo pensé que había sido cruel, que estaba poniéndole mi culpa en la mesa como si ella tuviera que absolverme. Me odié un poco. Luego Clara habló.

—No.

Una sola palabra.

No consuelo.

No mentira.

No promesa.

—No pudiste —dijo.

El golpe fue seco.

Necesario.

—Pero tampoco lo mataste.

Me quedé muy quieta.

—Ya lo sé.

Clara me miró.

—No lo sabes igual todos los días.

No.

No lo sabía igual todos los días.

Ese era el problema.

Algunos minutos lo sabía. Otros, la frase Alma lo metió en esto volvía con uñas.

Otros, veía a Iván en el comedor, a Iván con la hoja, a Iván diciendo que se iba, y pensaba que si le hubiera dicho otra cosa, si lo hubiera acompañado hasta el baño, si hubiera desconfiado de todas las puertas incluso de las que no conocía, si hubiera sido más lista, más rápida, más cruel, más adulta, quizá…

Quizá. Qué palabra más inútil y qué hambre da.

—Ellos cuentan con eso —dijo Clara.

—¿Con qué?

—Con que quienes siguen vivos hagan el trabajo de la culpa por ellos.

La miré.

Clara Marín no hablaba como ellos, desde luego.

Hablaba como alguien que había vivido años al lado de un hombre haciendo ese trabajo por una culpa que no era suya.

—Héctor lo hizo —dijo—. No todo el tiempo. No siempre. Pero lo hizo. Se culpó por haber ido. Por haber tocado a Claudia para ayudarla. Por haber corrido. Por no haber sabido explicar. Por no haber tenido apellido. Por no haber gritado más. Eso lo fue matando antes de morirse.

No supe respirar.

—No le des eso también a Iván —añadió.

La frase me golpeó más que cualquier consuelo.

No le des eso también a Iván.