Capítulo 27 #3
—¿Dirección? —preguntó Vega.
—Hacia sala de llaves.
Más silencio.
Yo miré a Bruno.
Él no apartó la vista de la puerta.
—Sala de llaves localizada —dijo Elvira por el comunicador—. Pequeña, estructura superior. Hay equipo antiguo, lectores, baterías, cajas de faroles. No hay persona visible.
No hay persona visible.
—Revisad compartimentos —ordenó Vega.
—Hay una puerta interior.
Gómez Rivas habló, con la respiración agitada:
—La puerta conecta con corredor de patronato. Cerrada desde el otro lado.
—No forzar hasta tener segundo equipo —dijo Vega.
Se escucharon voces superpuestas. Pasos. Un golpe metálico.
Luego Roldán:
—Hay sangre en el marco.
La sala se quedó sin aire.
—¿Cantidad? —preguntó Vega.
—Poca. Rozadura o herida leve. Reciente.
—No tocar. Fotos.
Sangre.
Álvaro. Óscar Lera. Otra persona. No sabíamos.
Otra vez no asumir.
No asumir.
No asumir.
El comunicador crujió.
—Abrimos corredor de patronato desde ambos extremos —dijo Elvira—. Seguridad en posición.
Silencio.
Uno.
Dos.
Tres.
—Tenemos a Óscar Lera.
Berta se llevó una mano a la boca.
—Estado —pidió Vega.
—Vivo. Herido. Consciente parcial. Atado a una tubería en corredor. Dice… —Elvira se detuvo—. Dice que Álvaro está dentro.
Dentro.
No fuera.
No huido.
Dentro.
—¿Dentro dónde? —preguntó Vega.
La respuesta llegó con ruido y una voz de fondo, quizá Óscar Lera, rota, apenas audible.
—…la casa… debajo…
Elvira repitió:
—Dice: “La casa está debajo.”
Debajo.
No la sala de llaves.
No el corredor de patronato.
Debajo.
Celia miró el mapa.
—No hay debajo en este plano.
Nicolás se puso de pie.
—Sí lo hay.
Todos lo miramos.
—Mi abuela decía que la sala de llaves tenía una boca. Que no se abría salvo para los de abajo. Pensé que era… no sé. Otra frase de secta familiar.
—¿Los de abajo? —preguntó Nora.
Nicolás estaba blanco.
—Archivo muerto.
Salvat se volvió hacia él.
—¿Qué?
—Archivo muerto. Mi abuela dijo una vez que los papeles que no podían destruirse se bajaban al archivo muerto. Yo pensé que hablaba de archivos antiguos normales.
Salvat ya estaba moviéndose hacia los planos.
—El archivo histórico bajo el pabellón fue clausurado en 1991 por humedad. En los planos actuales no existe porque se rellenó parcialmente.
—Parcialmente —dije.
Ya no sonaba a broma.
Sonaba a sentencia.
Vega escuchó la información y respondió por comunicador:
—Elvira, busquen acceso inferior desde sala de llaves. Prioridad: no entrar sin ventilación y apoyo. Posible archivo muerto bajo pabellón.
La Casa estaba debajo.
Claro.
Qué obvio, de la forma más horrible.
La Casa de los Intocables no era una torre brillante ni una sala de patronato con copas.
Era un archivo muerto bajo el pabellón, lleno de papeles que no pudieron destruirse y de humedad suficiente para que todo oliera a cosa enterrada.
La foto familiar de Laura había abierto la mesa.
El mapa de Nicolás, la ruta.
Óscar Lera, vivo, la boca.
Y Álvaro Mencía, si seguía allí, ya no estaba en un despacho remoto ni en una carretera secundaria.
Estaba bajo el Aurora.
Con los papeles.
Con lo que la Casa no había logrado limpiar del todo.
Laura miró hacia el pasillo, con la bolsa de frutos secos apretada entre las manos.
—Mi madre ponía flores encima de esto —dijo.
Nadie contestó.
Porque era verdad.
Toda su familia, todas esas cenas, comunicados, fotos bonitas, faroles apagados, copas alineadas, discursos de futuro… encima. Siempre encima. Encima del archivo muerto. Encima de Héctor. Encima de Iván. Encima de las puertas que no aparecían.
Clara Marín entró entonces en The Lookout.
No sé quién la había avisado. Tal vez nadie. Tal vez una madre no necesita aviso cuando el edificio cambia de respiración. Irene venía detrás, pálida.
—¿Lo encontraron? —preguntó Clara.
Vega respondió con cuidado:
—Encontraron a Óscar Lera vivo. Ha indicado que Álvaro Mencía podría estar en un nivel inferior, bajo la sala de llaves. Están asegurando acceso.
Clara asintió.
No se alegró.
No se alteró.
Solo dijo:
—Que no se muera antes de hablar.
La frase nos heló.
No por crueldad.
Por justicia.
Clara no quería un cadáver más. No quería a Álvaro convertido en final fácil, en culpa enterrada, en un hombre encontrado muerto junto a papeles húmedos.
Quería que hablara. Que nombrara. Que dijera quién abrió la puerta del baño.
Quién tocó a Iván. Quién escribió la ruta.
Quién decidió que el hijo de Héctor podía volver a usarse como mensaje.
Vega asintió.
—Ese es el objetivo.
Y yo pensé que, por primera vez, la Casa de los Intocables estaba en peligro de algo peor que caer.
Estaba en peligro de tener que explicar cómo se sostenía.
El comunicador volvió a sonar.
Roldán, con la voz baja:
—Encontramos la boca.
Silencio.
—Escalera estrecha. Aire malo. Hay luz abajo.
Otro silencio.
Más largo.
Luego:
—Y hay cajas.
Cajas.
Archivo muerto.
Papeles que no pudieron quemar.
Registros que no pudieron mover.
Pruebas que quizá no sabían que seguían respirando bajo la humedad.
La Casa no estaba limpia.
Nunca lo había estado.
Solo había aprendido a poner flores encima.