Capítulo 24
La mañana después de la muerte de Iván, el Aurora no supo amanecer.
La luz entró igual, claro, porque el sol no tenía por qué enterarse de nuestras tragedias y porque el mundo tiene esa crueldad práctica de seguir haciendo cosas básicas aunque alguien haya dejado de respirar.
Entró por las ventanas altas de la sala de lectura, tocó las mesas, los lomos de los libros, las mantas que Falcón había mandado traer durante la noche, las tazas de té olvidadas, la libreta de Celia abierta por una página donde ponía Iván Luján — hora de localización — galería antigua, y se quedó allí, amarilla y limpia, como si no entendiera que ese edificio ya no tenía derecho a parecer bonito.
Dormimos poco. Algunos, nada. No en habitaciones normales, sino en la sala de lectura grande, repartidos entre sillones, colchonetas, mantas y sillas incómodas.
La policía no nos obligó a quedarnos, pero tampoco nos dejó volver solos a las residencias hasta terminar ciertas declaraciones.
Falcón prefirió tenernos agrupados, Salvat prefirió tenernos cerca del archivo y Berta prefirió poder vernos respirar de vez en cuando.
Esa combinación hizo que acabáramos allí, en una especie de campamento triste dentro de la biblioteca, con Nora dormida sobre una mesa como una alumna derrotada por la historia y por la falta de almohada, Celia sentada en el suelo con la espalda contra una estantería y la libreta en el regazo, Amina despierta desde antes de que yo abriera los ojos, Irene abrazada a una manta que no la calentaba, Hugo mirando por la ventana como si el patio fuera a darle explicaciones, Nicolás con una taza fría entre las manos y Bruno sentado cerca de la puerta, demasiado alerta para alguien que llevaba dos noches sin dormir bien.
Clara Marín no durmió.
Eso no lo supe porque la vigilara. Lo supe porque las madres que acaban de perder a un hijo no duermen en un edificio que todavía contiene su cuerpo en una galería acordonada.
Clara estuvo en una sala aparte con Berta durante parte de la noche, luego con la inspectora Vega, luego sola, luego otra vez con Salvat.
A veces la veíamos cruzar el pasillo. No lloraba siempre.
Eso era casi peor. Había algo en su rostro que parecía haber superado el llanto y entrado en una zona donde todo gesto costaba trabajo.
Cuando amaneció, volvió a la sala de lectura con la hoja de Iván en la mano, la copia donde había escrito cosas de su padre sin el Aurora.
Se sentó junto a una ventana. Nadie se acercó de inmediato.
No por distancia. Por respeto. Hay dolores que no se rodean con frases.
A las ocho, Falcón reunió a quienes debíamos estar en la videollamada.
No todos. La policía no quería convertir aquello en asamblea, aunque el Aurora ya hubiera hecho bastante por convertir nuestras vidas en una especie de comité permanente.
Estarían la inspectora Vega, Falcón, Salvat como custodia de archivo, un abogado externo, Berta por acompañamiento a menores, Nicolás, Hugo, Clara Marín y, por petición expresa de Clara, yo.
Eso último me incomodó tanto que pensé que había oído mal.
—¿Yo? —pregunté.
Clara me miró.
—Sí.
—No soy familia.
—No.
—Ni adulta.
—Eso ya lo noté.
Nora, medio despierta sobre la mesa, murmuró:
—La señora Marín me cae mejor cada hora.
Clara casi sonrió. No llegó, pero casi.
—Quiero que alguien esté ahí que no sepa hablar como ellos —dijo.
No pregunté quiénes eran ellos. No hacía falta.
Ellos eran la gente que decía “trayectoria familiar interrumpida” en vez de “os rompimos la vida”.
Ellos eran los que escribían “baja voluntaria asistida” donde había empujones.
Ellos eran los que podían convertir un farol en prueba, una puerta en coincidencia, una muerte en consecuencia.
Si Clara quería que yo estuviera para romper ese idioma cuando hiciera falta, no iba a decirle que no.
Aunque me diera miedo. Aunque sintiera que cualquier palabra mía cerca de Iván podía ser demasiado o insuficiente.
—Voy —dije.
Bruno me miró desde la puerta.
No dijo nada.
Agradecí que no dijera nada.
La llamada se haría en el aula de prensa, no en dirección.
Otra vez, biblioteca. Otra vez un espacio con libros, archivo y menos escudos.
Falcón parecía haber entendido que todo lo que subiera a los despachos del ala noble corría riesgo de convertirse en institución antes de convertirse en verdad.
La inspectora Vega llegó con su libreta, el subinspector y un técnico que conectó la pantalla grande a un sistema externo.
Nada de cuentas internas del Aurora. Nada de enlaces de convivencia.
Nada de usuarios invitados. Vega lo dijo con una sequedad que me dio ganas de aplaudir.
—Después de lo de ayer, no usamos su red para conversaciones sensibles.
Falcón asintió.
No protestó.
Arriaga apareció cinco minutos antes de empezar.
Eso tensó la sala.
Nicolás, que estaba sentado a la izquierda de Hugo, se puso rígido.
Hugo no se movió, pero dejó de mirar el suelo.
Clara Marín levantó los ojos hacia él con una calma que a mí me habría hecho retroceder dos pasos.
Arriaga no llevaba su serenidad habitual del todo puesta.
La tenía, sí, como quien no sabe salir de casa sin abrigo, pero se le notaban las costuras.
Había dormido poco. O nada. Su apellido iba a aparecer en esa pantalla no como cargo, sino como rama de una historia sucia.
—La inspectora me ha autorizado a estar presente —dijo.
Vega confirmó con un gesto.
—Como responsable actual de convivencia y por relación familiar con una de las declarantes. No intervendrá salvo que se le pregunte.
Arriaga asintió.
—No intervendré.
Nicolás soltó una risa baja.
—Qué novedad.
Arriaga lo oyó. No respondió. Bien. Empezaba a entender que no todas las heridas familiares necesitaban su réplica inmediata.
En la pantalla aparecieron primero dos ventanas negras. Después, una imagen de Maël Ferrán del Valle.
Era mayor que Hugo, claro, pero el parecido estaba ahí de una forma cruel: los mismos ojos, la misma estructura de la cara, una versión adulta de algo que en Hugo todavía podía decidir hacia dónde crecer.
Maël estaba en una habitación blanca, quizá un despacho doméstico, con una pared de libros detrás demasiado ordenada para ser casual.
Tenía el rostro tenso, la barba de dos días y la mirada de quien lleva años esperando una llamada y aun así no está preparado cuando llega.
Hugo no dijo nada.
Maël tampoco.
La segunda ventana se encendió poco después.
Claudia Arriaga.
Abogada. Eso se le veía antes de saberlo.
No por traje, aunque llevaba una camisa impecable y chaqueta oscura.
Se le veía en la forma de sentarse, en el modo de mirar la cámara como si la cámara pudiera declarar en su contra si la miraba mal.
Tendría treinta y tantos, quizá algo más.
El pelo rubio oscuro recogido, la cara serena, una frialdad muy distinta a la de Arriaga.
Alonso era templado. Claudia era cerrada.
Detrás de ella había otra persona, fuera de foco. Su abogado, supongo. Vega pidió identificación. Se dieron nombres, cargos, consentimiento de grabación, objeto de la entrevista. Todo correcto. Todo legal. Todo insoportablemente pequeño frente a lo que había pasado en la galería antigua.
Vega empezó con lo básico.
—Estamos revisando hechos relacionados con la Ruta C de la Vigilia de las Casas de 2014, el Programa Horizonte y la muerte de Iván Luján ocurrida ayer en el Instituto Aurora.
Necesito que respondan con precisión. Si no saben algo, digan que no lo saben.
Si lo recuerdan parcialmente, díganlo así.
No estamos aquí para reconstruir reputaciones.
Claudia Arriaga no se movió.
Maël sí. Bajó la vista.
Vega compartió en pantalla la foto completa de Ruta C/03.
Cinco nombres.
Héctor Luján.
Tomás Cuervo.
Álvaro Mencía.
Claudia Arriaga.
Maël Ferrán del Valle.
—¿Reconocen esta fotografía?
Maël cerró los ojos.
—Sí.
Claudia tardó un segundo más.
—Sí.
—¿Formaban parte del grupo de Ruta C/03 durante la Vigilia de 2014?
—Sí —dijo Maël.
—Sí —dijo Claudia.
Hugo apretó los puños sobre la mesa. Nicolás no miraba la pantalla; miraba a Claudia como si quisiera atravesarla.
—¿Quién era Héctor Luján? —preguntó Vega.
Claudia habló primero.
—Un alumno becado de Bruma.
Clara Marín hizo un movimiento mínimo, casi imperceptible.
Yo sentí la necesidad física de intervenir.
Me contuve.
Maël miró a Claudia por la pantalla, luego dijo:
—Era Héctor. Un chico de nuestro grupo. Listo. Callado. Bastante mejor persona que nosotros.
La frase no arreglaba nada.
Pero cambió el aire.
Claudia no lo miró.
Vega anotó.
—¿Qué ocurrió en la Ruta C?
Maël tragó saliva.
—Nos separaron del resto de equipos. No oficialmente, o no de una forma que constara en el programa común. Ruta C era… una especie de prueba especial. Para alumnos seleccionados.
—¿Seleccionados por qué criterio?
Silencio.
Claudia respondió:
—Casas, rendimiento, liderazgo.
—Apellidos —dijo Maël.
Claudia giró la cabeza hacia su ventana, como si pudiera mirarlo directamente pese a estar en otra ciudad.
—No solo.
—Principalmente.
—Maël —dijo ella.
—No, Claudia. Ya no.
Esas tres palabras hicieron que Hugo bajara la cabeza.
Ya no.
Parecía que medio colegio estaba aprendiendo a decir eso, tarde y mal, pero decirlo al fin.
Vega dejó que siguiera.
—Ruta C era para probarnos —continuó Maël—. O eso nos dijeron. Confianza, discreción, pertenencia. Teníamos que encontrar faroles antiguos y colocarlos en puntos marcados sin que otros equipos vieran el recorrido. Una tradición interna. Una tontería de casa noble disfrazada de juego.
—¿Casa noble? —preguntó Vega.
Claudia apretó los labios.
Maël soltó aire.
—Así lo llamaban algunos. La casa. No una casa escolar. La casa de quienes sostenían el Aurora. Patronato, donantes, familias antiguas. Era una broma, supuestamente.
—¿La Casa de los Intocables?
Esta vez, los dos se quedaron callados.