Capítulo 23
Rodrigo Mencía no bajó al vestíbulo.
Lo hicieron bajar.
Y eso, en el Aurora, era una diferencia enorme.
Hasta entonces Rodrigo siempre había aparecido donde quería aparecer.
En el comedor, junto a Darío. En la galería de Cumbre, mirando desde arriba.
En el patio central, impecable al lado de los faroles.
En los pasillos, con esa calma de persona que sabía que su apellido llegaba antes que él y le apartaba las sillas, los obstáculos y, si hacía falta, las culpas.
Rodrigo no entraba en las escenas: las ocupaba.
Incluso cuando no decía nada, parecía estar decidiendo cuánto aire le correspondía a cada uno.
Pero aquella tarde no apareció.
Lo trajeron.
No esposado, claro. Esto no era una película barata ni, peor aún, una fantasía mía.
Llegó acompañado por la inspectora Vega, el subinspector, Falcón y un abogado que no era del colegio y que tenía cara de haber sido llamado con urgencia desde algún despacho muy pulido.
Rodrigo caminaba recto, con el uniforme perfecto, el pelo perfecto y la expresión perfecta de alumno injustamente expuesto a un procedimiento que, por supuesto, sabría superar con dignidad.
Pero había algo más. Un detalle minúsculo, quizá.
La mano derecha demasiado quieta. La mandíbula demasiado apretada.
Los ojos evitando por un segundo el tablón central, donde la lista falsa había estado clavada y ya no estaba, aunque el hueco más claro del corcho seguía ahí como una cicatriz barata.
Lo vimos desde la sala de archivo de biblioteca.
No porque nos dejaran espiar. Técnicamente, estábamos allí “a disposición de la investigación”.
Otra frase maravillosa para decir que éramos demasiado importantes para soltarnos y demasiado menores para contarnos todo.
Clara Marín seguía con Berta en una sala aparte.
No había vuelto a llorar delante de nosotros.
Eso me parecía inhumano, pero no porque ella no sintiera.
Justo por lo contrario. A veces el dolor se vuelve tan grande que deja de salir por los lugares normales y empieza a ocupar la postura, la forma de mirar, los silencios.
Clara estaba llena de un silencio que no dejaba sitio a nada.
Irene se había quedado con ella un rato. No sé qué se dijeron. Cuando volvió, tenía los ojos hinchados y una taza de té en la mano.
—Me pidió que le contara cómo era Iván en el comedor —dijo.
Nora se tapó la boca.
—¿Qué le dijiste?
—Que comía poco cuando estaba nervioso. Que aceptaba tus galletas aunque no supiera si eran comida o rito. Que escuchaba antes de hablar. Que se reía bajito.
Nora se levantó y abrazó a Irene sin avisar.
Irene se quedó rígida medio segundo.
Luego la abrazó también.
Yo miré hacia la ventana para no deshacerme.
Porque la muerte de Iván estaba empezando a hacer una cosa extraña: ya no era solo el golpe inicial, la noticia imposible, la galería antigua, el farol apagado.
Ahora empezaba a llenarse de detalles pequeños, y esos dolían de una manera más insistente.
Iván aceptando galletas. Iván escribiendo una lista de su padre.
Iván con la bufanda mal puesta. Iván diciendo que se iba. Iván no llegando a irse.
El pasillo se tensó cuando Rodrigo pasó.
Darío estaba en la sala, sentado lejos de nosotros, con la espalda contra la pared.
Al verlo, bajó la mirada. Laura, en cambio, la sostuvo.
No con valentía espectacular. Con algo más frío.
Como si estuviera memorizando el momento exacto en que Rodrigo Mencía tuvo que caminar detrás de una inspectora y no delante de un rumor.
—No le gusta —dijo.
—¿Qué? —preguntó Celia.
—Que lo miren cuando no eligió la iluminación.
Nora la miró con respeto.
—Bonita frase. Cruel. Bienvenida al club.
Rodrigo entró en el despacho auxiliar de biblioteca con su abogado.
La puerta se cerró. Falcón no entró. Eso me sorprendió.
Se quedó fuera, junto a Vega, que habló con ella en voz baja antes de desaparecer dentro.
El subinspector se quedó en el pasillo. Arriaga no estaba allí.
O quizá sí, pero no visible. Desde que apareció el usuario Patronato_Consulta_04 y el nombre de Álvaro Mencía saltó de la foto antigua al registro de cámaras, Arriaga se había convertido en una figura más silenciosa.
No menos presente. Menos segura de dónde ponerse.
—¿Qué pasa con Álvaro Mencía? —preguntó Hugo.
Salvat, que estaba revisando copias junto a Celia, levantó la vista.
—La inspectora Vega ha solicitado localización formal. Falcón ha entregado los datos de contacto que constan en patronato. El abogado del centro ha recibido una llamada de la Fundación pidiendo canalizar cualquier consulta sobre miembros externos del consejo consultivo.
—Traducción —dijo Nora.
—La Fundación quiere controlar el acceso a Álvaro —respondió Salvat.
—Gracias. Odio la traducción.
—La policía puede requerirlo por su cuenta —dijo Bruno.
—Puede —contestó Salvat—. Pero necesitará que nadie destruya, retire o reorganice documentación antes.
—Qué fe tan tierna en que no estén ya haciéndolo —murmuré.
Salvat me miró.
—Por eso he pedido a Falcón cerrar el archivo físico de Fundación con custodia externa.
—¿Puede?
—Está intentándolo.
—Eso no es un sí.
—No.
Me gustó que no mintiera.
Celia seguía mirando el registro impreso del acceso de cámaras.
Patronato_Consulta_04. La imagen de la bufanda de Iván en el baño había salido de una cámara interna antes de que la policía llegara.
Esa foto, convertida en parte de la campaña Alma lo metió en esto, no podía haberla tomado un alumno con el móvil.
No Darío. No Tomás. No Rodrigo desde el pasillo, salvo que tuviera permisos.
Alguien con acceso alto había usado la muerte de Iván para fabricar culpa en tiempo real. Eso era otra categoría de monstruo.
—El usuario invitado se creó hace once días —dijo Celia.
—¿Antes de que empezara la Vigilia? —preguntó Amina.
—Antes del anuncio público.
—Entonces la Casa ya estaba preparando acceso a cámaras antes de los Juegos —dijo Martina.
—O alguien creó un usuario legítimo para consulta de patronato y lo usaron después —dijo Salvat.
—Qué conveniente tener tantas posibilidades para no señalar a nadie —dijo Nora.
—Sí —respondió Salvat—. Pero una cosa es clara: alguien con acceso institucional participó después de la muerte de Iván en la difusión de material para desplazar la culpa.
Después de la muerte de Iván.
Cada vez que alguien decía esas palabras, la sala cambiaba de tamaño.
Darío levantó la cabeza.
—Rodrigo no tiene acceso de patronato.
Laura lo miró.
—Pero Álvaro sí.
—Sí.
—Y Rodrigo habla con Álvaro.
Darío no respondió.
—¿Lo vas a decir delante de la policía? —preguntó Laura.
—Ya lo dije.
—¿Todo?
Darío la miró.
—Lo que sé.
—No te he preguntado eso.
El silencio entre ellos fue raro. No de antiguos amigos. No de enemigos completos. De personas que habían compartido demasiado tiempo cerca de alguien poderoso y ahora estaban decidiendo cuánto barro podían admitir en sus propios zapatos.
—Rodrigo me dijo que si algo salía mal, Tomás hablaría antes que él —dijo Darío al fin—. Que Tomás siempre hablaba. Que por eso servía.
Laura cerró los ojos.
—Qué asco.
—Sí.
Nicolás, que estaba junto a Hugo, murmuró:
—Todos servíamos.
Lo dijo tan bajo que casi no lo oímos. Pero lo oímos.
Iván como sustituto. Tomás como culpable cómodo.
Darío como perro. Hugo como apellido que podía abrir viejas puertas.
Nicolás como firma falsa. Irene como mensaje de culpa.
Marina como credencial azul. Yo como relato persecutorio.
Cada uno había sido colocado en una función, y la Casa no necesitaba odiarnos para usarnos.
Eso era lo peor. El odio, al menos, concede importancia.
La Casa nos trataba como piezas de una maquinaria que ya existía antes de que naciéramos.
La declaración de Rodrigo duró más de una hora.
No oímos casi nada. La puerta era gruesa y, por una vez, nadie intentó acercar un vaso a la pared ni convertir a Nora en sistema de escucha ilegal.
La policía iba y venía. El abogado salió dos veces para llamar por teléfono.
La segunda vez lo vimos discutir en voz baja con Falcón.
Falcón no cedió. No sé en qué, pero no cedió.
Eso se nota en el cuerpo de un adulto cuando por fin deja de moverse hacia atrás.
A mitad de la espera, Clara Marín cruzó el pasillo.
No venía hacia nosotros. Iba hacia el despacho donde estaba Rodrigo, acompañada por Berta y por la inspectora Vega, que había salido a buscarla.
La sala entera se quedó callada. Clara llevaba el abrigo puesto, el pelo recogido y una carpeta en la mano.
Al pasar frente a nuestra puerta, me miró. No se detuvo. Solo asintió una vez.
Yo no entendí hasta después.
Vega la hizo entrar en el despacho de Rodrigo.
El abogado protestó.
Se oyó eso, incluso desde fuera.
—Mi cliente es menor y no…
La voz de Vega lo cortó, seca:
—La señora Marín no va a interrogarlo. Va a reconocer un documento aportado por la familia Luján. Si su cliente desea retirarse de la sala durante ese trámite, puede hacerlo.
No se retiró.
Rodrigo se quedó.
Clara entró con la carpeta.
El pasillo entero contuvo la respiración.
—¿Qué documento? —susurró Nora.
Salvat, que sí lo sabía, cerró los ojos un instante.
—La carta de beca de Iván.
La carta.
La que Clara había aceptado pensando que era justicia tardía.
La que mencionaba la trayectoria interrumpida de Héctor Luján.
La que había traído al hijo de H-03 de vuelta al Aurora.
No sé cuánto duró Clara dentro. Tal vez diez minutos.
Tal vez treinta segundos. El tiempo hacía cosas raras desde la galería antigua.
Cuando salió, caminaba igual que antes, pero la carpeta ya no estaba en su mano.
Berta la sostuvo por el codo. Clara no lloraba.
No temblaba. Eso no significaba que estuviera entera.
Rodrigo salió después.