La deuda
Marta esperaba la noche en la cama, con el rosario entre los dedos y la mirada en el techo, repasando cómo había empezado todo.
Una mano tendida en el peor momento. Eso era una deuda en los pueblos pobres: no un papel firmado, sino una mano que aparece el invierno en que un marido se cae del andamio y ya no quiere levantarse, y deja un sobre con dinero y una caja de medicinas sobre la mesa de la cocina y dice que no es nada, que entre vecinos hay que ayudarse.
Ella había llorado de agradecimiento, de rodillas casi.
Y luego habían venido los otros favores, año tras año, hasta tejer una telaraña tan fina que no se veía hasta que ya no se podía salir.
Eso lo había aprendido demasiado tarde: que un favor es peor que una deuda.
Una deuda se paga y se acaba. Un favor se queda colgando, eterno, y el que te lo hizo lo cobra el día que quiera, en la moneda que quiera.
El día que vino a cobrar fue una noche de septiembre.
Esa parte no quería recordarla. Llevaba veinte años no queriéndola recordar y aun así la recordaba todas las noches, intacta, como una astilla que el cuerpo no expulsa.
No se la diría a Clara todavía. Era lo último que le quedaba, la astilla del centro, y la guardaría hasta el final, para decirla entera, fuera de aquella casa donde las paredes tenían su llave.
Pero ahora se moría. Y al final del camino había descubierto una cosa que la sorprendía: ya no tenía miedo. El miedo había sido el motor de veinte años. Miedo a que le pasara algo a Clara, miedo al pueblo, miedo a la cárcel, miedo a Tomás. Y el miedo, como todo, se gastaba.
Ya no le quedaba. Lo único que le quedaba era una hija mayor que había vuelto y que escarbaba. Y una pregunta: si tener el valor, al final, de decir la verdad, o llevársela a la tumba para no manchar el último recuerdo que su hija tuviera de ella.
Marta abrió los ojos. Por la ventana entraba la noche. En algún sitio de la casa, Clara velaba.
Y Marta, por primera vez en veinte años, rezó pidiendo no perdón, sino valor. Valor para hablar. Valor para que su muerte sirviera, al menos, para que la verdad saliera de aquella casa antes de que ella misma saliera en una caja.
«Dios mío —rezó—, dame tiempo de contarlo. No me dejes morir callada. Es lo único que te pido. Que no me lleve esto conmigo.»