Capítulo 24 Los ecos #3
Cuando los investigadores se fueron, se quedó un rato junto a la ventana.
Vio a Malcolm revisar el canalón con un impermeable oscuro.
Vio a James cruzar el camino desde el pueblo, no con flores ni con una solución, sino con una carpeta bajo el brazo y una expresión cansada.
Lo dejó entrar. Hablaron de presupuestos, de la carta, de la posibilidad de abrir el taller en verano.
Discutieron durante diez minutos sobre una ficha de catálogo y luego se rieron de la desproporción de su disputa.
Más tarde, Margaret subió sola al ático.
La tablilla que había ocultado la caja estaba aún apoyada contra la pared.
Tomó una fotografía para el registro de obra y la colocó de nuevo en su sitio, dejando señalado el hallazgo en el plano de intervención.
No selló la cavidad como si nada hubiera ocurrido.
Tampoco la dejó abierta para que otros buscaran en ella una respuesta que no les pertenecía.
Se acercó al tragaluz. El valle se extendía debajo, gris y verde, interrumpido por tejados, agua y humo de chimeneas.
Pensó en Eleanor, en Thomas, en Catherine y en David.
Pensó en James, que esperaba abajo sin exigirle que volviera pronto.
Pensó en la mujer que había sido cuando creyó que una casa ordenada podía impedir que el mundo escondiera cosas.
No estaba en paz de la manera que había imaginado de joven.
Aún tenía noches de insomnio; aún evitaba ciertas llamadas; aún le dolía recordar que Catherine había muerto antes de que pudieran hacerse todas las preguntas.
Pero el dolor ya no era una habitación sin puertas.
Podía entrar y salir de él. Podía escoger qué conservar, qué nombrar y qué dejar sin resolver por un tiempo.
Bajó las escaleras sin apresurarse. Al pasar junto al tercer peldaño, lo tocó con la punta de la bota y siguió adelante. En la biblioteca, la carta de Eleanor esperaba dentro de una caja de conservación, no expuesta y no negada. Era una presencia limitada, una verdad con bordes.
Una semana después, Margaret recibió la respuesta del consejo de patrimonio.
La subvención se mantenía, aunque reducida; el taller tendría que abrir un año más tarde de lo planeado y la cubierta del ala oeste absorbería casi todo el presupuesto de invierno.
Leyó el correo dos veces en la cocina y sintió el viejo reflejo de querer resolverlo todo de una vez, con una lista suficientemente extensa y una jornada suficientemente larga.
No lo hizo. Llamó a James, dejó un mensaje para David y caminó hasta el jardín. Malcolm estaba junto al muro bajo, clasificando tejas rescatadas de la obra. Levantó una de pizarra entre las manos y la examinó contra la luz opaca.
—Ésta todavía sirve —dijo.
—¿Aunque tenga una grieta?
—Mientras sepamos dónde está y no le pidamos más de lo que puede dar.
Margaret sonrió. Era una respuesta de constructor, no de consejero, y quizá por eso le resultó útil. No todas las piezas debían reemplazarse. Algunas sólo exigían reconocimiento, cuidado y un límite claro.
Por la tarde, James llegó con los papeles del consejo. No entró de inmediato; se quedó bajo el porche, con la lluvia fina marcándole el abrigo.
—Podemos apelar —dijo—. O recortar el proyecto.
—Las dos cosas —respondió Margaret—. Pero el archivo privado no se toca.
James la miró durante un instante.
—No se toca.
No fue una promesa solemne. Fue un acuerdo de trabajo, revisable y concreto.
A Margaret le gustó que sonara así. Dentro, había facturas por pagar, registros por completar y una carta que nadie más leería por el momento.
También había una casa que seguía exigiendo tiempo, sin ofrecer garantías de que todo lo reparado permanecería intacto.
Cuando James se fue, Margaret permaneció bajo el porche.
El jardín olía a tierra removida y a piedra mojada.
Pensó que la verdad no había devuelto a Thomas, ni había curado a Catherine, ni había hecho sencillo el amor.
Sólo había dejado a cada persona con menos excusas para negar el daño y con más responsabilidad sobre lo que hiciera después.
Esa responsabilidad no era ligera. Pero podía llevarla.
Antes de entrar, Margaret volvió la vista hacia la torre oeste.
No esperó una señal ni imaginó que los muros pudieran absolverla.
Sólo calculó, por costumbre, la inclinación del tejado y el lugar donde habría que cambiar una canaleta antes de la próxima tormenta.
Pensó en la lista de tareas que la aguardaba arriba, en el mensaje pendiente para David y en la discusión que volvería a tener con James sobre cuánto contar.
Nada estaba resuelto. Pero nada de aquello exigía ya que huyera.
La lluvia volvió a tocar el pizarra con una insistencia leve.
Margaret escuchó un momento, no como quien teme una advertencia, sino como quien aprende a distinguir qué reparación puede esperar hasta la mañana y cuál debe hacerse antes de que el agua encuentre una grieta.
La casa seguía guardando secretos. Pero ahora, al menos, eran secretos que yo había elegido guardar.