Capítulo 23 Un año después #3
Al colgar, Margaret se quedó mirando la foto de su madre durante un largo rato.
Catherine Chen había muerto en paz, o al menos con la paz que da el haber soltado una carga pesada justo antes de partir.
Margaret la había perdonado, no porque lo que Catherine hizo —el ocultamiento, las mentiras piadosas, la distancia emocional— estuviera bien, sino porque comprendía que Catherine era un producto de la misma arquitectura de silencio que había atrapado a Eleanor.
Romper el ciclo había sido la tarea de Margaret, su proyecto de vida más ambicioso, y sentía que finalmente la obra estaba terminada.
Por la tarde, cuando el flujo de visitantes disminuyó y las sombras empezaron a alargarse sobre el césped, James la buscó para dar su paseo habitual.
Salieron por la puerta trasera, cruzando el jardín de hierbas medicinales que Eleanor había plantado originalmente y que ahora florecía de nuevo bajo el cuidado de Malcolm.
El aire era fresco, con ese toque punzante que anuncia la llegada del invierno, y olía a pino, a tierra mojada y al humo de las chimeneas que ya empezaban a humear en el valle.
Caminaron hacia el puente de piedra, el lugar que Margaret había visto en sus sueños y pesadillas mucho antes de saber que Ashford Manor existía.
Ahora, el puente no era un símbolo de transición hacia lo desconocido o una frontera hacia el terror, sino un objeto físico, sólido y hermoso, cuyas piedras ella conocía por su nombre técnico y su historia geológica.
—¿Te arrepientes de algo, Margaret? —preguntó James mientras se apoyaban en el pretil de piedra, mirando el agua oscura del arroyo que corría debajo, saltando sobre los guijarros con un murmullo constante.
Margaret lo pensó seriamente, dejando que la pregunta calara en ella.
Pensó en su apartamento minimalista en Edimburgo, en su carrera ascendente en el estudio de arquitectura, en la seguridad de una vida donde las únicas sombras eran las que proyectaban los edificios de oficinas a las cinco de la tarde.
Pensó en la mujer que era antes de recibir aquella primera carta notarial.
—No —dijo finalmente, y su voz no vaciló—.
A veces echo de menos la sencillez de no saber.
La ignorancia tiene una comodidad que la verdad no posee.
Pero la ignorancia no es paz, James; es solo una tregua temporal con la realidad.
Prefiero esta inquietud con propósito, este conocimiento que a veces duele, a aquella seguridad vacía que sentía antes.
Aquí, por fin, las paredes me hablan en un idioma que entiendo.
James puso su mano sobre la de ella. Era una mano cálida, callosa por el trabajo de campo y el manejo de legajos antiguos, una mano que le daba una seguridad que ningún plano estructural podría ofrecerle.
—Mi padre dice que la casa ha cambiado su vibración —comentó él, mirando hacia la silueta de la mansión que se recortaba contra el cielo crepuscular—. Dice que ya no se siente como si estuviera conteniendo el aliento, esperando a que alguien cometiera un error.
—Es porque ya no tiene nada que ocultar —respondió Margaret—. Una casa sin secretos es solo una casa, un conjunto de materiales dispuestos para dar cobijo. Y eso es lo más maravilloso que Ashford Manor puede ser ahora: un hogar, no una fortaleza de mentiras.
Se quedaron allí un rato más, viendo cómo el sol empezaba a descender tras las colinas de Ravensholm, tiñendo las nubes de un rojo violáceo.
No hablaban de amor eterno ni de promesas imposibles; su historia no necesitaba el dramatismo de las novelas que Eleanor solía leer.
Hablaban de la restauración del tejado del ala norte, de la próxima conferencia que James daría en Inverness y de lo que cenarían esa noche frente a la chimenea.
Era una intimidad construida sobre la realidad cotidiana, sobre la solidez de lo que se ve y se toca, no sobre el romance gótico que el pasado les había legado.
Cuando regresaron a la casa, las luces automáticas del sendero se encendieron una a una, guiándolos de vuelta.
Ashford Manor brillaba en la penumbra como un faro en medio de la niebla escocesa.
Margaret se detuvo un momento en el camino para observar la silueta del edificio.
Como arquitecta, apreciaba la simetría perfecta de sus ventanas, la solidez de los muros de carga de granito, la elegancia de las proporciones victorianas.
Como Margaret Chen, apreciaba los ecos que aún vibraban en las habitaciones, pero que ya no eran gritos de auxilio ni susurros de traición, sino recuerdos familiares que habían encontrado su lugar en la cronología oficial.
Entró en la casa y despidió a Malcolm, que se marchaba a su cabaña tras asegurarse de que todas las ventanas estaban cerradas.
James se quedó un rato más en la biblioteca, terminando de catalogar los nuevos hallazgos parroquiales, absorto en su trabajo con esa concentración que Margaret tanto admiraba.
Ella subió a su habitación en el piso superior.
Se detuvo frente al espejo de su dormitorio, el mismo espejo donde tantas veces había buscado una respuesta a su propia angustia.
Ya no buscaba en su reflejo los rasgos de Eleanor con la ansiedad de quien busca a un extraño.
Sí, tenía sus ojos almendrados, su barbilla decidida, su determinación en la mirada.
Pero la expresión era suya, forjada en la lucha por la verdad. La cicatriz
Había encontrado mi lugar. No era el lugar que esperaba, pero era el mío.