Capítulo 18 El regreso #3
—No estoy aquí por penitencia. Al principio, tal vez fuera el mandato de mi padre.
Pero después de verte en esa escalera, después de ver cómo reconocías cada rincón de este lugar sin haber estado nunca aquí...
Margaret, esto ya no es sobre el pasado de mis antepasados.
Es sobre lo que estamos descubriendo juntos.
Margaret lo observó en silencio. La tensión entre ellos era una cuerda tensada al máximo, vibrando con la frecuencia de un siglo de secretos.
Podía ver la sinceridad en sus ojos, pero también veía la sombra de Lord Sinclair, el hombre que había destruido el futuro de Eleanor.
Se preguntó si la sangre realmente guardaba la memoria de los actos, si el perdón era siquiera posible cuando el daño había sido tan absoluto, tan definitivo.
—Dijiste que tu padre tiene documentos —dijo ella, cambiando el tono a uno más pragmático, más profesional—.
Órdenes directas de Sinclair. Necesito verlas.
Si voy a convertir esto en un museo, si voy a contar la historia de Eleanor, no puedo dejar cabos sueltos.
No quiero leyendas urbanas ni susurros de pueblo.
Quiero la evidencia física de la infamia.
—La tendrás —prometió James—. Mi padre tiene las cajas preparadas. Él... él quiere conocerte, Margaret. Pero entiende que tiene miedo. Teme que lo veas como el carcelero de tu historia en lugar de su cronista.
Margaret asintió lentamente. La idea de conocer al hombre que había guardado los secretos de su familia durante treinta años le provocaba una mezcla de náuseas y una curiosidad voraz.
Se imaginó al viejo MacLeod en su estudio, rodeado de pruebas de un asesinato que nadie quería resolver, viviendo en una casa construida sobre el silencio de su propio linaje.
—Dile que iré a verlo —dijo ella—. Pero no hoy. Hoy la casa está demasiado llena de voces.
James pareció relajarse visiblemente, aunque la sombra de la preocupación no abandonó del todo su frente. Se acercó a la ventana, mirando hacia la niebla que ahora lamía los cristales como una lengua blanca y fría.
—La niebla está bajando del páramo —observó él—. Debería dejarte descansar. Ha sido un día largo, Margaret. Más largo de lo que cualquiera podría soportar.
—Me quedaré aquí un rato más —dijo ella, sentándose de nuevo en el sofá frente al fuego—.
Hay algo en esta biblioteca que me hace sentir que Thomas todavía está tratando de explicarme algo.
No son fantasmas, James. Es diseño. Es la forma en que dispuso estos estantes, la altura de los techos...
es una conversación técnica que dejó a medias.
James la miró con una mezcla de admiración y tristeza. Se acercó a ella y, por un momento, Margaret pensó que volvería a besarla. Pero él solo puso una mano sobre su hombro, un contacto breve y firme que transmitía más apoyo que cualquier palabra.
—Él te habría amado, Margaret —susurró James—. Habría estado orgulloso de la mujer en la que te has convertido. Una arquitecta que sabe leer entre las líneas de la piedra.
Cuando él se retiró hacia la puerta, Margaret sintió el frío del pasillo filtrarse en la habitación.
Escuchó sus pasos alejándose por el corredor, el sonido de la pesada puerta principal abriéndose y cerrándose con un eco sordo que pareció recorrer toda la estructura de la casa.
Luego, el motor de la camioneta arrancó, un sonido moderno y discordante que se fue desvaneciendo hasta que solo quedó el crepitar de la leña y el silbido del viento en la chimenea.
Se quedó sola en la inmensidad de Ashford Manor.
La casa, que en sus primeros días le había parecido una trampa, ahora se sentía como un organismo vivo que respiraba a su alrededor.
Se levantó y caminó hacia el centro de la biblioteca, cerrando los ojos.
Podía sentir la vibración de la casa, la estratigrafía de sus penas y sus breves momentos de alegría.
Pensó en su madre, Catherine, en el hospital de Edimburgo, guardando su propio cáncer y sus propios secretos con la misma tenacidad con la que Eleanor había guardado su diario.
La cadena de silencio se extendía a través de las generaciones, una soga de seda que las había mantenido unidas y, al mismo tiempo, las había asfixiado.
Margaret subió a la planta superior. Evitó el tercer escalón por instinto, una coreografía que ya formaba parte de su sistema nervioso.
Entró en el dormitorio principal, donde Moira había pasado sus últimos días.
La habitación conservaba un ligero aroma a lavanda y a medicina antigua.
Se acercó al tocador y vio su propio reflejo en el espejo oscurecido por el tiempo.
Por un segundo, la imagen vaciló y no vio a Margaret Chen, la arquitecta de Edimburgo, sino a Eleanor Sinclair, la mujer que había amado a un hombre hasta las últimas consecuencias.
El parecido era tan exacto que le produjo un escalofrío.
No era una cuestión de rasgos, sino de una expresión compartida: una mezcla de desafío y una soledad inmensa.
«Eres su sangre», le había dicho James. «Eres su legado».
Margaret se sentó en el borde de la cama.
La responsabilidad de lo que tenía por delante la abrumaba.
No era solo restaurar una casa; era restaurar una identidad.
Tenía que desmantelar la mentira de los Sinclair y construir, sobre esas ruinas, una verdad que pudiera sostenerse por sí misma.
Pensó en los planos que tendría que dibujar, en las vitrinas que albergarían las cartas de amor y los diarios cifrados.
Ashford Manor dejaría de ser una propiedad privada para convertirse en un testimonio público.
Bajó de nuevo a la planta baja, sintiendo la necesidad de estar cerca del fuego.
La noche se había cerrado completamente sobre Ravensholm, y la casa parecía flotar en un mar de oscuridad absoluta.
Solo las ventanas de la biblioteca y el salón emitían un débil resplandor hacia el jardín brumoso.
Margaret se preparó una taza de té en la cocina, moviéndose con una familiaridad que la sorprendió.
Sabía dónde estaba cada cuchara, cada paño, como si sus manos recordaran tareas que nunca habían realizado.
Regresó a la biblioteca y se acomodó en el gran sillón de orejas.
El diario de Eleanor descansaba sobre la mesa auxiliar, esperándola.
Margaret sabía que lo que estaba a punto de leer cambiaría para siempre su percepción de su propia madre y de la mujer que le había dado la vida.
Pero ya no tenía miedo. El pánico había sido sustituido por una determinación gélida y analítica.
Observó las llamas consumirse lentamente, convirtiéndose en ascuas rojas que palpitaban como un corazón moribundo.
La casa estaba en silencio, pero era un silencio expectante, como el de un público antes de que se levante el telón.
Margaret tomó el diario entre sus manos, sintiendo el peso de las décadas en el papel amarillento.
Sabía que cada palabra escrita por Eleanor era un hilo que la conectaba con Thomas, y que ella era el nudo final de esa historia.
Estábamos unidos por un crimen cometido hace más de un siglo.