La Casa de los Ecos Capítulo 1 La carta
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La Casa de los Ecos

La Casa de los Ecos

Por Cecilia Lancaster

© inepub.com

Capítulo 1 La carta

Edimburgo, actualidad

La lluvia había empezado antes del amanecer y, a las siete y doce, ya había borrado los perfiles de los edificios de enfrente.

Margaret Chen abrió los ojos con la impresión de haber dejado algo importante a medio hacer.

No era una sensación extraordinaria; solía despertarse así cuando se acercaba una entrega, cuando un informe de patologías del edificio se negaba a cuadrar con las muestras de mortero o cuando había pasado demasiadas horas pensando en grietas invisibles.

Aun así, aquella mañana el malestar no tenía la forma familiar del trabajo. Era más vago. Más antiguo.

Se quedó inmóvil, mirando el rectángulo gris de la ventana.

El apartamento respiraba orden. Molduras georgianas, luz precisa, libros clasificados por materia como especímenes. Margaret había elegido cada cosa por lo que prometía: honestidad, proporción, control. Le gustaba mirar una habitación y saber que no escondía nada.

El sueño, sin embargo, no se había comportado como una habitación.

Había soñado con una escalera demasiado ancha, con una barandilla de madera oscura y con el olor húmedo de una casa cerrada.

Al final de aquella escalera había una mujer de espaldas.

Su vestido era pálido, casi plateado. Cuando la mujer comenzaba a girarse, Margaret despertaba siempre antes de verle el rostro.

No era la primera vez.

Había soñado con aquella escalera durante años. Tal vez desde la adolescencia. Nunca se lo había contado a nadie porque no sabía cómo explicar que una casa inexistente en su vida despierta poseyera, en sus sueños, una solidez tan exacta.

Apartó la manta con un gesto impaciente y se obligó a levantarse.

El suelo estaba frío bajo sus pies. En la cocina, puso agua a hervir y encendió la radio sólo para romper el silencio.

Un locutor hablaba de retrasos ferroviarios causados por el mal tiempo, de una disputa presupuestaria en el ayuntamiento y de lluvias persistentes en el norte.

La voz, amable y sin rostro, llenó el apartamento mientras Margaret se recogía el cabello negro en una coleta baja.

Frente al espejo del pasillo se estudió apenas un segundo.

Tenía ojeras suaves bajo los ojos oscuros y la expresión concentrada que sus colegas confundían a menudo con enfado.

Se puso pantalones negros, un jersey gris de cuello alto y un abrigo de lana color carbón.

No era vanidad lo que le hacía elegir siempre prendas sin sorpresas; era economía.

El mundo ya ofrecía suficientes variables sin que ella tuviera que añadir una corbata demasiado viva o una falda que exigiera atención.

En la mesa del comedor la esperaba el expediente de la iglesia de St. Columba, un pequeño templo victoriano en Leith cuya restauración dirigía desde hacía seis meses.

Las fotografías que había impreso la noche anterior mostraban el artesonado de la nave y una lesión preocupante junto a la cornisa oriental.

Margaret deslizó una mano sobre el borde del dossier.

Las construcciones antiguas no mentían. Podían ocultar una grieta bajo pintura nueva, sí, pero tarde o temprano el daño encontraba cómo hablar: una mancha, un desconchón, el olor de la madera que se pudría por dentro. Las personas, en cambio, eran expertas en silencio.

Su teléfono vibró sobre la encimera.

Miró la pantalla antes de alcanzar la taza.

Número desconocido.

Por un instante consideró dejar que sonara. Casi todas las llamadas imprevistas eran una pérdida de tiempo o una fuente de trabajo adicional. Pero contestó al cuarto tono.

—¿Diga?

Hubo una breve pausa al otro lado, como si la persona que llamaba comprobara algo en una hoja.

—¿Señorita Margaret Chen?

La formalidad de la voz la hizo enderezarse.

—Sí.

—Alistair Bell, de Bell, Fraser Rothesay Terrace, Edimburgo.

Margaret asintió, aunque él no podía verla. El roce de papel al otro lado de la línea le hizo pensar que verificaba algo más que una fecha.

—Sí.

—Entonces no hay error. La señora Ashford la nombró beneficiaria de una propiedad cerca de Ravensholm, en las Highlands. Ashford Manor.

El agua hirvió a su espalda con un golpe seco, expulsando vapor contra la tapa de la tetera.

—¿Un inmueble?

—Una propiedad residencial con terreno anexo. Ashford Manor, para ser precisos.

Margaret se quedó mirando la taza vacía que sostenía entre las manos.

—No conozco a ninguna Moira Ashford.

—Comprendo que la noticia pueda resultar inesperada. La señora Ashford dejó instrucciones muy claras respecto de la notificación. También dejó una carta para usted, que le llegará por mensajería hoy mismo.

—¿Quién era?

El señor Bell guardó silencio el tiempo suficiente para que la pregunta pesara.

—En la documentación figura como una pariente remota por línea materna.

—Mi madre nunca ha mencionado a nadie con ese apellido.

—No estoy autorizado a ofrecer interpretaciones familiares, señorita Chen. Puedo decirle que la testadora era la última propietaria registrada de Ashford Manor y que el testamento es válido. La propiedad le ha sido legada de forma expresa.

Margaret apoyó la taza en la encimera con más fuerza de la necesaria.

—¿Y espera que acepte esto sin más? ¿Una casa de la que nunca he oído hablar, de una mujer a la que nunca he conocido?

—No esperamos que acepte ni que rechace nada durante esta llamada. Sin embargo, será necesario que verifique su identidad y que se reúna con nosotros. Hay ciertos asuntos de conservación y una póliza de seguro que no conviene dejar sin atender.

La palabra conservación atravesó su incredulidad con una precisión irritante.

Como si alguien la hubiera elegido deliberadamente, sabiendo que ella no podría pasarla por alto.

Como si la casa, desde algún lugar al que aún no había llegado, ya hubiera encontrado una manera de hablarle.

Como restauradora de edificios históricos, Margaret sabía exactamente lo que podía suceder cuando una casa quedaba cerrada durante años: filtraciones sin detectar, plomo en las tuberías, yeso desprendido, hongos creciendo detrás de los empapelados.

Un inmueble no se detenía porque sus propietarios hubieran muerto.

Continuaba deteriorándose, pacientemente, sin necesidad de testigos.

—¿En qué estado está la casa? —preguntó antes de decidir si quería hacerlo.

—Estructuralmente, según el último informe, se mantiene en pie. No obstante, no ha estado habitada de forma permanente desde hace bastante tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

—Más de veinte años.

Margaret cerró los ojos.

—¿Y por qué me llamaba ahora? La señora Ashford murió hace un mes.

—La localización y verificación de los beneficiarios ha requerido algún tiempo. Además, sus instrucciones indicaban que la notificación debía producirse después del primero de octubre.

La respuesta era correcta, pero no natural. Parecía una frase que alguien había repetido muchas veces para no decir otra cosa.

—¿Después del primero de octubre?

—Eso es lo que consta, señorita Chen.

Al otro lado de la ventana, un autobús avanzó por la calle mojada dejando una estela de agua oscura. Margaret tuvo de pronto la impresión absurda de que la ciudad entera había seguido moviéndose mientras, en algún lugar del país, una casa vacía esperaba a que ella supiera de su existencia.

—Envíeme toda la documentación —dijo al fin—. Y la carta.

—Por supuesto. El mensajero la entregará antes de mediodía. Le propondré una cita en Inverness para esta semana. ¿Tiene disponibilidad el jueves?

—No lo sé.

—Comprendo. En ese caso, me pondré de nuevo en contacto esta tarde. Y, señorita Chen…

—¿Sí?

—Le aconsejaría que no pospusiera demasiado una visita a la propiedad.

Margaret frunció el ceño.

—¿Por qué?

Pero la voz del abogado había recuperado su registro profesional, pulido hasta no dejar aristas.

—Por razones prácticas. Buenos días.

La línea se cortó.

Durante varios segundos, Margaret no se movió. La tetera había dejado de silbar. La radio cambiaba a una canción que no reconoció. Afuera, la lluvia golpeaba el alféizar con la obstinación de alguien que quisiera entrar.

Luego, con un gesto deliberado, sirvió el agua en la taza.

El té sabía demasiado fuerte.

La iglesia de St. Columba olía a polvo de piedra, café recalentado y a la humedad que se instalaba en los edificios viejos cuando el otoño llegaba a Edimburgo.

Margaret cruzó la nave con el casco bajo el brazo, sorteando bobinas de cable y tablones apilados.

El andamiaje se elevaba en la penumbra como el esqueleto de otro edificio dentro del primero.

—Ahí estás —dijo Nora Sinclair desde el crucero—. Pensé que te habías dejado secuestrar por un inspector de patrimonio.

Nora era ingeniera estructural, llevaba el pelo cobrizo cortado a la altura de la mandíbula y poseía el talento poco común de sonar alegre incluso mientras comunicaba malas noticias. En una mano sostenía una tableta; en la otra, dos vasos de café.

—Eso habría sido más eficiente que mi mañana —respondió Margaret.

—¿Problema?

Margaret se puso el casco y alzó la vista hacia la cornisa. Una línea de humedad oscurecía el yeso pintado, fina como una vena.

—Aparentemente he heredado una casa.

Nora parpadeó.

—¿Una casa?

—En las Highlands.

—¿De quién?

—Esa es la parte que nadie ha considerado importante explicarme.

Nora le tendió un café.

—¿Y es una de esas casas grandes con torres y una maldición inscrita en latín sobre la puerta, o una cabaña con vistas al lago?

—No lo sé.

—¿No lo sabes?

—No sé ni quién murió.

Nora la observó con más atención. Era una de las pocas personas que se permitían ese gesto con Margaret, aunque ninguna de las dos habría llamado amistad a lo que compartían.

Trabajaban juntas desde hacía cuatro años; se conocían las costumbres, las manías y los silencios, pero no las historias que los explicaban.