Capítulo 29 El mercadillo de Navidad
El segundo domingo de diciembre la plaza amaneció con un tintineo doméstico: doce puestos de madera, hileras de tarros, guirnaldas que no llegaban a ser pomposas y el olor persistente de mantecados.
Desde el campanario, un altavoz de la iglesia lanzaba villancicos con un desfase que los volvía más melancólicos que festivos; el frío hacía que la música pareciera llegar desde otra ciudad.
Elena había llevado tres piezas restauradas: una cómoda de castaño con sus cajones deslizándose ahora como quien enciende una conversación, dos sillas de anea cuyo asiento había tejido ella misma,
y una mesita de noche pintada de verde botella que parecía menor hasta que alguien se inclinaba a verla.
Inés le había asignado un puesto entre los frascos de la señora Amalia y una mujer que vendía calcetines de lana con una devoción casi religiosa.
Colocó cada cosa con la pereza atenta de quien pone una casa al sol.
—Si vendes algo, invito yo a las castañas —dijo Mateo, apoyando la mano en la cómoda como si fuera un respaldo y no un mueble en venta.
—Si no vendo nada, invito yo —respondió ella sin apartar la vista de la mesita verde.
—Es una apuesta injusta.
—La empezaste tú.
Le gustó la libertad de ese intercambio: una promesa leve que no pesaba.
Vendió la mesita antes de las doce. La compró una mujer de Aranda, con dos niños pegados a la falda y un abrigo de cuadros que olía a pueblo y a viaje.
Quiso saber la historia del mueble; Elena le contó la verdad mezclada con una mentira amable, y al terminar comprendió que la parte inventada había sido la que más le había gustado a la clienta.
A mediodía se marchó otra silla; la última la compró un hombre que, sorprendido por su interés, ofreció pagar el doble si le enseñaba a hacer el asiento de anea.
Le mostró el nudo, cómo tensar las hebras, el orden de los dedos.
Se quedaron hablando casi una hora, con el aire de dos personas que reparan en cómo se hacen las cosas más que en el precio que tienen.
Mientras tanto, al fondo de la plaza, junto al bar que fue tienda de telas, se alzaban voces. Ramona y Rebeca discutían con esa violencia doméstica que no quería humillar, delante del puesto de pan. Las palabras llegaban claras, como cuando alguien dispone la verdad en platos.
—Que sí, mamá. Que lo he decidido yo —decía Rebeca.
—Pues lo has decidido mal —contestó Ramona.
—El horno de leña ya no rinde.
—Rinde lo que hace falta.
—Rinde lo que rendía cuando abuela...
—No me cites a tu abuela —Ramona pronunció la frase con un temblor en la mandíbula—. No en el mercado.
Elena dejó de hablar con el hombre de la silla y se acercó con dos vasos de vino caliente, que llevaba de la comadrona del puesto de mermeladas para no llegar a las manos vacías. Se presentó con la misma calma con la que se ofrece una tregua.
—Ramona.
—No me digas nada —respondió, ya en guardia.
—No iba a decir nada —replicó Elena y le tendió un vaso—. Solo quería que supieras que el primer pan que amasé me salió fatal.
Ramona la miró como quien ha oído ese argumento tantas veces que lo ha vuelto propio.
—Ya lo sé. Lo comí.
—El segundo salió mejor —añadió Elena.
—Un poco —aceptó Ramona, tomando el vaso con una mueca—. Pero no soy tonta. Sé por qué me lo cuentas.
—¿Por qué? —preguntó Elena, que no quería suponer.
—Porque quieres que diga que Clara habría dejado que la hija cambiara el horno —dijo Ramona sin levantar la vista de la fila que esperaba pan.
—No iba a...
—Sí ibas. —Ramona lo sentenció con la sencillez de quien corta una tela—. Clara habría dicho: «Ramona, deja de ser terca». Y yo le habría contestado: «Clara, cállate y compra pan».
Rebeca, todavía con el delantal puesto, contuvo una sonrisa que contenía alivio y desafío a la vez. El rostro de Ramona se endureció un momento y, a continuación, se ablandó hasta un gesto que no pedía permiso.
—Vale —concedió por fin, mirando al suelo como quien cuenta monedas—. Un horno eléctrico. Para las barras. Y el de leña, para los domingos. Y para las hogazas de la gente que sabe.
—¿Quién sabe? —preguntó Rebeca, buscando una escucha.
—Yo. Y tu abuela, si viviera. Y esta chica, cuando aprenda —replicó Ramona.
El abrazo de Rebeca fue torpe, todavía con la harina pegada en los dedos.
Ramona lo devolvió con la cara de quien acepta un premio que no pidió; no era una rendición, sino una negociación que restituía nombre y memoria al oficio.
Elena se quedó unos pasos atrás, atendiendo a la escena con esa distancia cariñosa que tenía hacia los otros habitantes de la casa: no era ajena, pero sabía cuándo guardar silencio.
Mateo apareció entonces con una bolsa de castañas, el vapor escapando como si traicionara la temperatura del día.
—Has ganado la apuesta —dijo, señalando la bolsa.
—Todavía no lo he contado —contestó Elena.
—Da igual. Has ganado otra —respondió él sin explicar cuál.
Le ofreció una castaña, caliente hasta quemar, con la piel ennegrecida de tantos fuegos. Ella la abrió con los dedos, despacio, procurando no perder ni un trozo. El interior era dulce, y el dulzor llenó el espacio breve entre la conversación y la música desincronizada.
Alguien pasó junto al puesto con un canasto de ramas; Consuelo, arriba, cerraba la ventana de su cuarto.
Por un instante, la plaza quedó reducida a esos pequeños gestos de la gente que se mantiene en pie.
Las promesas no se habían convertido en instrucciones; se agitaban como papeles sueltos dentro de una caja, acompañando a quien hace pan, arregla sillas y cuenta historias a mujeres de Aranda.
El mercadillo continuó su día, con su ritmo de ventas y reconciliaciones, y la nieve que había caído la noche anterior seguía, en las sombras, recordando que todo seguía su curso.
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