4.CAPÍTULO 4 RUTINAS Y REVELACIONES #2
El piso superior era más íntimo.
El dormitorio principal era amplio, quizás veinticuatro metros cuadrados, con una cama con dosel que había visto mejores siglos pero seguía imponente.
No había intentado dormir allí —la habitación principal estaba en la zona de puertas que provocaban escalofríos—, así que se había instalado en uno de los dormitorios de servicio, más pequeños pero accesibles.
Y había encontrado algo curioso en uno de esos dormitorios: una pared con campanas.
Pequeñas campanas de bronce, cada una conectada a un cordel que se perdía en el techo.
Un sistema de llamada para el servicio, probablemente.
Cuando la casa tenía habitantes y sirvientes, alguien podía tirar de un cordel en el piso principal y una de estas campanas sonaría, indicando qué habitación requería atención.
Articus las había observado largamente. No se había atrevido a tocarlas.
El ático era otra historia.
Había subido una sola vez, empujando la puerta pesada que siempre parecía más fría que las demás. Una ventana redonda dominaba una pared, dejando entrar un círculo de luz que iluminaba el polvo flotante como partículas de oro suspendidas en ámbar líquido.
Y en el centro: un escritorio.
Un escritorio magnífico, antiguo, de madera oscura que brillaba a pesar del abandono.
Cajones cerrados con llave, todos ellos.
Articus había intentado abrirlos —curiosidad científica, se justificó— pero estaban sellados firmemente.
Sobre el escritorio, papeles amarillentos se apilaban en desorden organizado, cubiertos de escritura que no podía leer.
Había sentido esa sensación de náusea creciente mientras estaba ahí arriba. Había bajado antes de que empeorara.
No había vuelto al ático desde entonces.
Su cuaderno se llenó de observaciones más específicas:
- Habitaciones accesibles: salón principal, cocina, tres dormitorios de servicio, pasillo central.
Todo lo demás: puertas cerradas que provocan escalofríos inexplicables.
Posible corriente de aire. Posible paranoia mía.
Posible “no quiero averiguarlo”. - Cocina: equipo completo pero antiguo.
Comida en despensa claramente podrida (aspecto: amenazante; olor: biológicamente ofensivo).
Usando mis propias provisiones por motivos obvios de supervivencia.
- Salón principal: chimenea funcional, lo cual es una bendición.
Sin leña dentro de la casa, lo cual es menos bendición.
He estado recogiendo ramas caídas del camino como un primitivo muy organizado.
- Materiales de construcción: piedra caliza, madera de roble, cristal artesanal.
Estimación de edad: 200-300 años. Estado de conservación: inexplicablemente impecable.
Nota: ¿quién mantiene esto? Porque yo no he visto a nadie.
Lo que el cuaderno no capturaba —porque Articus no sabía cómo documentar sensaciones sin sonar como un poeta frustrado— era la extraña comodidad del lugar.
A pesar de los misterios, a pesar de las puertas cerradas que provocaban escalofríos, a pesar de lo que fuera que rondaba de noche… la Casa tenía algo innegablemente acogedor.
El salón principal, con sus estanterías polvorientas y su chimenea de piedra, invitaba a sentarse con un libro y olvidarse del mundo exterior. Los sillones, aunque desgastados por el tiempo, mantenían esa curvatura perfecta que prometía tardes enteras de lectura sin dolor de espalda.
La luz que entraba por los ventanales durante el día era cálida, dorada, como filtrada por hojas de otoño eterno. Dibujaba rectángulos luminosos en el suelo de madera, y Articus se había encontrado más de una vez simplemente sentado en uno de esos charcos de luz, calentándose como un gato perezoso.
La cocina olía a especias antiguas —canela, clavo, algo que no reconocía pero que le recordaba a tardes de invierno y mantas gruesas—. Era el tipo de olor que debería haberse disipado hace décadas, pero que persistía como si la madera misma lo hubiera absorbido.
Y los dormitorios de servicio, aunque austeros, tenían ese encanto de las cosas simples y bien hechas: camas firmes con mantas que pesaban lo justo, y ventanas orientadas para capturar la primera luz del amanecer.
Era desconcertante, si lo pensaba demasiado.
Este lugar debería haberle aterrorizado. Y le aterrorizaba, de noche, cuando las sombras cobraban vida y las criaturas rondaban la verja.
Pero durante el día… durante el día, la Casa se sentía como un refugio. Como el tipo de lugar donde uno podría pasar años estudiando, leyendo, simplemente existiendo.
Nota mental , había escrito en su cuaderno: Esto es probablemente una trampa. Las prisiones más efectivas son las que no parecen prisiones.
Pero incluso mientras lo escribía, una parte de él —una parte que crecía cada día— no estaba del todo segura de querer escapar.
Y luego estaba el cementerio.
Lo había visto el segundo día. Un pequeño camposanto detrás de la casa, rodeado por una verja de hierro forjado. Ocho lápidas, todas ilegibles por la erosión.
Articus había anotado su ubicación en el cuaderno.
Y no se había acercado ni un centímetro más.
Algunas puertas están cerradas por buenas razones.
09:30 - 14:00: Estudio del libro geométrico
Aquí era donde hacía verdadero progreso.
El libro no tenía texto comprensible. Solo diagramas. Pero esos diagramas se construían sobre sí mismos, capa tras capa de complejidad creciente.
La página 1 mostraba una línea simple, la página 5 añadía ramificaciones, la página 20 presentaba una estructura tridimensional, y la página 50 contenía algo que hacía que le doliera la cabeza si lo miraba demasiado tiempo —probablemente por la complejidad visual, aunque una parte de él no descartaba otras explicaciones menos racionales—.
Pero había lógica subyacente, hermosa y pura como las matemáticas .
Articus había comenzado a hacer anotaciones en su cuaderno —nunca en los libros, eso sería sacrilegio— mapeando las relaciones entre símbolos, identificando progresiones, buscando patrones.
Era como descifrar un sistema desconocido. Sintaxis extraña, pero internamente consistente.
El segundo día había hecho un descubrimiento crucial: los símbolos no eran arbitrarios. Seguían reglas visuales de construcción que podía deducir.
Las líneas rectas parecían representar flujos estables —al menos eso sugería la forma en que aparecían en múltiples diagramas.
Las curvas, algo más dinámico. Los ángulos agudos se repetían en lugares que parecían puntos importantes.
Los ángulos obtusos aparecían en zonas que parecían… ¿dispersión? ¿Distribución?
Y los símbolos más complejos eran simplemente combinaciones de estos elementos básicos.
Como palabras construidas a partir de letras. Como ecuaciones construidas a partir de números y operadores.
Articus había comenzado a crear su propio sistema de notación en su cuaderno, etiquetando los símbolos del libro con descripciones que su cerebro pudiera procesar:
Símbolo “A-3”: Línea recta + ángulo agudo (~45°) + curva ascendente.
Aparece en contextos que sugieren dirección o movimiento.
Posible indicador de flujo, como en diagramas de ingeniería.
O posible decoración sin sentido. El tiempo dirá.
Símbolo “B-2”: Círculo con tres líneas radiales.
Recuerda vagamente a un sol esquemático o a un diagrama de distribución de fuerzas.
Hipótesis: punto central de algo. Verificación: pendiente cuando entienda qué estoy mirando.
El cuarto día había intentado dibujar su primer símbolo completo.
Le había llevado tres horas.
Sus manos temblaban por la precisión requerida. Cada ángulo tenía que ser exacto. Cada curva, perfectamente suave. Un solo error y el símbolo perdía su… ¿si metría? ¿Coherencia? No estaba seguro de qué buscaba exactamente.
Cuando finalmente lo completó, lo miró fijamente durante un largo momento.
Era geométricamente elegante, con proporciones que coincidían con el libro original. Pero seguía siendo tinta sobre papel, un dibujo bien ejecutado de formas abstractas que no revelaba nada nuevo sobre su propósito o significado.
Articus no estaba seguro de qué había esperado —¿comprensión súbita? ¿algún tipo de revelación visual?—, pero la decepción fue palpable. Había pasado tres horas copiando algo sin entender qué copiaba ni por qué.
El quinto día había intentado dibujar un símbolo más complejo. Había fallado. Tres intentos, tres fallos. El cuarto intento había producido algo que parecía correcto, pero le provocaba un dolor de cabeza sordo solo por la concentración extrema requerida.
El sexto día había dibujado cinco símbolos diferentes, cada uno meticulosamente preciso y cada uno hermoso a su manera, pero ninguno le había revelado nada que no supiera ya.
¿Estaba haciendo algo mal? ¿Faltaba algún paso que el texto incomprensible explicaba? ¿O simplemente eran diagramas teóricos, como los planos de una máquina que nunca se construyó?
Articus había anotado en su cuaderno:
Día 6, 11:47 - Símbolo “B-7” (página 12, tercer diagrama) completado con precisión verificada mediante superposición con el original.
Resultado: un dibujo muy bonito que no me dice nada que no supiera.
Día 6, 14:32 - Símbolos “C-2”, “C-5”, “D-1” completados.
Mismo resultado: arte abstracto involuntario.
Hipótesis actual: Estos símbolos son parte de un sistema más amplio que requiere contexto que no tengo.
Como intentar entender un circuito eléctrico mirando solo los cables.
O posiblemente estoy perdiendo el tiempo de forma muy organizada. Ambas opciones son plausibles .
La frustración era real, pero también lo era la fascinación de tener un rompecabezas que resolver.
14:00 - 15:00: Comida y descanso
Latas de conserva. Agua de la cantimplora. Contemplación existencial opcional. Siesta opcional, solo si el cuerpo lo pedía. Anotación: Siempre lo pedía.
Las siestas se habían convertido en algo casi sagrado.