Yo no pertenezco aquí
Yo no pertenezco aquí
Zoe se paró en seco en la entrada de la gruta.
Ante ella se desplegaba una escena inmóvil, casi irreal: un auténtico tableau vivant de horror.
Vio a las Tías, encerradas dentro del halo.
Vio a Luca y a Tércot. Y en el centro de todo vio a Alex en el suelo, envuelta en una luz blanca, traslúcida y cegadora, como si llevara un farol bajo la piel.
El mapa de venas se dibujaba en sus mejillas, en los brazos y en el cuello, mientras el resplandor se derramaba por la piedra de la gruta e inundaba el suelo, las paredes y el techo.
—¡Alex!
Avanzó hacia ella cojeando.
—¡No la toques! —la detuvo Eca—. Tiene el halo dentro. Si la tocas, te matará.
—Pero hay que hacer algo —dijo Zoe, casi al borde del llanto.
La luz que brotaba de su cuerpo crecía cada segundo.
Debía de estar sufriendo mucho. Zoe recordó lo que Alex le había contado: «Se abre paso a través de la sangre como si te hubieran inyectado ácido en las venas».
Se dejó caer de rodillas junto a ella. Acercó la mano... pero no se atrevió a tocarla.
Entonces se volvió hacia Luca.
—¡Todo esto es culpa tuya!
Él no se inmutó. Sus ojos estaban vacíos. A su lado, Tércot permanecía quieto, con la mirada clavada en Alex y una fría satisfacción en el rostro, como si todo estuviera exactamente donde él quería.
Alex dejó escapar un gemido y su cuerpo se estremeció en el suelo. Se encogió sobre sí misma, sacudida por el dolor, y luego empezó a levantarse.
Lo hizo despacio, en un movimiento extraño, casi antinatural. El resplandor que la envolvía era ya tan intenso que Zoe apenas alcanzaba a distinguir sus rasgos; la luz borraba su rostro, sus ojos, cualquier gesto que pudiera revelar si estaba asustada o si sufría.
El brillo siguió creciendo.
Hasta que todo se volvió blanco.
Alex no podía sentir su cuerpo, pero su mente seguía allí, despierta, aferrada aún a los bordes del recuerdo.
—¿Qué pasa conmigo? —preguntó—. ¿De qué tenéis que protegerme?
La imagen casi se había deshecho. Los colores eran borrosos, como si alguien hubiera echado agua sobre una pintura, y la escena se alejaba cada vez más.
Alex gritó, pero Elena y Eca no podían oírla.
Ya no estaba dentro del recuerdo. Estaba fuera otra vez.
Sintió la roca fría bajo la espalda y, poco a poco, volvió a ser consciente de dónde se encontraba.
La luz del halo corría por su interior desbocada, pero nada se parecía a lo que Eca le había contado, al menos ella no lo vivía así.
No se quemaba ni tenía la impresión de que estuviera muriéndose.
Más bien parecía que su propio cuerpo contuviera aquella energía, sujetándola mientras la luz recorría sus venas en busca de algún lugar por el que filtrarse.
Pero no lo encontraba. El cuerpo de Alex resistía.
Y en medio de aquella lucha comprendió algo con una claridad inesperada: si lograba concentrarse lo suficiente, de verdad, podría hacer con el halo lo que quisiera. No supo de dónde le había venido la idea. Simplemente lo supo.
Se puso en pie. El halo brillaba con tanta fuerza que a su alrededor solo había una mancha blanca. Parpadeó varias veces para despejar la visión y entornó los ojos mientras recorría la sala con la mirada, pasando de una silueta a otra, buscando una en particular. Hasta que la encontró.
Entonces concentró toda su atención en aquella corriente que vibraba en su interior como un enjambre, y la empujó hacia fuera, hacia el lugar donde estaba él.
Sucedió con una lentitud y una delicadeza que no parecían reales. El halo se abrió paso dentro de ella, surcó el aire dejando una estela de luz y se lanzó contra Tércot con precisión, derribándolo.
Al mismo tiempo, el halo que mantenía atrapadas a las Tías tembló un instante... y se desvaneció.
Eca fue la primera en reaccionar. Corrió hacia donde Tércot había arrojado el Stróphalos, lo recogió del suelo y volvió al centro del círculo grabado en la piedra.
—¡Apartaos! —gritó.
Las Tías retrocedieron hasta el fondo de la gruta, alejándose del círculo.
Alex seguía donde se había levantado, aturdida, tratando de entender lo que acababa de pasar.
Lo había hecho. Había sacado el halo de su interior.
¿Cómo había sido posible? Entonces notó que alguien le agarraba la mano y tiraba de ella. Era Zoe.
—¿Qué haces aquí? ¡Vete!
—Ni hablar —contestó Zoe.
A unos pasos de ellas, en el centro del círculo, Eca levantó el Stróphalos y empezó a pronunciar unas palabras. Alex la vio mover los labios muy deprisa, concentrada. Las manos le temblaban. El halo le había arrancado parte de su poder; se notaba en el esfuerzo con que sostenía el medallón.
Tércot se puso en pie. En su rostro empezaba a dibujarse una expresión de furia.
—Eca... —dijo Alex. El nombre se le escapó casi como una súplica.
Eca no respondió, pero su voz se elevó, más fuerte, más oscura.
Las palabras resonaron en la gruta y regresaron desde los muros de piedra, amplificadas por la roca.
Tércot ya avanzaba hacia ella. Cuando puso un pie dentro del círculo, la piedra tembló y el suelo dejó escapar un crujido seco.
Las grietas que ya surcaban el dibujo —las mismas por las que habían escapado los cuervos de Mora— empezaron a abrirse más, ensanchándose a toda velocidad.
Eca retrocedió un paso sin salir del círculo y continuó la invocación.
Ya no parecía debilitada. El halo la había dejado exhausta, pero ahora volvía a ser dueña de sí misma.
El temblor de sus manos había desaparecido y sostenía el Stróphalos con firmeza.
Su antiguo poder, dormido durante tanto tiempo, despertaba de nuevo en ella.
Alex casi podía verlo: una corriente oscura que se arremolinaba a su alrededor y crecía por momentos.
A sus pies, la piedra seguía resquebrajándose: las grietas se abrían y corrían por el dibujo, obligándola a desplazarse dentro del círculo, esquivándolas sin interrumpir el conjuro. Frente a ella, Tércot avanzaba también entre las fisuras, salvándolas de un paso largo, cada vez más cerca.
—¡Sal de ahí, Eca! —gritó Alex.
Eca giró ligeramente la cabeza por encima del hombro y la miró mientras las palabras del hechizo seguían fluyendo de sus labios. En sus ojos había algo distinto. Una expresión que Alex no le había visto nunca: una mezcla de tristeza y de una ternura inesperada que casi la hacía parecer humana.
Y entonces Alex lo comprendió.
Eca estaba abriendo el umbral para devolver a Tércot al lugar del que había venido, aunque eso significara caer con él. Iba a salvarlas a todas. Pero ella no saldría de allí.
—¡No!
Alex se abalanzó para detenerla, pero Zoe la sujetó por detrás y la retuvo. En ese mismo instante el suelo del círculo cedió con un estruendo, y Alex vio a Tércot y a Eca precipitarse juntos en la oscuridad.
Cora llegó corriendo y cayó de rodillas junto al abismo. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
La gruta quedó en silencio. En el centro, donde durante siglos había estado el Stróphalos, se abría ahora un agujero enorme, una hendidura negra que parecía no tener fondo.
De ella subía un aire frío y húmedo que olía a tierra profunda.
Alex se acercó unos pasos y se asomó con cuidado.
Solo vio oscuridad, una oscuridad espesa que lo devoraba todo.
Durante un largo intervalo de tiempo nadie dijo nada.
Solo se oían las respiraciones entrecortadas de las Tías y los sollozos de Cora.
Alex percibía el latido acelerado de su propio corazón y, muy cerca, también el de Zoe.
Un crujido en la roca las sacó del trance en el que habían caído.
Las paredes empezaron a temblar. Al principio fue poco más que un estremecimiento, un leve quejido de la piedra.
Luego el temblor creció. Del techo cayó polvo y una piedra golpeó el suelo con un chasquido seco.
—Tenemos que irnos —dijo alguien.
Echaron a correr hacia la salida mientras la gruta seguía colapsando a su alrededor.
Alex ayudó a Zoe a avanzar entre el polvo y las rocas que caían.
Antes de cruzar la boca de la cueva, se acordó de Luca.
Se volvió un instante y lo buscó entre el derrumbe, pero no lo vio.
Estaba segura de que había estado allí con ellas unos momentos antes, cuando Tércot le lanzó el halo. ¿Dónde había ido?
—¡Alex, date prisa! —gritó Zoe.
Apenas habían cruzado la boca de la cueva cuando un estruendo sacudió la ladera.
Desde fuera vieron cómo la montaña se estremecía y la entrada de la gruta se hundía sobre sí misma.
La roca se vino abajo en una cascada de polvo y piedras hasta que, al cabo de unos segundos, no quedó más que un montón de escombros.
El polvo se asentó lentamente entre los árboles, y en la noche del bosque se oyó el ulular de un búho.