La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) De rodillas
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De rodillas

De rodillas

—Bajad la cabeza y postraos ante mí —ordenó el señor T.

Luca y su padre obedecieron al instante. Fue un gesto automático, casi reflejo. Cuando las rodillas temblorosas de Abel tocaron el suelo, Tércot cruzó el umbral del salón.

—Astruc, me ha parecido oír que quieres hablar conmigo —dijo el Solar.

—Te ha parecido bien —dijo Abel—. Quiero hablar contigo.

—El temblor de tu voz desmiente la seguridad de tus palabras —replicó el señor T—. Dime, Astruc, ¿qué crees que puedes ofrecerme?, ¿qué tienes que pueda interesarme?

Luca alzó la vista lo justo para mirar de soslayo a su padre. Ni en sus deseos más oscuros habría imaginado ver a Abel Astruc postrado ante nadie. Pero, ya que la vida le servía en bandeja aquel espectáculo de justicia poética, no pensaba perderse ni un solo detalle.

Abel abrió la boca para responder, pero solo logró emitir un sonido gutural. Luca lo vio buscar a la desesperada, revolver en su mente tratando de dar con un argumento firme, convincente, digno de él. Pero cada intento se deshacía antes siquiera de tomar forma.

Aquellos esfuerzos, uno tras otro, terminaron por agotar la paciencia del señor T.

—¡Levántate! —ordenó de pronto—. ¡Levantaos los dos!

Luca se puso en pie con lentitud, sin atreverse a alzar la vista. El peso de lo ocurrido en la bodega seguía oprimiéndole el pecho.

El señor T inclinó la cabeza. Entre los colmillos se le escapó un resoplido cargado de fastidio.

—Tengo asuntos más urgentes que atender —dijo—. Habla y sé breve.

—Mi, mi, mi... — trató de decir Abel.

«Anda, ¿quién titubea ahora?», pensó Luca.

—¡Habla o calla, pero, sea lo que sea, hazlo enseguida! —rugió el señor T.

Una de sus pezuñas golpeó el suelo.

—Mi hijo me ha contado el trato que ha hecho contigo —logró decir finalmente Abel.

—Ajá.

—Me gustaría discutir dicho trato, si es posible.

—¿Discutirlo? —gruñó el señor T como respuesta—. ¿Y qué cláusula quieres discutir exactamente?

—¿Cláusula? —Abel se atrevió a levantar la cabeza. Tenía los ojos acuosos, muertos, como alguien que acaba de darse un buen golpe en la cabeza—. No conozco las cláusulas. Yo solo...

—¡No seas idiota! ¿De verdad crees que hablaba en serio? ¿Crees que un pacto surgido de las profundidades del infierno tiene letra pequeña? —Sus ojos negros se clavaron en Abel con una mezcla de lástima y hambre—. Cuando invocas a alguien como yo, solo hay una cláusula, y esa es la entrega total.

Luego recogió de encima del aparador la botella de coñac y se la entregó a Abel.

—Bebe —dijo—. Quizá el alcohol te despeje la cabeza.

Abel se llevó la botella a los labios y dio un trago largo. Cuando volvió a hablar, la voz le salió más firme:

—Estoy dispuesto a entregarme. Por completo.

—Estás dispuesto a entregarte —repitió el señor T, pensativo, saboreando las palabras como si evaluara su textura.

Se dirigió con parsimonia hacia la butaca que minutos antes había ocupado Abel y se dejó caer en ella. Entrelazó las manos sobre el vientre y cruzó una pezuña sobre la otra.

—¿Y las Lunares? —preguntó—. ¿Qué pasa con ellas?

Abel no dudó.

—Haz con las Tías lo que quieras —respondió Abel—. Esas viejas decrépitas nos sirvieron durante siglos, pero ya no dan la talla. Sé cuándo un socio deja de ser útil.

—Decrépitas lo son, sí, en eso coincidimos. Entonces no te importará que me deshaga de ellas.

Abel sostuvo su mirada.

—No me importa.

—Es justo lo que quería escuchar —dijo el señor T—. Hay quienes se extravían en sentimentalismos, y el sentimentalismo no es más que miedo disfrazado de virtud.

Mientras hablaba, su mirada se desvió apenas hacia Luca. No fue un gesto evidente, sino más bien una ligera inflexión en la línea de sus ojos, como si la frase encontrara en él un destinatario más apropiado.

—También hay quienes —añadió con suavidad— no son capaces de soportar el peso de sus propias decisiones.

Si a Luca le quedaba alguna duda de que aquellas indirectas iban dirigidas a él, la forma en que el señor T pronunció esas últimas palabras terminó por disiparla.

—Hace tiempo que el Brillo, tal como está, aporta poco a los míos —prosiguió Abel, ya sin rastro de vacilación—. Tú, en cambio, eres otra cosa. Una fuerza distinta, más poderosa. Eso es evidente. Tal vez puedas ofrecernos algo que marque la diferencia.

—¿Algo como qué? —preguntó el señor T.

—Los Astruc, como bien sabrás, tenemos dinero, tierras.

Llevamos generaciones prosperando, sí, pero el Brillo de las Tías tiene un límite.

Llega hasta cierto punto... y se estanca.

Contigo, con alguien como tú, podríamos romper esa barrera.

Llevar nuestro apellido más allá de lo que nunca imaginamos.

Luca tuvo que morderse la lengua para no gritarle que no tenía ni idea de cómo funcionaba el Brillo.

El Brillo no concedía nada por sí solo: solo amplificaba lo que ya existía en una persona.

Y en los Astruc, desde siempre, lo único que había existido era la ambición.

Una ambición sin visión, sin grandeza. Lo que su padre quería llevar más lejos no era el apellido ni el legado: era esa misma hambre de poder, inflada hasta el extremo.

—Eres un hombre pragmático —dijo el señor T—. Y eso no abunda entre los tuyos, tan dados al sentimentalismo. Dime, entonces: ¿qué estás dispuesto a ofrecer?

—Lo que quieras. Devoción total, como la que les hemos dado durante generaciones a las Tías... Solo que, esta vez, para ti.

Eso estaba yendo demasiado lejos, pensó Luca. El señor T no podía estar considerando en serio la oferta de Abel. ¿Acaso no era él quien lo había traído a Aurora? ¿Es que eso no contaba? ¿Y la promesa de acabar con el Brillo?

—Él no tiene nada que ofrecerte —estalló—. El trato lo hice yo contigo.

El señor T ni siquiera lo miró. Siguió sentado en la butaca, las manos entrelazadas sobre el vientre, los ojos fijos en Abel, como si fuera el único interlocutor en la sala.

—Devoción... La devoción está bien, pero no es suficiente. No en estos tiempos. No para mí —dijo.

—No hablo solo de mi devoción personal —añadió Abel sin perder tiempo—, hablo de Aurora entero. Este pueblo depende de nosotros. Mi familia no es solo un apellido: tenemos la fábrica que los alimenta, las tierras que pisan, el aire que respiran. Yo puedo hacer que te adoren.

A Luca se le revolvió el estómago.

—¡He pasado ocho años enterrado en los libros de Valentín Astruc! —le gritó al señor T—. ¡Me he dejado la vida en eso y tú lo sabes! ¡Me prometiste una sola cosa: acabar con el Brillo! ¡No puedes aliarte con mi padre!

El morro de jabalí se curvó en una sonrisa sombría. Por fin, el señor T volvió los ojos hacia él.

—¿Dices que no puedo? No tengo que rendirte cuentas. Haré lo que quiera, con quien quiera. —Hizo una pausa, tomándose su tiempo antes de añadir, esta vez volviendo la mirada hacia Abel—: Todo eso está muy bien, pero yo necesito algo más. Necesito coraje.

—Coraje es lo que me sobra —contestó Abel enseguida.

El señor T alzó un dedo, exigiendo silencio.

—Cuando digo coraje, no hablo de bravuconadas. —Se levantó de la butaca y comenzó a pasearse por la habitación—. Pactar conmigo tiene consecuencias. Hay quienes ven una gota de sangre... y se desmoronan. ¿Entiendes a quién me refiero?

—Si lo dices por mi hijo —replicó Abel sin vacilar—, tienes razón. He pasado la vida intentando que se convierta en un hombre. Ya ves el resultado.

—¡Vete a la mierda! —chilló Luca.

El señor T se detuvo junto a la ventana, de espaldas a ellos, y se quedó contemplando el aguacero que golpeaba los cristales.

—Es curioso que hables así de tu propio hijo, Abel Astruc —comentó sin volverse—. Después de todo, fue él quien tuvo la visión y la constancia para traerme hasta aquí.

—Sí, pero tiene el estómago blando —repuso Abel—. Como su madre. Siempre fue igual.

Los puños de Luca se cerraron hasta blanquear los nudillos.

—¡No metas a mi madre en esto!

—Solo digo la verdad. Nunca tuvo agallas.

Luca avanzó hacia él hasta quedar a apenas un palmo de distancia. Por primera vez en su vida fue consciente de la ventaja que le daba su casi metro noventa. Abel tuvo que alzar ligeramente la barbilla para sostenerle la mirada.

—La destrozaste —murmuró entre dientes—. Igual que has intentado destrozarme a mí.

Junto a la ventana, el señor T dejó escapar un bostezo. Después se volvió hacia ellos.

—Fascinante —dijo—. Pero vuestros asuntos familiares no me interesan. Estábamos hablando de otra cosa.

Luca se adelantó antes de que su padre pudiera decir nada.

—No puedes pactar con él —le dijo al señor T—. Fui yo quien te trajo a Aurora.

—¿Y qué crees que mereces, Luca? ¿Un agradecimiento? ¿Un lugar en mi mesa?

Luca temblaba.

—Solo pido justicia.

—Ah... —susurró el señor T, con una sonrisa torcida—. La justicia no entra en esto. Yo pedí coraje, entrega. Lo mismo que le exijo a tu padre. ¿Puedes darme eso tú?

—Claro que no puede —lo interrumpió Abel.

Le clavó el antebrazo en el pecho y lo apartó de un empujón, obligándolo a retroceder.

En otras ocasiones, Luca habría bajado la cabeza.

El contacto con su padre siempre lo paralizaba.

Pero esta vez no. Plantó los pies en el suelo y le devolvió el empujón con fuerza, quizá más violento de lo que pretendía.

Abel dio un traspié y estuvo a punto de perder el equilibrio, pero logró afirmarse a tiempo. Volvió a avanzar hacia él y levantó la mano para abofetearlo. El brazo apenas había empezado a descender cuando el señor T se interpuso y le cerró los dedos alrededor de la muñeca.

—No —dijo.

Era solo una palabra, un monosílabo, pero el efecto sobre Abel fue inmediato: el color se le borró del rostro y sus ojos, abiertos de par en par, buscaron los del señor T, incrédulos ante el brusco vuelco de la situación, algo que no había visto venir.

—Perdón, no quería...

La frase se deshizo en su boca. Fuera lo que fuese a añadir —una disculpa, una excusa, una justificación— no llegó a pronunciarlo.

El señor T no le dio tiempo.