La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) No quiero tener que repetírtelo
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No quiero tener que repetírtelo

No quiero tener que repetírtelo

—¿Qué haces aquí? —preguntó Luca.

Abel Astruc cerró de un portazo. El golpe sacudió el marco y retumbó por toda la casa.

—Creo que soy yo quien debería hacer esa pregunta —dijo—. ¿Qué demonios haces tú aquí, hijo?

Hijo.

Pocas cosas en el mundo le provocaban una reacción tan visceral como oír a su padre decir esa palabra. No por lo que significaba, sino por la forma en que Abel la pronunciaba: como si estuviera hablando de un defecto de nacimiento o de una enfermedad vergonzosa.

Hijo quería decir «inútil», «débil, «lastre». Y Luca había aprendido desde niño a odiar esas cuatro letras.

—Vete —dijo—. No te conviene estar aquí.

Abel se apartó de la puerta y esbozó una media sonrisa.

—¿No me conviene? —preguntó—. ¿Qué significa eso?

No esperó respuesta, pasó junto a Luca y se dirigió al salón. Luca lo siguió hasta allí y lo vio agacharse frente al viejo aparador.

—Por aquí debería quedar alguna botella del bisabuelo Máximo —masculló mientras abría las puertas del mueble y movía cosas de un lado para otro—.

¡Ajá! —exclamó al fin mientras alzaba triunfal una botella de coñac cubierta de polvo—.

Ven, vamos a beber algo. No tienes buena cara y yo me estoy helando.

Cogió dos vasos de cristal y sirvió una medida generosa en cada uno.

Le tendió uno a Luca —que lo aceptó así, sin más—, arrastró casi al centro del salón una butaca antigua, tapizada en terciopelo rojo, y sacudió el asiento con la mano antes de dejarse caer con un suspiro.

Luego entornó los ojos, se llevó la copa a los labios y bebió un trago largo, como un siniestro conde de algún cuento gótico.

—Delamain, cosecha del 34 —murmuró, levantando el vaso con cuidado—. Con lo que vale esta botella, media Aurora podría comer durante un año entero. En fin —añadió tras un sorbo—, ¿vas a contarme qué ha pasado?

Luca miró el vaso que tenía en la mano. Siempre había detestado el alcohol; le parecía una trampa barata, algo que volvía valientes a los cobardes y cobardes a los valientes.

Aun así, dudó solo un segundo antes de beber.

El licor le quemó la boca y le bajó por la garganta como fuego líquido.

Tosió, con los ojos empañados, mientras el calor empezaba a extenderse por el pecho.

—¿Qué ha pasado dónde? —preguntó al fin, intentando sonar despreocupado.

En realidad, no tenía claro cuánto sabía su padre ni hasta dónde podían llegar sus sospechas. Con Abel Astruc nunca era fácil distinguir entre lo que sabía de verdad y lo que solo fingía saber para hacerte hablar, así que lo más prudente era darle largas.

—Venga, suéltalo, hijo —dijo Abel con un tono casi conciliador—. ¿Qué has hecho?

—Yo no he hecho nada.

—«Yo no he hecho nada» —lo imitó Abel—. No me tomes por imbécil.

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que has estado jugando con fuego.

Los libros en latín, tus desapariciones, tus horas a solas en la bodega...

¿De verdad crees que no he atado cabos? ¿Que no soy capaz de darme cuenta de que todo esto tiene algo que ver con lo que ha pasado esta noche?

Abel se levantó de la butaca y se acercó. Luca pudo sentir su aliento en la cara, cargado del olor acre del coñac.

—Velia está muerta —dijo—. Y, por lo que parece, algo se ha llevado a Cora. Algo que me temo que has traído tú.

Luca se vio reflejado en las pupilas de su padre: distorsionado, encorvado, pequeño como un insecto atrapado en una lupa. Aún tenía el destornillador en la mano.

—Guarda eso, haz el favor —dijo Abel.

Luca se lo metió en el bolsillo del pantalón. Abel seguía a un palmo de él, inmóvil. Su presencia lo aplastaba. Una parte de Luca habría querido tener el valor de sacar el destornillador y clavárselo.

Pero quizá tenía algo mejor. Tenía la verdad.

¿Y si dejaba de negarlo y admitía que él había traído al señor T?

¿Y si lo decía en voz alta? Al fin y al cabo, si todo aquello era culpa suya, también era obra suya: él lo había hecho posible.

Y en esa idea —oscura, retorcida— había una forma extraña de poder.

—He sido yo —dijo al fin—. Yo he llamado a esa cosa, como tú dices. He traído al señor T a Aurora.

Abel lo observó en silencio durante unos segundos.

—Imagino que esa cosa tendrá un nombre, ¿no?

—Tércot —dijo Luca—. Pero yo lo llamo el señor T.

Abel alzó una ceja.

—No voy a preguntarte por qué lo llamas así ni cómo demonios has conseguido traerlo —dijo—. Francamente, toda esa basura esotérica me importa muy poco.

«Y aunque te importara, tampoco la entenderías —pensó Luca—. Esa basura esotérica está más allá de tu comprensión.»

—Lo que sí me interesa —continuó Abel— es otra cosa: qué vamos a hacer ahora tú y yo.

Luca frunció el ceño, no entendía muy bien a qué se refería su padre.

¿Qué significaba exactamente tú y yo ? ¿Estaba insinuando que iba a ayudarlo?

¿Que pensaba taparlo todo para que las Tías no se enteraran de nada?

Eso sí cuadraba con Abel: mantener las apariencias, evitar el escándalo, hacer lo que fuera necesario para que nada amenazara el Brillo.

—No te entiendo —dijo Luca—. ¿De qué estás hablando?

Abel suspiró y regresó a la butaca. Se dejó caer en ella y se pasó una mano por la cara, como si estuviera cansado.

—Luca —dijo al fin—, creo que todavía no eres consciente de lo que has hecho, de lo extraordinario que es. Así que permíteme que te lo diga yo para que te quede claro: felicidades.

—¿Felicidades? —repitió Luca.

—Exacto. No soy un hombre de libros como tú —dijo Abel, haciendo un gesto vago con la mano—. No entendí lo que estabas tramando. Debería haberlo visto antes. O quizá deberías habérmelo contado, haber confiado en mí.

Abel lo miró un momento, como si esperara que Luca entendiera por sí solo adónde quería llegar. Como su hijo seguía callado, continuó:

—Si lo hubieras hecho, si me lo hubieras contado..., ¿sabes qué te habría dicho?

—¿Qué? —preguntó Luca.

—Que ibas por buen camino.

Tenía que ser la fiebre, pensó Luca. Debía de estar delirando. No encontraba otra explicación para oír palabras como felicitarte o buen camino en boca de su padre, palabras que Abel Astruc jamás le había dirigido a él.

—He hablado con Eca. Me ha dicho que ese... señor T tuyo quiere destruirlas. Supongo que para eso ha venido, ¿no? A eso ha venido a Aurora.

—Sí —contestó Luca—. Ha venido a destruirlas. Y he sido yo quien se lo ha pedido.

—¿Y qué te han hecho las Tías para que le pidas algo así? —preguntó Abel.

—Las Tías, nada —dijo Luca—. Yo no quiero que destruya a las Tías. Quiero que destruya el Brillo. Si por el camino se lleva por delante a las Tías..., será un daño colateral.

«Y también quiero que te destruya a ti», pensó, pero se lo guardó.

Abel se quedó mirándolo un segundo, desconcertado. Luego soltó una carcajada. Se echó hacia atrás en la butaca y empezó a reír con ganas, dándose palmadas en los muslos, como si Luca acabara de contar el mejor chiste del mundo. La risa le duró un buen rato.

A Luca le hirvió la sangre. De pronto volvió a ser consciente del destornillador que llevaba en el bolsillo.

—Serás muy bueno invocando Solares —dijo cuando se calmó—, pero a la hora de hacer tratos dejas bastante que desear. Acabar con el Brillo..., qué tontería.

—No es ninguna tontería —dijo Luca—. El Brillo es lo peor que le ha pasado a esta familia.

—¿De qué hablas? —preguntó su padre.

Luca dio un paso hacia la butaca. Sintió las lágrimas agolparse en la garganta y tuvo que apretar la mandíbula para contenerlas.

—Mírate. Te crees tan fuerte, tan invencible... Pero cuando lo tienes todo, acabas creyendo que no puedes perder nada. Y cuando crees eso, dejas de valorar cualquier cosa. Eso es lo que te pasa, papá. Ya no quieres nada ni a nadie. Por eso eres así. Por eso eres cruel.

—¿Cruel? —repitió Abel—. ¿Lo dices porque he intentado hacer de ti un hombre?

—No. Nunca intentaste eso —dijo Luca. La respuesta le salió casi en un susurro—. No querías que fuera un hombre. Querías que fuera como tú.

Abel resopló.

—Hijo, no tengo tiempo para esto ahora —dijo—. He venido aquí por una razón. Quiero que llames a tu amigo.

Aquello tomó a Luca por sorpresa.

—¿Llamarlo? ¿Para qué?

—Para hablar con él, Luca —respondió Abel—. ¿Para qué va a ser? Si su intención es acabar con las Tías, deberíamos intentar llegar a algún tipo de acuerdo con él. Negociar. Conseguir algo mejor que lo que tenemos ahora.

«¿Algo mejor que lo que tenemos ahora?», repitió Luca para sí, tratando de serenarse. ¿Qué demonios quería decir con eso? Respiró hondo e intentó ordenar sus ideas.

—¿Quieres negociar con el señor T? —preguntó.

—Claro que quiero —dijo Abel—. Y tú vas a ayudarme a hacerlo. Cuando alguien da con un poder así, lo inteligente no es enfrentarse a él, es sentarse a hablar. Llámalo.

—No funciona así —dijo Luca—. No puedo llamarlo sin más.

—¿Por qué no? Llámalo ahora.

Luca abrió la boca para responder, pero algo lo hizo detenerse.

Desvió la mirada hacia la ventana casi sin darse cuenta, como si una intuición repentina lo hubiera empujado a ello.

Una silueta acababa de aparecer al otro lado del cristal, inmóvil bajo la lluvia.

Abel no se había dado cuenta; seguía mirándolo, esperando una respuesta.

—¿Lo vas a llamar o no? —insistió.

Luca no apartó los ojos de la ventana.

—No hace falta —dijo en voz baja—. Ya está aquí.