La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Un largo camino hacia abajo
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Un largo camino hacia abajo

Un largo camino hacia abajo

Unas horas antes

Los faros del Jaguar cortaban la oscuridad como tijeras bien afiladas. La carretera era estrecha, peligrosa, y parecía diseñada para despeñarse por el lado derecho, donde se abría un acantilado sin guardarraíl: solo roca suelta y vacío. Una caída en picado, sin margen de error, hacia el mar.

Afortunadamente para Luca, la carretera estaba vacía. Nadie en su sano juicio salía con una tormenta como esa, y mucho menos se atrevía a conducir por la vieja carretera de Aurora, trazada mucho antes de que construyeran la nacional, que ahora conectaba el pueblo con el resto del mundo.

Condujo a toda velocidad, sin prestar atención a la lluvia que azotaba el coche en oleadas.

Caía con tanta fuerza que los limpiaparabrisas no daban abasto; apenas arrastraban el agua de un lado a otro sin despejar realmente nada.

La visibilidad era casi nula. Luca desviaba la mirada hacia el retrovisor central de vez en cuando —como si esperara que algo, o alguien, apareciera—, pero no lograba distinguir gran cosa: ni el bosque ni la estrecha lengua de asfalto que lo alejaba de casa.

De todos modos, su destino no podía estar muy lejos.

Por un momento se sintió mareado, la vista se le desenfocó, y el coche se deslizó peligrosamente cerca del borde. Pero el Jaguar era un coche confiable, así que pudo corregir la dirección justo a tiempo.

«Necesito aire», se dijo.

Bajó la ventanilla hasta la mitad y la lluvia cayó a baldazos sobre la tapicería de piel. ¿Le preocupó que el agua dañara el interior del coche? No, le dio exactamente igual.

Estuvo a punto de pasarse el desvío a la izquierda, pero reaccionó a tiempo, frenó en seco, dio marcha atrás y se metió en un camino de tierra estrecho, lleno de baches, que la lluvia había convertido en una trampa de barro.

Las ruedas patinaron y se hundieron. Luca forzó el motor, pero lo único que consiguió fue que el coche se enterrara un poco más, como un explorador atrapado en las arenas movedizas de una vieja película.

Golpeó el volante con rabia.

—¡Joder!

Probó a acelerar una última vez, pero las ruedas solo escarbaron, lanzando barro a todos lados.

Cuando decidió que no había ya nada que hacer, bajó del coche, cerró la puerta y dejó que el agua le empapara la ropa.

Un poco más adelante, entre la lluvia, se insinuaba la silueta de una casa, apenas un perfil oscuro recortado contra el cielo negro—.

Luca apuró el paso, rodeó la construcción hasta la parte trasera y se agachó junto al caño de desagüe, tanteando en busca de la cajita metálica donde estaba escondida la llave.

La encontró de inmediato e intentó abrir.

No se dio cuenta de que le temblaban las manos hasta que la llave cayó entre la maleza y tuvo que inclinarse a buscarla.

De nuevo, la vista se le desenfocó y un mareo repentino lo empujó a tambalearse.

Aún en cuclillas, tuvo que apoyar una mano en el suelo para no desplomarse.

Al fin encontró la llave. Se enderezó con esfuerzo, la introdujo en la cerradura y la giró.

El aire viciado del interior de la casa lo golpeó de lleno.

Más que avanzar, sentía que los pies lo llevaban a través del recibidor sin consultarle.

Lo mismo sucedió cuando sus dedos subieron los interruptores del cuadro de luces uno a uno y luego los generales.

La bombilla de la cocina estaba fundida, pero las del resto de las habitaciones de la planta baja respondieron.

En un rincón de la antigua biblioteca de la casa descansaban su saco de dormir y su esterilla tal cual los había dejado la última vez.

En el suelo vio excrementos de rata. Recordó el veneno que había puesto meses atrás.

No había servido de nada. Eran ratas grandes, viejas, resistentes; se comían el veneno y seguían ahí, tan tranquilas.

Cogió el saco y la esterilla, subió a la planta superior y entró en la primera habitación del pasillo, que había sido de Máximo.

Aún conservaba una cama grande con dosel, una cajonera antigua y otros detalles del lujo ostentoso propio de su bisabuelo, pero el olor a humedad era insoportable, el techo tenía goteras y el colchón estaba hinchado como un globo y probablemente lleno de pulgas.

Luego, ya más al fondo del corredor, encontró un pequeño dormitorio que parecía hallarse en mejor estado, o seco, al menos. Allí dejó el saco y extendió la esterilla.

Se quitó los zapatos empapados y se frotó los pies con mucha energía.

Consideró bajar a la cocina a inspeccionar los armarios, puesto que tenía un hambre feroz, pero estaba agotado, y se prometió que se encargaría de procurarse algo de comer en cuanto descansara un poco.

Solo necesitaba recostarse unos minutos.

Sin fuerzas para más, se tumbó sobre la esterilla y se quedó profundamente dormido.

Tenía nueve años y no dormía.

Llevaba dos semanas sin dormir de verdad, desde que su madre se había marchado de casa.

Todas las noches se quedaba despierto, mirando el techo, esperando oír la puerta de entrada a la casa.

Estaba convencido de que en caso de que ella decidiera regresar volvería de madrugada, cuando todo estuviera en silencio.

Y, sobre todo, cuando Abel ya estuviera dormido.

Así que permanecía tendido en la cama, al acecho, pero despierto.

Al menor ruido se levantaba de golpe, como un gato en plena tarea de acecho, y corría hacia la ventana, o al interior de la casa, donde escudriñaba la oscuridad para no encender las luces.

Las noches en que su padre se quedaba despierto hasta tarde, Luca vigilaba la rendija de luz bajo la puerta.

Sabía que mientras ese resplandor siguiera encendido ella no volvería.

Abel era el guardia de una cárcel que Luca y su madre debían burlar si de verdad querían reencontrarse.

Y cada minuto que su padre pasaba despierto era un minuto que le robaba la posibilidad de recuperarla.

Luca se empecinaba en creer que ella seguía cerca, pese a la falta de evidencia.

Se ocultaba en el bosque, como Casandra la Hierbas, y merodeaba por Los Altos.

Sea como fuere, y donde fuera, tenía que estar cerca, porque, ¿qué madre iba a dejar a su hijo —a dejarlo a él— en aquella casa con Abel Astruc?

Se había alejado para coger un poco de aire , pero pronto regresaría a buscarlo y se marcharían juntos.

En cualquier caso, para que ese milagro ocurriera Abel tenía que caer en un sueño tan profundo y absoluto como el del gigante de Las habichuelas mágicas después de su banquete.

Solo cuando el ogro cerrara los ojos podrían deslizarse fuera, cruzar el jardín sin ser vistos.

Dos sombras breves y libres antes del amanecer.

El problema era que Abel tampoco dormía bien. Luca lo oía muchas noches, hasta muy tarde, vagando por la casa. Su silueta cruzaba las ventanas iluminadas como una sombra que nunca se detenía. Sabía que su padre bebía. Lo adivinaba por el arrastrar de pasos, por el ruido de objetos volcados.

El tiempo pasó. Primero los días, luego las semanas.

Su madre se había marchado a mediados del verano.

Llegó el otoño y empezaron las lluvias. Después el invierno.

Aquella Navidad no hubo regalos. No le importó.

Tenía de todo y solo quería una cosa que no llegó.

Luego volvió la primavera. Enseguida otro verano y había pasado un año.

Poco a poco, su madre se fue desdibujando. No en los recuerdos —no del todo—, sino en los detalles: la voz, el olor, la forma exacta de las manos, hasta que quedó una sola imagen borrosa, como una fotografía mal revelada. La última que conservaba de ella.

Su madre con una magulladura en forma de A en el centro de la mejilla: la marca del anillo de Abel.

Finalmente, incluso esa imagen empezó a borrarse hasta desaparecer por completo.

Luca despertó con un sabor a sal en los labios. Tenía el rostro bañado en lágrimas y la frente le ardía. Debía de tener fiebre, porque el cuerpo le temblaba con escalofríos pese al calor que le quemaba la piel.

La lluvia seguía golpeando y ahora se filtraba en la casa sin tregua. El agua caía con el rugido de una cascada.

Una ducha, eso era lo que necesitaba. Se levantó y fue hasta el baño arrastrando los pies. Los brazos y las piernas le pesaban hasta el punto de parecer recubiertos de hierro, y mantener los párpados abiertos le exigía un esfuerzo sobrehumano.

Cuando abrió el grifo, la tubería respondió con un estertor y vomitó un chorro de agua color óxido.

Luca cerró el grifo y apoyó las manos en el borde del lavabo.

Respiró hondo mientras un escalofrío le recorría la espalda y, un momento después, el calor le subía por la nuca.

Se sentía sucio y febril, pero no podía meterse en la ducha en ese estado.

Quizá era mejor intentar comer algo. Lo que fuera.

Incluso las sopas enlatadas que su padre solía almacenar allí.

Cada escalón hacia la cocina le costó más que el anterior, y cuando llegó descubrió que solo quedaba una lata de melocotón en almíbar. La sostuvo entre las manos unos segundos. No era sopa. Y, aunque lo hubiera sido, tampoco habría podido calentarla: no había gas ni agua caliente.

—Odio esta casa —murmuró.

Le pareció oír una risa y una voz que decía claramente: «Ya está ahí el niñato, quejándose otra vez». Se le heló la sangre. No sabía si venía de su cabeza o de alguien que estaba escondido en la cocina o en algún rincón de la casa.

El señor T.

Pero el señor T nunca se había burlado de él. Siempre lo había animado, siempre había estado para él bastante más que Abel.

La fiebre no le impedía ver la ironía del asunto: Abel era tan mal padre que hasta un demonio del Inframundo lo superaba. Tampoco le impedía recordar que el señor T había matado a Velia.

Y se la había comido.

—¿Hola?

Su voz rebotó en las paredes de la cocina y regresó distorsionada.

Se sentía mal, muy mal. La cabeza le martilleaba y el dolor le nublaba los pensamientos.

El frío seguía ahí, pero ya no era lo peor.

La sed había tomado el control: le quemaba la garganta, áspera y seca, hasta hacerle tragar saliva en vacío.

¿De dónde iba a sacar agua potable?

Miró la lata de melocotón. El jugo podía servir, pero había un problema: no tenía con qué abrirla.

Recorrió la cocina arrastrando los pies, abriendo cajones y forzando puertas que se atascaban para luego regresar sobre sus pasos sin saber qué había revisado ya.

Pasó al salón y abrió el aparador: vajilla desportillada, manteles roídos.

El olor rancio a excrementos lo obligó a contener la respiración; el nido de ratas debía de estar detrás del mueble.

Le pareció oír un chillido breve, agudo, y el roce inquieto de algo moviéndose al fondo.

Siguió buscando. Lo mejor que encontró fue un destornillador Phillips.

Se dejó caer al suelo y trató de abrir la lata con el destornillador.

Seguía peleándose con ella cuando oyó un golpe fuera de la casa.

Al principio se dijo que se trataba de un eco deformado por el Desvelo, que barría la colina, o por el crujido incesante de los pinos, o por ambas cosas a la vez.

En cualquier caso, tardó en reaccionar porque la fiebre le había espesado la cabeza; durante unos segundos hubo más golpes, que se repitieron con una regularidad incómoda, demasiado precisa para ser el viento.

Y comprendió, un poco demasiado tarde para tranquilizarse, que no se trataba de la casa ni de la tormenta quejándose, sino que había alguien al otro lado forzando la puerta.

Se puso en pie como pudo, tambaleante, con el destornillador en la mano, y se arrastró hacia el vestíbulo. Al llegar vio el pomo de la puerta moverse de un lado a otro con violencia.

—¿Señor T? —preguntó en voz baja—. ¿Tércot?

«El señor T tiene otras maneras de abrir las puertas», se dijo.

—Ábreme, Luca, ábreme —dijo una voz al otro lado—. Soy yo.

Luca no se movió, pero alzó instintivamente la mano con la que sujetaba el destornillador.

—¡Luca! ¡Ábreme ya! —insistió la voz.

La puerta se abrió de golpe, sacudida por una patada que hizo temblar el marco.

Y allí estaba su padre.

Abel Astruc.