¿De qué tienes hambre?
¿De qué tienes hambre?
—¡Espera! —exclamó Frederic.
Zoe lo oyó pero no se detuvo. La adrenalina le martilleaba las sienes y la hacía sentirse fuerte, brillante y peligrosamente satisfecha consigo misma.
Acababa de plantarse ante Celina y de decirle la verdad a gritos delante de toda la familia, y una parte muy concreta de su cerebro consideraba aquello una victoria rotunda.
Frederic la alcanzó en el vestíbulo y la sujetó del brazo, obligándola a frenar.
En ese momento, un grupo de camareros salió de la cocina en tropel y se dirigió a la puerta principal.
Zoe y Frederic tuvieron que apartarse para dejarles paso.
Abel venía detrás, señalando la salida y gritándoles que se fueran ya mismo.
Los camareros salieron casi atropellándose, Abel cerró de un portazo y se volvió hacia ellos.
Se quedó un segundo mirando a Frederic y masculló algo sobre Luca, sobre un coche y sobre que su hijo se había largado a saber adónde, antes de alejarse en dirección al salón.
—¿Adónde vas? —preguntó Frederic a Zoe.
—¿A ti qué te parece? —respondió Zoe con una sonrisa torcida—. ¿A dar un agradable paseo por la montaña?
—No conoces este sitio —dijo Frederic—, déjame ayudarte.
Un golpe sordo llegó desde algún punto bajo el suelo.
—¿Lo has notado? —Zoe tensó los hombros.
—Sí, lo he notado. Viene de la bodega, sígueme.
Dejaron atrás el vestíbulo y avanzaron por un pasillo que, por el olor y la ausencia total de encanto, debía de llevar a la zona de servicio. Frederic se detuvo ante una puerta cubierta por una pesada cortina.
—¡Joder, mierda, me cago en la leche! —gritó mientras intentaba en vano abrir la puerta.
Mira tú por dónde, el chico bien también sabía blasfemar, pensó Zoe.
—¿Ahora qué hacemos? —dijo—. ¿Aquí termina la hazaña? ¿Marcamos esto como buena acción del día y volvemos al salón a tomar vino?
—No —respondió él—. Hay otra entrada por fuera, en el bosque.
—Perfecto —dijo Zoe—. Bosque, tormenta y entrada secreta. Nada puede ir mal.
En la puerta, antes de salir, Frederic abrió un armario empotrado y sacó dos chubasqueros. Le encasquetó uno a Zoe y se puso el otro, amarillo.
—Póntelo. Te hará falta.
Afuera, la tormenta se había desatado. El viento golpeaba la casa, la lluvia azotaba en ráfagas y el mar rugía al pie de la colina.
—¿Esto es el Desvelo? —preguntó Zoe alzando la voz—. Es horrible.
—¡Y aún no has visto nada! —gritó Frederic por encima del viento.
El candelabro rebotó contra un cuerpo. Alex contuvo el aliento y les imploró a todas las diosas —las vivas, las muertas y las desterradas— que no fuera una de las Tías.
No veía nada en aquella maldita oscuridad.
Las líneas del halo quedaron inmóviles en el suelo; luego se volvieron más tenues hasta desaparecer.
Pasaron unos segundos larguísimos. Entonces, de pronto, la llama de una vela tembló en la pared y prendió.
Luego otra. Y otra. Alex distinguió por fin la silueta de Eca moviéndose por la sala, encendiendo las velas una a una.
Mora yacía en el suelo, sepultada entre los restos de sus propios cuervos. El halo había desaparecido, pero le había desgarrado el cuello; la sangre oscura le empapaba el pecho.
Tércot no estaba lejos. Alex no tenía claro dónde le había alcanzado, pero lo había alcanzado: lo había sentido en las manos cuando el candelabro impactó.
Él la miraba fijamente, como si todavía intentara comprender lo que acababa de ocurrir.
Pero ese desconcierto no iba a durar mucho.
En cualquier momento se convertiría en algo peor.
—¿Cómo te atreves? —dijo Tércot dando un paso hacia Alex—. ¿Sabes lo que has hecho?
Alex se encogió. Lo del candelabro le había parecido una buena idea. Ahora ya no tanto.
—¡No la toques! —gritó Cora.
—Si la quieres, llévatela —dijo Eca con frialdad—. No vale nada. No tiene poder, ni una gota de divinidad. Pero déjanos en paz.
Aquellas palabras se le clavaron a Alex como esquirlas de hielo. Ni por un segundo dudó de que eran ciertas. La vergüenza que le provocaron fue tan abrasadora que incluso logró opacar el terror que sentía hacia el Solar.
Tércot hizo un movimiento lento hacia ella.
Parecía estar considerando seriamente la oferta de Eca.
Cora gritó y se lanzó contra él antes de que pudiera tocarla.
Lo empujó y lo golpeó con los puños: era lo único que le quedaba para luchar.
Pero Tércot la interceptó sin esfuerzo. La sujetó con una sola mano, levantándola apenas del suelo y pegándola contra su cuerpo.
Cora forcejeó, arañó, trató de soltarse.
La seda del vestido se rasgó en el hombro.
—Quédate quieta —dijo él.
Sin soltarla, Tércot dejó que una hebra del halo trepara por su sien. Cora cayó inconsciente.
—¡Cora! —gritó Alex.
Tércot no perdió ni un segundo: se volvió y salió por la puerta que daba al bosque, desapareciendo entre la negrura y el rugido del Desvelo
Alex supo al instante lo que tenía que hacer.
Se tragó la vergüenza, la rabia, las lágrimas que le corrían por las mejillas por lo que había dicho Eca. Se lo tragó todo y echó a correr tras él.
Zoe apenas distinguía el suelo bajo sus pies; la lluvia se abatía sobre el bosque con tal intensidad que borraba contornos y deshacía el mundo en una masa gris. El impermeable amarillo de Frederic era lo único que distinguía entre los árboles, pero él avanzaba demasiado deprisa.
Un árbol caído atravesaba el sendero. Frederic lo salvó de un salto.
—¡Eh! ¡Haz el favor de esperarme! —gritó Zoe.
El amarillo del chubasquero se alejaba bajo la lluvia, cada vez más borroso. Zoe apretó el paso, resbaló, recuperó el equilibrio y volvió a correr. Si lo perdía de vista, se quedaba sola.
Al fin, Frederic se detuvo y volvió sobre sus pasos hasta ella.
—Perdona —dijo cuando estuvo a su lado—. No me había dado cuenta de que iba tan rápido.
—¿Qué te pasa, eres corredor de fondo o algo así?
—En realidad, sí —respondió él—, soy corredor. De hecho, he ganado...
—No me lo cuentes —lo cortó Zoe—, no me interesa tu currículum deportivo.
Él le tendió la mano.
—Ven, ya no falta mucho.
—No pienso ir de la mano contigo —contestó ella.
Siguieron caminando, esta vez más despacio. Una ráfaga de viento les lanzó a la cara un puñado de hojas empapadas.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó Zoe.
—¿No es eso lo que querías? ¿Que alguien de esta familia hiciera algo decente por una vez en lugar de mirar hacia otro lado?
—Sí, pero ¿por qué te esfuerzas tanto en resultarme simpático? —insistió Zoe.
Frederic soltó una exhalación.
—No seas tan creída —dijo—. No es por ti. Lo hago porque hay cosas de mi familia que me dan vergüenza. Lo de antes, por ejemplo. Lo que ha pasado con las sillas.
—Antes te quedaste mirando —replicó ella.
—Por eso mismo estoy aquí ahora.
—Vaya, o sea que quieres redimirte.
Frederic se volvió hacia ella. La lluvia le corría por la cara. Sus ojos, normalmente tranquilos, tenían un brillo de advertencia.
—Piensa lo que quieras, pero no sabes nada de mí, Zoe. No tienes ni idea de lo difícil que es vivir en esta familia.
Habían avanzado ya un buen trecho. Bajo el chubasquero, Zoe solo llevaba el vestido de tirantes de Cora. El frío empezaba a calarle hasta los huesos.
—¿Dónde está la maldita entrada a la bodega? —preguntó tiritando.
—Cerca.
Algo se movió en la maleza a su derecha. El sotobosque se agitó de un modo extraño y, de pronto, la vegetación se abrió a los lados. Desde la espesura, el bosque escupió una presencia imposible: una figura como un destello de oscuridad.
Zoe retrocedió sin tener claro qué estaba viendo; intentó obligar a sus ojos a enfocar, a ordenar aquella forma en algo reconocible, pero el pánico se le instaló en el pecho antes de que pudiera entenderlo.
No era que la figura fuese borrosa o imprecisa, al contrario: se recortaba con nitidez contra el bosque.
Lo insoportable era que no encajaba en nada que conociera.
No era un hombre ni un animal, sino algo que desentonaba con el mundo que la rodeaba. Algo para lo que no había palabras.
Y, aun así, en algún rincón profundo de sí misma, una parte de ella supo lo que era. Supo de quién se trataba. Era Tércot. Alex le había hablado de él en el cementerio unos días antes. Lo recordaba perfectamente. No podía ser otra cosa.
La figura siguió avanzando y entonces Zoe distinguió lo que llevaba apretado contra el pecho. Reconoció primero el color del vestido y luego la forma del cuerpo. Cora. Colgaba sin fuerza, la cabeza ladeada.
—¡Suéltala! —gritó Frederic.
Tércot no reaccionó. Desde lo más profundo de las cuencas, los ojos le brillaban: pequeños, duros como piedras de río gastadas por los siglos.
—Ponte detrás de mí —murmuró Frederic sin apartar la vista de la criatura, y extendió un brazo para hacer retroceder a Zoe.
Zoe no se movió. Debería haberlo hecho, aceptar ese gesto instintivo de protección y hacerle caso, pero el cuerpo no le respondía: el miedo le enraizaba los pies al suelo.
Tércot, por su parte, no parecía dispuesto a atacar.
Se quedó quieto, con Cora inerte contra el pecho, y sus ojos se movieron de uno a otro.
Luego giró la cabeza ligeramente hacia la derecha, tanteando la oscuridad del bosque, como si estuviera calculando la retirada.
Y entonces Frederic hizo algo estúpido, suicida: echó a correr hacia Tércot.
—¡Frederic, no! —bramó Zoe.
Frederic avanzó a zancadas, resbaló en el barro y recuperó el equilibrio sin frenar.
El chubasquero amarillo ondeaba con violencia tras él, como una mancha de luz desesperada tratando de perforar la cortina gris de la lluvia.
Zoe observó casi en cámara lenta cómo estiraba los brazos, tratando de arrebatarle a Cora.
Y luego, en lo que a Zoe le pareció un largo instante —aunque no debieron de ser más que unos segundos—, vio cómo Tércot alzaba una mano y liberaba un fulgor blanco, como un rayo.
La descarga golpeó a Frederic en el pecho y lo lanzó contra el tronco de un pino.
Zoe corrió hacia él y se dejó caer de rodillas en el barro.
—Eres un idiota —murmuró.
Frederic abrió los ojos apenas un segundo, luego volvió a cerrarlos con un quejido.
Donde la luz lo había alcanzado, la ropa se había calcinado.
Bajo ella, la piel chamuscada burbujeaba lentamente, ennegrecida y agrietada como la corteza de un tronco tras un incendio.
Zoe le tomó la mano y la apretó con fuerza.
Entonces oyó un chasquido, quizá una rama que se quebraba al ser pisada. Zoe pensó que era Tércot, que venía a rematarlos. Se giró con el corazón en la garganta.
Era Alex.
Estaba allí, bajo la lluvia. Menuda, empapada, con el vestido malva —oscurecido por el agua— pegado al cuerpo.
Parecía muy frágil frente a la desproporcionada altura del Solar.
Zoe sintió una punzada de pavor. No tenía idea de lo que iba a pasar a continuación ni de qué podría hacer si Tércot decidía lastimar a Alex.
—¡Alex, apártate! —gritó Zoe.
Tércot había advertido la presencia de Alex y se volvió hacia ella con un giro lento. Zoe quiso levantarse y correr a ayudarla, pero cuando intentó incorporarse sintió que Frederic le apretaba la mano con la poca fuerza que le quedaba.
—No te vayas —dijo él con un hilo de voz.
Estaba muy pálido y su respiración era corta, irregular, como si en cualquier momento fuera a detenerse. Zoe miró hacia Alex y luego hacia él, sin saber a cuál de los dos atender.
Por encima del ruido de la lluvia, la voz de Tércot se alzó con claridad:
—Diles a tus tías que esto no ha terminado —dijo—. Cora viene conmigo. Volveré a por ellas.
Alex dio un paso al frente, hundiendo los pies en el lodo, y se encaró con él, la barbilla alzada:
—¿Y qué piensas hacer con ellas? —escupió, la voz tensa—. ¿No te bastó con mi madre?
Tércot ladeó la cabeza y dejó escapar una risa.
—¿Tu madre? Ya ni me acuerdo de ella.
Zoe vio cómo la mandíbula de Alex se tensaba. A su lado, Frederic gimió y ella bajó la mirada.
—Shhh... —murmuró apretándole la mano—. Aguanta un poco más.
—Si ya ni te importa haberla matado —continuó Alex, sin apartar los ojos de la criatura—, si ni siquiera la recuerdas, ¿por qué quieres llevarte a Cora?, ¿por qué ir a por las demás? ¿Por qué quieres matarlas?
—No he dicho que quiera matarlas —respondió él—. He venido a llevármelas conmigo.
—¿Y entonces por qué has matado a Velia? —preguntó Alex.
—Aisthēsis es prescindible. Siempre me pareció bastante ridícula. ¿No crees?
Antes de que Alex pudiera responder, Tércot desapareció: un instante estaba en el claro y al siguiente no quedaba de él más que la lluvia cayendo entre los árboles y el bramido lejano del Desvelo.
Alex trastabilló, dio un paso en falso y se le doblaron las piernas.
Zoe soltó a Frederic, corrió hacia ella y llegó justo a tiempo de atraparla entre sus brazos.