No digas nada
No digas nada
Luca tenía muy claro que, para que sus planes salieran bien, no bastaba con repasar las invocaciones (aunque ya se las sabía de memoria), y tampoco con conseguir uno de los objetos de las Tías (lo cual ya estaba en marcha).
Lo más importante era seguir fuera del radar de Abel.
No porque creyera que su padre pudiera sospechar de él y de sus intenciones, sino porque no quería pasar por otra de sus sesiones de boxeo ni sufrir otra humillación.
Cuando eso ocurría, perdía el eje. Y perder el eje era un lujo que no podía permitirse.
Esa mañana salió de casa temprano, mucho antes de que Abel despertara, y se internó entre los árboles.
Lo bueno de vivir en un sitio como Los Altos era que uno tenía a su disposición un bosque entero para estar solo.
Y sitios donde descansar y reflexionar: su bisabuelo había mandado abrir senderos por toda la colina y colocar bancos de piedra aquí y allá.
En uno de esos bancos, Luca se disponía a sumergirse en la lectura.
Por un momento creyó oír la voz de Abel: seca, impaciente, como un eco incrustado en la corteza de los árboles.
«¿Otra vez con esas tonterías? No aprenderás nada ahí, Luca. Nada útil.»
Pero luego, desde más abajo, llegó otra voz más honda. La del señor T.
«Claro, Luca. Eso es lo que debes hacer.»
La lectura de aquella mañana no era un simple pasatiempo.
El libro que sostenía entre las manos era el diario personal de Valentín, el lugar donde había volcado años de investigación, teorías y hallazgos con un único propósito: encontrar la manera de traer a las Tías a Aurora.
Cada página era un paso en ese intento. Y esos mismos intentos eran los que Luca pensaba utilizar para hacer venir al señor T.
El volumen estaba encuadernado en un cuero rojo que aparecía gastado por los años.
Al abrirlo sus dedos rozaron el exlibris: una V grabada en oro rodeada por una corona de flores silvestres.
A Luca siempre le había sorprendido lo delicado —casi femenino— del diseño, tratándose de un libro que había pertenecido a un hombre.
A veces pensaba que su antepasado debía de haber sido distinto de como lo describían en la familia.
Más sofisticado. Más sutil. Quizá más parecido a él de lo que nadie estaría dispuesto a admitir.
Pasó las páginas con cuidado. Allí estaban la historia de las Lunares y todo lo que el herbolario había investigado con obsesiva paciencia.
Pero también aparecían fórmulas mágicas, diagramas y símbolos superpuestos.
A veces las versiones sobre un mismo tema se contradecían, como si Valentín hubiera cambiado de opinión a medida que acumulaba conocimientos.
La caligrafía tampoco era uniforme. A ratos se mostraba ligera, armónica, casi elegante, con trazos amplios y respirados, como escrita en un momento de calma.
En otras páginas, en cambio, la tinta parecía clavarse en el papel; las líneas caían con brusquedad y las palabras se encadenaban sin apenas espacio, como si el pulso se hubiera acelerado.
Luca no creía que fuera casual. Para él, esas variaciones hablaban del paso del tiempo, o quizá de los cambios de ánimo de Valentín.
De cómo su carácter se había ido transformando a lo largo de sus pesquisas: había empezado como un investigador metódico y había terminado convertido en un hombre dispuesto a arriesgarlo todo.
Estaba a punto de sumergirse en un nuevo pasaje cuando algo le llamó la atención.
Con el rabillo del ojo percibió que una figura avanzaba por el sendero, rápida y decidida, directamente hacia él.
Alzó la vista y lo reconoció al instante: su tío Frederic subía la colina a buen trote, con su ropa de correr empapada de sudor.
—¿Qué haces? —preguntó Frederic al llegar junto a él.
Luca se encogió de hombros y no dijo nada. Le pareció que la respuesta era bastante obvia.
Frederic se sentó a su lado, se quitó la cinta elástica que llevaba alrededor de la cabeza y se frotó el pelo mojado de sudor con ambas manos. Luego se quedó mirando al frente, en silencio, como si necesitara un momento para elegir bien las palabras.
—¿Cómo estás? —preguntó al fin.
«¿Cómo estoy? —pensó Luca—. Pues fatal, gracias. Estoy como la mierda y lo sabes.»
—Bien —se limitó a decir.
—¿Bien? —preguntó Frederic enarcando las cejas.
—Joder, ¿qué quieres que te diga? Ya sabes que no —respondió Luca de pronto.
Le molestaba, más que nada, que la conversación girara alrededor de temas evidentes y preguntas retóricas. Su tío era un maestro en la «disciplina del consuelo del cobarde»: le ofrecía sus oídos pero mantenía los ojos bien cerrados para no ver lo que hacía su hermano Abel.
De niño, Luca solía refugiarse —cuando no bajaba a la bodega a hablar con el señor T— en casa de los abuelos cada vez que su padre perdía el control.
Frederic era entonces un adolescente flaco y callado.
Le preparaba un bocadillo de Nocilla, encendía la Atari y se sentaba a su lado a jugar al Space Invaders hasta que a Luca se le pasaba el temblor de las manos.
Rara vez hablaban de lo ocurrido, pero lo cierto es que lo hacía mejor que cualquier chico de su edad.
Era sensible y se preocupaba por su sobrino.
Con el paso de los años, Frederic se había mudado a su propia casa de cemento y ventanales enormes.
Daba fiestas. Tenía novias que iban y venían.
Salía a trotar por Los Altos. Había estudiado Empresariales, pero no había trabajado ni un solo día de su vida.
En definitiva: vivía del Brillo y seguía preguntándole a Luca si estaba bien, seguía diciéndole que contara con él.
Pero nunca hacía nada de verdad. Y para Luca, preocuparse sin actuar no era preocuparse.
—¿Te ha vuelto a pegar? —preguntó Frederic.
—No quiero hablar de eso —zanjó Luca.
El silencio se alargó entre los dos. Al cabo de unos segundos, Frederic cambió de tema.
—¿Cómo llevas lo de empezar la universidad? —insistió Frederic, ignorando el estallido de su sobrino.
¿La universidad?
A Luca le subió una punzada agria al estómago.
En septiembre debía empezar Derecho, una carrera que no había elegido él, sino el mediocre de su padre, convencido de que eso era lo que debía estudiar un heredero Astruc.
Pero qué importaba ya la universidad. El señor T le había prometido destruir el Brillo, y sin el Brillo su padre no sería nada.
Luca habría cobrado su venganza y sería libre.
—No voy a ir a la universidad —se atrevió a decir.
Frederic lo miró sorprendido.
—¿Cómo?
—Lo que has oído. No voy a ir.
—¿Tu padre lo sabe?
—No, no lo sabe. No sabe nada.
—¿Y cuándo piensas decírselo?
—No pienso decírselo —dijo Luca encogiéndose de hombros—. Ya se enterará.
Frederic soltó una risa incrédula y volvió a pasarse la mano por el pelo, aunque ya se lo había peinado antes. Por un segundo pareció que iba a decir algo gracioso, pero la sonrisa se le borró de golpe.
—¿Va en serio eso? —preguntó.
—Muy en serio —aclaró Luca.
Frederic lo miró en silencio. Sus dedos jugaron con la cinta elástica antes de que se la guardara en el bolsillo del pantalón corto.
—¿Y qué vas a hacer? —insistió al fin—. Quiero decir... ¿Cuál es el plan?
—No lo sé. Quizá estudiar Filosofía. O no estudiar nada. Quizá viajar —respondió Luca con indiferencia—, irme lejos de este pueblo de mierda. ¿Qué te parece?
Hizo una pausa y estudió el rostro de su tío antes de añadir:
—¿Me ayudarías?
—¿A qué exactamente? —preguntó con cautela Frederic.
—A decírselo a mi padre —concretó Luca—. A convencerlo. Tienes razón, no creo que sea buena idea marcharme sin decir nada.
Frederic miró al horizonte, donde el mar de Aurora brillaba en tonos verdosos. Sus hombros, normalmente rectos y atléticos, se hundieron un poco.
—Luca, no es tan sencillo —murmuró—. Abel es..., bueno, ya sabes cómo es. Yo solo intento que el ambiente sea llevadero para todos.
—Para mí no es en absoluto llevadero —replicó Luca.
—Ya lo sé, sé que es difícil. —Frederic suspiró, frotándose las manos húmedas—. Es una lástima que tu madre se marchara. Ella sabía cómo manejarlo.
Luca notó cómo la rabia se expandía por el pecho, espesa, difícil de controlar.
Su madre se había ido cuando él tenía seis años.
De un día para otro. Lo había dejado allí, en Aurora.
«Te abandonó», solía decir Abel. Luca prefería otra versión.
Se decía que ella había intentado llevárselo, que algo se lo había impedido.
No era idiota: intuía que la verdad no era tan simple.
Pero en ese punto —quizá el único de su vida— elegía la ficción antes que la realidad.
El dulce encanto de la mentira antes que la verdad.
—Se marchó por su culpa. Él la destrozó.
Frederic se volvió hacia Luca y le puso una mano en el brazo, un gesto que pretendía ser consolador pero que Luca sintió pesado y falso.
—Luca, de verdad..., yo creo que en un futuro las cosas cambiarán. Aguanta un poco.
Luca tuvo que clavarse las uñas en la palma de la mano para no hacer trizas allí mismo el diario de Valentín Astruc de pura rabia. «Aguanta un poco.» ¿Cuántos años llevaba Frederic recitando esa misma letanía?
Contuvo el aire y lo soltó muy lentamente. No merecía la pena enfadarse. En realidad, ni tan siquiera hablaba en serio, solo había querido jugar un poco con su tío, poniéndolo a prueba, confirmando lo que ya sabía: que en aquella familia estaba completamente solo.
—Descuida, tío, olvídalo —dijo Luca—. Hoy tengo un mal día, ya se me pasará.
Frederic sonrió y se puso en pie, listo para volver a correr por los senderos de Los Altos. Se le notaba el alivio en la cara. Qué fácil, ¿no? Escuchar lo justo, soltar un par de frases bienintencionadas y largarse antes de que la cosa se complique.
—Vale, me dejas más tranquilo. De todos modos, ya sabes que puedes contar conmigo para lo que sea —dijo.
—Sí, lo sé —contestó Luca.
Lo vio alejarse retomando el trote con absoluta tranquilidad.
—¡Tío! —gritó cuando Frederic ya se había alejado unos metros.
Este se detuvo y giró ligeramente la cabeza sin dejar de trotar sobre el sitio.
—¿Sí?
Luca le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
—Nada, disfruta del paseo —dijo.
Frederic asintió, se colocó de nuevo la cinta elástica en la frente y echó a correr, perdiéndose entre los árboles.
Luca esperó hasta que desapareció de la vista.
Luego abrió el libro de Valentín. El Stróphalos lo esperaba allá abajo, en la bodega.
Su tío tenía razón: las cosas iban a cambiar. Solo que no como él esperaba.