Adivina quién viene a cenar esta noche
Adivina quién viene a cenar esta noche
Esa misma noche, mientras el señor Dubois decidía entre seguir dando guerra entre los vivos o morirse de una bendita vez, en la casa de la colina se celebró uno de esos Concilios Lunares que tanto les gustaban a las diosas, y que consistían en sentarse en círculo, invocar el peso de la eternidad y discutir asuntos domésticos con una solemnidad mitológica.
El tema de aquella noche era la aparición de las bastardas Astruc.
Se habían instalado en el jardín porque dentro el calor era insoportable. Afuera corría una brisa discreta, y las Tías bebían martinis con hielo. Alex estaba tumbada en una hamaca, un poco apartada del grupo, con una lata de Coca-Cola en la mano.
—¿Vosotras entendéis por qué son tan obtusos estos Astruc? —preguntó Mora.
—Yo no los llamaría obtusos —dijo Cora—. Diría más bien que son insoportablemente codiciosos.
—O directamente estúpidos —dijo Eca mientras se abanicaba con desgana.
El problema era sencillo: las Tías se habían enterado —bueno, en realidad Cora se había enterado, porque Abel la había llamado esa misma tarde para contárselo— de que él y Celina se negaban a que las bastardas participaran del Brillo.
A las Tías aquel purismo sanguíneo les resultaba incomprensible.
Según su lógica, más adoradores significaba más energía, y en su estado actual no podían permitirse el lujo de ser selectivas.
—Le he intentado explicar que no hay nada que temer —dijo Cora—, que cuantos más adoradores tengamos, más fuerza acumularemos. Y que, al final, más fuerza siempre acaba siendo más Brillo. Pero no lo ha entendido o no lo quiere entender.
—Tu razonamiento es impecable —dijo Brisa—, y por eso mismo no sirve para nada. Lo que le pasa a ese Abel Astruc y a su hermana es otra cosa.
—¿Ah, sí? —preguntó Cora—. ¿Y qué se supone que es?
Brisa dio un sorbo a su copa y lanzó su veredicto:
—Los Astruc no tienen miedo de quedarse sin Brillo. Lo que les aterra es que el Brillo deje de ser un artículo de lujo. Los mortales piensan que si cualquiera puede tener algo, ese algo ya no vale nada. Quieren exclusividad. Prestigio.
Alex se acordó entonces de lo que le había dicho Dalia unos días antes, que Celina estaba que trinaba con la llegada de sus parientes y con que fueran, según sus propias palabras, «a chupar del bote».
—Tía, me temo que en este caso es más sencillo: les da miedo que, cuando llegue el reparto, les toque menos.
—Entonces estamos exactamente en el mismo punto —dijo—. Eso es lo que llevo intentando explicar desde el principio.
—¿Y qué podemos hacer, queridas? —preguntó Velia—. ¿Queréis que organicemos un círculo de poder para alinearles las auras?
—No sé de qué hablas ni quiero saberlo —dijo Mora.
—Me refiero a que ayudemos a los Astruc y a las bastardas a entenderse.
—No, eso sería intervenir directamente —dijo Cora—, y ya sabéis cómo funcionan las cosas: nosotras no interferimos en sus asuntos y ellos no interfieren en los nuestros.
Para las Tías, la lógica del pacto con los Astruc era simple y estrictamente transaccional: ellas proporcionaban el Brillo y, una vez entregado, se desentendían por completo de lo que ellos decidieran hacer con él.
No daban instrucciones sobre cómo emplear ese poder ni imponían condiciones morales, porque la conciencia ajena nunca había sido de su incumbencia.
A cambio de esa libertad absoluta para administrar su fortuna y su estatus como les pareciera conveniente, los Astruc tenían terminantemente prohibido pedir favores adicionales.
Cora se recostó en la silla con un gesto mínimo y definitivo, dando por cerrada la discusión.
Durante unos segundos, el único sonido que pudo oírse en el jardín fue el leve vaivén de la hamaca de Alex.
Se balanceaba despacio, con la brisa rozándole la cara y el vaso de Coca-Cola sujeto entre las rodillas.
—¿Y qué piensas tú, florecilla mía? —preguntó Velia mirando en dirección a Alex, que giró la cabeza a izquierda y derecha y, al comprobar que no había nadie más cerca de ella, levantó las cejas con incredulidad y se llevó el dedo índice al pecho.
—Te he hablado a ti, sí —insistió Velia—. Una de las bastardas tiene tu edad, ¿verdad que sí? Hoy has hablado con ella, ¿verdad?
—Sí, esta mañana ha pasado por el cobertizo. Zoe no tiene ningún interés en el Brillo. De hecho, lo detesta, pero...
—¿Pero...?
—Pero invitar no es interferir.
Todas se giraron hacia Alex.
—Quiero decir... —añadió incómoda—. ¿Por qué no las invitáis formalmente a la Noche del Brillo y que decidan ellas?
Cora juntó las yemas de los dedos.
—No es una mala idea —dijo.
—Abrir la puerta no es forzar una voluntad —dijo Brisa—. «Cruce quien quiera cruzar».
Cora asintió una sola vez, pero, tratándose de ella, una vez era suficiente.
—Alex —dijo—. Irás a casa de la tía Berta y les dirás que mañana por la noche pueden venir a visitarnos a las ocho. Y que sean puntuales.
Alex respondió con un gesto distraído y siguió balanceándose en la hamaca. Cora la observó un segundo más.
—Me refiero a que vayas ahora mismo.
La hamaca se detuvo. Alex suspiró, se puso en pie y salió de la casa sin protestar, en dirección a la de la tía Berta. Esta vez —solo esta vez— le apetecía cumplir las perentorias órdenes de Cora, aunque no estuviera dispuesta a admitirlo en voz alta.
En Los Altos reinaba el silencio; solo se oían los grillos y, muy al fondo, el murmullo del mar. Caminó sola por la calle desierta hasta detenerse frente a la casa de Berta. Cruzó el jardín y tocó el timbre, dejando vagar la vista por el jardín.
Siempre le había gustado el jardín de tía Berta. Era bonito, sí, pero sobre todo estaba cuidado. Nada que ver con la selva de las Tías, donde las plantas crecían a su antojo y nadie parecía tener especial interés en impedirlo.
—Hola, Winona —dijo una voz.
Alex se giró sobresaltada. Ni siquiera había oído la puerta abrirse.
Zoe estaba allí, con el pelo mojado y la camiseta empapada a la altura del cuello.
Debía de haber salido de la ducha hacía menos de un minuto.
Una gota se deslizó lentamente por su clavícula y Alex siguió su recorrido sin darse cuenta, como hipnotizada.
Por un instante, olvidó por completo qué había ido a hacer allí.
—Quería decirte algo... —dijo solo para ganar tiempo.
—¿Sí? —preguntó Zoe entornando los ojos.
«Piensa, piensa, piensa.»
—¡Lo he recordado! Las Tías me mandan a deciros que estáis formalmente invitadas a nuestra humilde morada. Palabras textuales. O más o menos textuales.
Zoe soltó una carcajada, como si hubiera oído el mejor chiste del mundo, pero la risa se apagó enseguida.
—Diles que les agradecemos la invitación, pero que no estamos interesadas en el Brillo —dijo de un modo tan educado y a la vez tan cortante que Alex no se atrevió a insistir.
—Es vuestra decisión, claro, lo entiendo —dijo.
Estaba a punto de marcharse cuando una mujer apareció al fondo del vestíbulo, avanzando deprisa hacia la puerta. El parecido y la reacción de Zoe lo dejaron claro: era su madre. Se acercó corriendo a Zoe, como si llevara toda una vida esperando aquella visita.
—Disculpa —dijo con la voz ligeramente temblorosa—. ¿Has dicho que vienes de parte de las Tías?
—Sí..., he venido a deciros... —empezó a decir Alex, pero Zoe se adelantó.
—No ha venido a decirnos nada. Ya se iba —la interrumpió.
Pero Uma las había escuchado.
—¿Las Tías quieren que vayamos? ¿Nos quieren conocer? —preguntó mirándola con una sonrisa que a Alex le resultó aterradoramente expectante.
Zoe le lanzó a la chica una mirada fulminante, rápida y precisa como una bala, y Alex se encontró, de repente, atrapada entre la espada y la pared.
Era evidente que entre madre e hija había un desacuerdo abierto sobre el Brillo: Zoe no quería saber nada del tema —se lo había dejado más que claro unas horas antes—, y Uma, en cambio, parecía desesperada por abrazarlo.
¿Qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Por qué la vida la metía en esos embrollos?
—Sí. —Asintió con la cabeza, y se encogió de hombros y le rogó al cielo que Zoe dejara de mirarla—. Mañana a las ocho.
—¿Tenemos que llevar algo? ¿Debemos hacer... algo? —preguntó la mujer de repente con una urgencia desproporcionada.
—No es obligatorio —dijo Alex—, pero es imprescindible. Digamos que es lo que se espera. Las tías son bastante golosas.
Por favor...
Zoe se apoyó contra el marco de la puerta con los ojos en blanco, exasperada. El gesto lo decía todo.
—Fantástico —dijo su madre—. Diles que estamos agradecidas y honradas y que seremos puntuales.
Coronó sus palabras con una reverencia.
—Sí, mamá, vamos, no hagas más el ridículo —dijo Zoe empujando a su madre suavemente dentro de la casa.
Alex no supo si marcharse o quedarse. Antes de que Zoe cerrara la puerta, Alex la miró un segundo más como un perro abandonado.
—Lo siento —susurró moviendo los labios.
—Lo siento —volvió a decir Alex por segunda vez en dos días—. No sabía que tú y tu madre tuvierais opiniones tan diferentes sobre el Brillo.
Alex y Zoe estaban en la cocina, acomodando los aperitivos que había llevado Uma como ofrenda: una selección impecable de canapés que, según se había apresurado a puntualizar, no eran caseros sino encargados en el mejor obrador del pueblo, porque en su escala particular de valores lo hecho en casa olía a pobre y lo comprado, en cambio, desprendía respetabilidad.
—Deja de pedirme perdón. Mi madre y yo tenemos opiniones diferentes sobre todo —dijo Zoe—. Como casi todas las madres y sus hijas, supongo.
—Ya..., bueno, no es que yo tenga mucha experiencia en este tipo de dinámicas familiares —respondió Alex—, aunque Cora a veces se comporta como una madre o como una carcelera, depende de cómo se mire.
—Es verdad, lo siento, no debí decir eso —se disculpó Zoe—. He sido poco delicada.
La frase se le quedó dando vueltas a Alex: «como todas las madres y sus hijas». Se preguntó si, de haber seguido viva la suya, también habrían discutido por todo.
Solo conservaba de su madre un recuerdo difuso, tan borroso que a veces dudaba de que fuera real.
No había contornos claros ni un lugar reconocible.
Le parecía que era ella, inclinándose sobre la cuna o la cama, pero el rostro nunca llegaba a definirse.
El único detalle nítido era la falda larga que llevaba puesta.
Todo lo demás se deshacía, como una fotografía mal revelada.
En su recuerdo, su madre se acercaba para susurrarle algo al oído.
Siempre tenía la impresión de que aquellas palabras eran importantes, pero jamás conseguía retenerlas.
En el salón, las Tías y Uma estaban enfrascadas en un parloteo incesante. Sus voces llegaban bastante claras hasta la cocina a través del corredor.
—Nosotras —decía Cora en ese momento— no hacemos más que aceptar la veneración que nos corresponde por derecho. A cambio, os permitimos acceder a ese Brillo que tanto ansiáis lucir para sentiros especiales.
A juzgar por sus exclamaciones entusiastas, Uma bebía cada palabra sobre el Brillo como si fuera ambrosía caída del Olimpo. Zoe, por su parte, hacía muecas de asco mientras alineaba los canapés por enésima vez. Estaba claro que se demoraba todo lo posible solo para no tener que volver al salón.
—¿Y cómo voy a saber si estoy recibiendo el Brillo? —preguntó Uma entonces.
—No es una descarga eléctrica, querida —respondió Cora—. Lo sabrás porque el mundo empezará a apartarse cuando camines, las decisiones dejarán de pesarte y la gente será más... manejable.
—O porque mis miradas de odio te fulminarán —murmuró Zoe.
Eca empezó a explicarle cómo funcionaba la Noche del Brillo, pero desde la cocina su voz apenas se oía.
Alex dudó un momento y alisó con el dedo el borde rizado del papel encerado que cubría la bandeja.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Vale, pero no prometo contestarte —dijo Zoe sin mirarla.
No sonaba precisamente como una invitación a hablar, pero Alex se arriesgó igual.
—¿Por qué te molesta tanto el Brillo? Nadie en tu familia parece tener problema con eso.
Zoe apretó los labios y entornó los ojos.
—Esta no es mi familia —dijo con frialdad—. Compartir sangre no te convierte en parte del clan.
—Bueno, depende de cómo se mire, yo...
—La verdad es que durante mucho tiempo creí que todo lo del Brillo era un cuento suyo —la interrumpió Zoe—. Que estaban un poco... obsesionadas. O directamente chaladas.
—¿Y cuándo dejaste de pensarlo? —preguntó Alex.
Zoe dudó un segundo.
—Esta noche —respondió—. O, mejor dicho..., cuando te conocí a ti.
Clavó los ojos en ella al decirlo. Alex no supo muy bien qué había en esa mirada, pero notó cómo se ruborizaba y bajó la vista hacia sus zapatos.
—¿Y eso? ¿Qué tengo que ver yo?
Zoe se encogió de hombros.
—Ayer, en el cobertizo, cuando hablaste de tu madre y dijiste que era una de ellas. Creo que fue la primera vez que me lo creí de verdad.
—¿Y antes de eso no?
—A medias —admitió Zoe—. Una parte de mí sí, pero la otra siempre pensaba que quizá todo eran cuentos.
Alex volvió a alzar la vista, buscó los ojos de Zoe y, al encontrarlos, reunió el valor para insistir.
—Vale, pero no me has contestado a la pregunta.
—¿Cuál?
—Por qué te molesta tanto el Brillo.
Zoe guardó silencio unos segundos, sopesando sus palabras.
—Este sitio se parece demasiado a otro en el que estuve —dijo—. Y no me trae buenos recuerdos.
—¿Qué sitio?
—Uno del que no pienso hablar.
Alex tomó nota mental de esa respuesta y de la forma en que había sido dicha, tan seca que sonaba a advertencia. Insistir por ahí solo conseguiría que Zoe se cerrara del todo, así que decidió cambiar de ángulo.
—Entonces, ¿por qué vinisteis a Aurora?
Zoe cogió un canapé de la bandeja y lo dejó sobre la encimera.
—Porque la tía Berta, en su lecho de muerte, decidió que esta familia era un nido de víboras y que se había portado fatal con nosotras, y, como tuvo miedo de ir al infierno, que es donde seguramente está ahora mismo, nos legó la casa —contestó.
—Ya. ¿Y cómo es que elegisteis venir? —dijo Alex.
Zoe empujó una bandeja con un golpe seco; el mármol respondió con un sonido breve.
—Eso de «siempre puedes elegir» está muy bien cuando tienes opciones. Cuando no las tienes, no funciona.
Alex tragó saliva. En el fondo, ella tampoco estaba tan segura de tener opciones. Se preguntó cuáles eran las suyas, si es que existían, y no pudo responderse. Tal vez no las tenía o ni siquiera las había tenido nunca. En cualquier caso, bajó la vista y se concentró en volverse invisible.
Desde el salón llegó la voz de Cora:
—¡Chicas! ¿Vamos a tener canapés hoy o mañana?
Zoe cogió la bandeja.
—En marcha —dijo—. A ver si ese Brillo vuestro es tan milagroso como dicen o solo purpurina para disfrazar un cuento de hadas macabro.
Alex estuvo a punto de pedirle que se explicara, pero se lo pensó mejor. Mientras Zoe se dirigía hacia la puerta, se preguntó cuántas capas de ironía escondía realmente aquella frase.