CAPÍTULO 39
—No puedes ir —dijo Malakai, la voz cargando una urgencia desesperada que rara vez permitía que transparentara tan por completo—. Esto es obviamente una trampa, Sera. Metatrón no va a conversar civilizadamente sin más. Te va a capturar, o peor.
—Y si no voy, va a atacar a los siete que acabamos de proteger. —Sera sintió el peso de aquella elección imposible instalarse, cada opción cargando consecuencias devastadoras—. No puedo arriesgarme a eso, Malakai. No después de todo lo que hicimos para mantenerlos seguros.
—Entonces vamos juntos.
—Especificó que sola. —La voz de ella tembló ligeramente, el miedo genuino finalmente escapando a través de la fachada de control que intentaba mantener—. Si te llevo a ti, o a cualquier aliado, puede interpretarlo como desafío directo, y tomar represalias contra los sobrevivientes de todos modos.
Discutieron durante horas, cada argumento táctico siendo debatido y refutado repetidamente, pero al final, Sera mantuvo su decisión: necesitaba enfrentar a Metatrón directamente, aceptando los riesgos terribles involucrados, con la esperanza de que su disposición a negociar pudiera, de algún modo, proteger tanto a los sobrevivientes como crear espacio para exponer la verdad más ampliamente.
—Necesito que me prometas una cosa —dijo ella, finalmente, tomando las manos de Malakai entre las suyas—. Si algo me pasa, si no vuelvo, sigue luchando. Usa el cristal de Miriam, expón la verdad, protege a los siete hasta el final. No dejes que mi sacrificio sea en vano.
—No voy a aceptar esa posibilidad —respondió él, la voz ronca de emoción contenida—. Vas a volver, Sera. Yo lo voy a garantizar, aunque tenga que desafiar directamente sus órdenes de ir sola.
—Malakai—
—Voy a mantener distancia suficiente para no ser detectado inicialmente, pero voy a estar cerca. Si las cosas salen mal, intervengo, sin importar las consecuencias.
Sera consideró discutir más, pero reconoció, a través de la determinación absoluta en su expresión, que aquella era una batalla que no lograría ganar mediante argumentación lógica.
En cambio, se acercó, sellando el acuerdo silencioso con un beso que cargaba tanto miedo como esperanza en partes iguales.
Antes de partir, Sera también insistió en contactar a Ophelia y Talia, compartiendo el plan arriesgado y pidiendo que ambas permanecieran listas para actuar en caso de que las cosas realmente se salieran de control.
Ophelia, a pesar del miedo evidente en su voz a través de la comunicación mágica, prometió movilizar cualquier recurso disponible dentro del Dominio Celestial, incluyendo a los ejecutores que ya habían empezado a demostrar dudas sobre la legitimidad de la operación en curso.
—Nadia mencionó que ella y los otros tres del escuadrón anterior están... reconsiderando lealtades —reportó Ophelia—. Si las cosas se ponen realmente mal, tal vez tengas aliados inesperados dentro de las mismas paredes que estás a punto de enfrentar.
La noticia trajo un hilo frágil de esperanza adicional, pero no suficiente para disolver por completo el terror que Sera sentía al prepararse para aquel enfrentamiento casi con certeza fatal.
Repasó mentalmente cada argumento que podría usar, cada estrategia posible para navegar una conversación con una entidad cuyo poder parecía trascender cualquier cálculo táctico convencional.
Malakai la acompañó hasta el límite más cercano al que se atrevía a acercarse al Dominio Celestial sin correr riesgo de detección inmediata, la despedida cargando un peso que ninguno de los dos quería verbalizar por completo —la posibilidad real y aterradora de que aquel pudiera ser el último momento que compartieran juntos.
—Te amo —dijo él, una última vez, antes de que ella siguiera sola hacia el portal—. No importa lo que pase ahí dentro, recuerda esto.
—Yo también te amo —respondió ella, forzando la voz a permanecer firme a pesar del temblor que amenazaba con apoderarse de ella por completo—. Y voy a volver contigo. Lo prometo.
Cruzó el resto del camino sola, cada paso cargando el peso de una promesa de la que no tenía certeza absoluta de poder cumplir.
El portal hacia el Dominio Celestial brillaba adelante, familiar y al mismo tiempo extrañamente amenazante después de todo lo que había pasado desde la última vez que lo había cruzado como fugitiva en vez de ejecutora leal.
Antes de finalmente cruzar, se permitió un último momento de reflexión silenciosa, repasando mentalmente cada argumento que podría usar, cada estrategia posible para navegar aquella conversación imposible.
Pensó en los siete sobrevivientes que habían logrado proteger, en Ophelia y su lealtad inquebrantable, en Malakai y en el amor que había encontrado en él contra todas las probabilidades.
Cada uno de ellos representaba una razón para luchar, para encontrar valor suficiente para enfrentar lo que fuera que la aguardara al otro lado de aquel portal familiar.
Respiró hondo una última vez, sintiendo el aire frío del atardecer llenar sus pulmones, y cruzó.
Antes de finalmente entrar al salón donde Metatrón la aguardaba, Sera se detuvo brevemente frente a uno de los grandes espejos de luz que decoraban los corredores del Dominio Celestial, observando su propio reflejo con una claridad que rara vez se permitía.
La mujer que la miraba de vuelta ya no correspondía por completo a la ejecutora rígida y controlada que había sido hacía apenas unos meses —había algo más suave en sus ojos ahora, algo más determinado también, una combinación que solo podría haber nacido a través de todo el sufrimiento y crecimiento que había experimentado desde aquel primer encuentro hostil en El Refugio.
Pensó brevemente en cada persona que la había ayudado a llegar hasta aquel momento —Ophelia, cuya lealtad nunca había vacilado; Talia y los demás Guardianes, que arriesgaron todo por una causa que ni siquiera conocían por completo hasta hacía poco; los siete sobrevivientes, cada uno representando una vida que valía la pena luchar por proteger; y Malakai, cuyo amor se había convertido en la base más sólida que jamás había conocido en toda su larga existencia.
Un joven escriba la interceptó brevemente en el corredor final, el mismo que la había alertado semanas atrás sobre dudas crecientes entre ciertos ejecutores—.
Ejecutora Vale —susurró él, mirando alrededor nerviosamente—.
Solo quería que supiera, antes de que entre ahí...
hay más de nosotros observando ahora de lo que imagina.
Más personas dispuestas a cuestionar, a dudar, a exigir algo mejor.
Pase lo que pase hoy, usted ya cambió algo fundamental aquí dentro.
Las palabras trajeron un consuelo inesperado, un recordatorio poderoso de que, independientemente del resultado de aquel enfrentamiento inminente, ya había logrado plantar semillas de cambio que seguirían creciendo, con o sin su presencia continua para cultivarlas.
—Gracias —dijo ella, sinceramente, antes de finalmente retomar el camino hacia el salón principal, donde Metatrón y Uriel la aguardaban para aquella conversación que determinaría no solo su propio destino, sino el destino de incontables vidas que dependían del resultado de aquel encuentro imposible.
Al alcanzar las puertas imponentes del salón, Sera sintió el corazón acelerarse una última vez, pero también sintió, más fuerte que cualquier miedo, la determinación absoluta que la había guiado a través de cada desafío imposible de aquel viaje extraordinario. Empujó las puertas, y entró.
El salón principal del Dominio Celestial parecía todavía más vasto de lo que recordaba, columnas de mármol extendiéndose más allá del alcance de la vista hacia un techo que sugería infinitud.
En el centro de aquel espacio abrumador, dos figuras la aguardaban —Uriel, reconocible a pesar de la tensión evidente en su postura, y junto a él, una presencia que hacía que el propio aire pareciera más denso, más cargado de peso existencial.
Sera caminó con pasos calculados, cada uno cargando la disciplina de siglos de entrenamiento a pesar del terror que amenazaba con consumirla por completo.
Mantuvo los hombros erguidos, la barbilla alzada, negándose a permitir que cualquier debilidad externa traicionara el miedo genuino que sentía ante aquella presencia tan abrumadora.
—Viniste —dijo Metatrón, cuando ella finalmente se detuvo a una distancia respetuosa, la voz cargando una nota casi de sorpresa genuina—. Muchos, ante una amenaza de esta magnitud, habrían elegido huir, o al menos intentar negociar a través de intermediarios.
—Huir no protegería a nadie —respondió Sera, la voz más firme de lo que se sentía internamente—. Y ya aprendí, a través de experiencia dolorosa, que las decisiones importantes exigen que enfrentemos directamente aquello que tememos, no que nos escondamos de ello.
Metatrón la observó durante un largo momento, algo calculando tras aquellos ojos antiguos y serenos, antes de finalmente hacer un gesto para que se acercara por completo.
—Siéntate —dijo él, indicando una silla simple que parecía haberse materializado de la nada frente a ella—. Esto va a llevar tiempo, y prefiero que esta conversación ocurra con el mínimo de formalidad innecesaria entre nosotros.
Sera aceptó, sentándose con la misma disciplina controlada que había definido cada movimiento suyo desde que había entrado a aquel salón, a pesar del corazón todavía latiendo con fuerza con una mezcla de terror y determinación.
Uriel permaneció de pie, observando atentamente, su propia tensión visible en el modo en que mantenía las manos entrelazadas tras la espalda.
—Antes de que empecemos —dijo Sera, reuniendo todo el valor que lograba reunir—, necesito que sepa que no vine aquí a suplicar clemencia ni a negociar mi propia seguridad.
Vine a proteger siete vidas inocentes, y a garantizar que la verdad sobre lo que les pasó a ellas, y a tantas otras antes que ellas, finalmente salga a la luz.
—Sospechaba que ese era el caso —respondió Metatrón, un resto casi imperceptible de respeto atravesando su voz calculada—. Pocos demuestran ese tipo de convicción ante una amenaza tan evidente a su propio bienestar personal.