Prólogo
La oscuridad era absoluta; el interior del baúl olía a rancio y a humedad.
Sus cuerpos estaban apretujados, encajados en una posición antinatural, con las extremidades rígidas tras horas de inmovilidad.
Al principio, aún había esperanza, pero se había agotado, al igual que el aire, ya que la tapa hermética impedía que entrara ni la más mínima cantidad.
Los brazos le pesaban como plomo, pero reunió las pocas fuerzas que le quedaban y levantó la mano hasta el rostro de ella.
No necesitaba verlo; sus rasgos estaban grabados a fuego en su mente, al igual que los de su hijo.
Por favor, Dios, protege a la criatura .
La piel de ella aún estaba tibia, pero ya se había ido, con la misma certeza con que él lo haría en los próximos minutos.
Los pulmones le ardían y una capa de sudor le cubría el rostro.
Presionó los labios contra la boca inerte de ella en un último beso mientras un pensamiento final atravesaba su mente moribunda:
Todo valió la pena .