La boticaria de Dern Capítulo 24 - Sigue mirando #3
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Capítulo 24 - Sigue mirando #3

No escribí de inmediato. Me quedé con lo que estaba presente: la carta que decía que el Consejo evaluaría mi caso mediante documentación, que es una forma de decir que no necesito ir a Caldavar, que es una forma de decir que meses de práctica honesta documentada en Dern bastaron como argumento, que es una forma de decir que el don que actúa sobre lo necesario fue reconocido como don y no como irregularidad.

Lo cual no es una victoria declarada, el Consejo aún debe pronunciarse, aún podría decidir en contra, aún queda un proceso que atravesar.

Pero es un camino que se queda dentro de Dern en lugar de uno que exige dejar Dern durante treinta días.

Lo cual es mucho.

Lo cual es suficiente para esta noche.

Escribí la carta a Dagna.

No sobre el proceso, el proceso está en marcha y Dagna sabe más que yo sobre eso. La carta era sobre otra cosa:

Dagna, gracias. No solo por la carta y el testimonio y el trabajo que hiciste antes de que todo esto comenzara.

Gracias por ser la persona que eras hace diez años cuando yo era estudiante y que seguiste siendo después.

Una buena boticaria aprende de las personas a las que trata.

Aprendí de ti lo que significa cuidar más allá de la técnica.

Dern me enseñó el resto. Espero que el Consejo falle a mi favor.

Si no lo hace, pensaré en el problema de nuevo.

Pero esta noche me quedo con lo que hay, que es suficiente.

Doblé la carta.

La sellé.

La puse en la pila para el barco del miércoles.

Apagué la vela.

✿

A la mañana siguiente Signe apareció a las siete cuarenta y seis, dos minutos más tarde de lo habitual, que son dos minutos de Brum negociando su postura definitiva para dormir, que es el tipo de negociación que Brum mantiene cada día y que siempre acaba en la misma postura definitiva para dormir pero que Brum aparentemente considera necesario negociar de todos modos, con Brum suelto a su lado y el libro bajo el brazo y ese aire matutino que es Signe cuando está bien.

Que es el aire que ha tenido desde que su sueño mejoró, desde que la música del padre volvió en partes, desde que visitó la ladera sur y regresó de ella distinta a como era antes, desde que el té de lavanda de la costa norte viene haciendo lo que hace y seguirá haciendo el tiempo que sea necesario.

Entró sin llamar.

Se subió al taburete alto con el movimiento de una niña que ha hecho algo tan repetidamente que el cuerpo lo hace sin que la mente necesite dirigirlo.

Brum fue a la esquina cálida con su eficiencia habitual, ese sonido de patas palmeadas en el suelo de madera que aprendí a reconocer antes de verlo, lo primero que oigo cuando Brum llega.

La botica tenía luz de mañana invernal que entraba por la ventana sur en un ángulo bajo que hace brillar los ganchos de hierro de esa manera específica que pertenece a esta hora y a ninguna otra, hierro con esa profundidad de color que tiene el hierro bien trabajado cuando la luz lo alcanza en el ángulo correcto.

Miré eso un momento.

Luego miré por la ventana hacia el jardín, que tenía la misma luz en ángulo bajo sobre las plantas, sobre la lavanda recogida para el invierno pero todavía allí, sobre la nueva artemisia que se ha adaptado, sobre el rosal de Solveig que creció junto a mí con la abrazadera de hierro que lo sostiene.

Luego levanté los ojos hacia la ladera noreste.

El humo de la forja empezaba.

Blanco y constante, como empieza cada día antes del sol pleno, el roble prendiendo en el horno que calienta para la jornada de trabajo.

La señal de que el día de Vidar había comenzado.

La señal que aprendí a reconocer hace meses como referencia temporal y que ahora es más que eso: es una señal de que lo que está allá arriba está allá arriba, que es un tipo de información distinto de la información temporal.

Sigue mirando, me dije.

Que es lo que hago.

Que es lo que aprendí a hacer en Dern: mirar lo que llega con la atención que merece, sin forzarlo a llegar antes de que esté listo, sin dejar de mirar porque aún no ha llegado del todo.

Sigue mirando.

Al humo blanco en la ladera.

Al jardín con las plantas de Maret y las mías aprendiendo a ser la misma tierra.

A Signe en el taburete alto con el libro que esta vez es verdaderamente el libro porque está bien esta mañana, una mañana que viene de meses de té y música recordada y ladera sur visitada.

A Brum en la esquina cálida con los ojos cerrados y las orejas en posición de atención, la postura de Brum cuando está satisfecho con el estado de las cosas pero mantiene la vigilancia de todos modos, por principio.

A las cuarenta y tres casas que sé dónde están sin necesitar contarlas porque están dentro ahora.

A Dern que me dejó quedarme.

Y a lo que viene después, que está llegando, que tiene una forma, que tiene un nombre, que se dirá cuando sea momento de decirlo.

Que es el ritmo de Dern para las cosas que importan.

Que ahora es mi ritmo también.

Sigue mirando.

✿

Que es lo que Dern hace con quienes se quedan el tiempo suficiente: enseña que las cosas que importan permanecen, y que permanecen de formas que continúan, y que continuar es lo que uno hace.