Capítulo 16 - Dern desde dentro
Me despierto sin la campana.
Eso sucede a veces ahora, un dato que no sabía que estaba recopilando hasta que lo recopilé.
En los primeros días en Dern me despertaba con cualquier cosa: la madera de la casa de Maret crujiendo con la temperatura, el viento que aquí tiene una forma particular de colarse por el hueco de la ventana del dormitorio con un silbido más agudo en invierno que en otoño.
Luego aprendí los sonidos, y los sonidos dejaron de despertarme porque pasaron a formar parte de la textura de la noche en vez de perturbarla.
La campana no me ha despertado en semanas.
La oigo, al borde del sueño, y permanezco con el sonido y luego el sueño continúa.
Eso es lo que Petra llamó acostumbrarse, el segundo día, cuando pregunté por la campana.
Te acostumbrarás, dijo. Y así fue. Lo que no sabía entonces es que acostumbrarse a la campana de Dern es diferente de acostumbrarse a cualquier otro ruido nocturno, porque la campana de Dern lleva intención dentro y la intención no es ruido de la misma manera que otros ruidos son ruido.
Pero también he aprendido a vivir con la intención, y eso es una forma de Dern dentro de mí que no es solo acostumbrarse a algo, es otra cosa.
Es lo que sucede cuando un lugar deja de ser un lugar donde estás y se convierte en un lugar que eres, una distinción que no tiene frase adecuada en Caldavar, porque en Caldavar perteneces a un lugar por nacimiento o propiedad o registro, no por la incorporación gradual de sonidos y olores y ritmos.
En Dern perteneces a un lugar cuando el lugar está dentro de ti.
No sé exactamente cuándo sucedió. Sé que está sucediendo.
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El día comienza con el inventario de la botica porque es lunes y el lunes es día de inventario, un hábito que traje de Caldavar y que Dern no modificó, porque es un hábito útil estés donde estés, la categoría de cosas de Caldavar que vinieron en la bolsa pequeña y se quedaron porque merecían quedarse.
El inventario de hoy revela:
La lavanda de la costa norte está casi al final de las reservas de esta temporada, lo que significa que necesito una nueva cosecha antes de la próxima semana porque el sueño de Signe todavía necesita apoyo, aunque en menor proporción que al principio.
La bardana de la esquina noreste ha vuelto otra vez, desde el lado anegado como siempre, información que sigo registrando para el patrón que con el tiempo tendrá una conclusión.
El tomillo de la ladera tiene buenas reservas, suficientes para pasar el invierno con margen.
Los tarros de Maret están todos en uso ahora, llenos de los compuestos que he ido aprendiendo, una forma de que su espacio siga sirviendo al mismo propósito con nuevos contenidos.
Y los cuadernos de Maret están abiertos sobre la superficie de trabajo.
Mientras hago el inventario empiezo a notar lo que estoy notando.
Sé dónde están todos los tarros sin mirar.
Sé qué hay en cada estante por el olor antes de abrir del todo los ojos.
Conozco las horas del martillo de Vidar por la ausencia de sonido, una forma paradójica de saber, pero que funciona: cuando el martillo no suena es después de las siete y antes de las ocho, o la hora del almuerzo, o después del anochecer.
Cuando suena, hay trabajo en marcha. Aprendí esto sin proponérmelo.
Conozco el camino a la plaza de tres formas diferentes según la prisa que lleve.
Conozco el nombre de cada persona en la isla y el estado de salud de al menos la mitad.
Sé que la Sra. Sigrid tiene dolor de espalda que empeora con la lluvia y que el pescador Odi tiene una rodilla que le duele con el frío y que Liss tiene tendencia a caerse de los muelles y que Runa ahora duerme y va a la plaza y se quedó.
Sé lo que hace la lavanda de la costa norte que la de jardín no. Sé dónde está la piedra suelta en la tercera sección del sendero de la ladera. Sé que la campana a las diez es un toque y a las dos de la madrugada a veces son dos.
Esto es Dern desde dentro.
No es acostumbrarse a algo. Es incorporación. Es el lugar que entró dentro antes de que notara que estaba entrando.
El inventario revela, en resumen: la botica está bien. El jardín está bien. La isla está bien. La boticaria está bien.
Esos son datos clínicos sobre todas las cosas relevantes.
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Los cuadernos de Maret son algo completamente diferente.
No los cuadernos de recetas, que son más o menos lo que esperaría de una boticaria experimentada: fórmulas, proporciones, observaciones clínicas con el lenguaje de alguien que tuvo formación rigurosa pero que añadió capas a lo largo de los años hasta que el lenguaje técnico y el de la atención se mezclaron sin que ella necesitara elegir entre ellos.
Esos son útiles y ya he aprendido cosas que me han ahorrado meses de descubrimiento por mi cuenta, la proporción exacta del jarabe de invierno cuyos ingredientes Signe conocía pero no las cantidades, el método de macerar la lavanda de la costa norte que difiere del método estándar y preserva el compuesto específico responsable de su efecto más suave.
Pero hay un segundo cuaderno, más antiguo, con una cubierta de cuero diferente, desgastada de un modo que indica uso frecuente durante muchos años, y ese cuaderno es otra cosa.
Maret escribió sobre las plantas de Dern como yo escribo en mi cuaderno de observación: con esa mezcla de datos clínicos verificables e intuición que no encaja en los datos clínicos pero es real igualmente, y con la honestidad de registrar lo que no encaja en las categorías disponibles en lugar de omitir lo que no tiene nombre.
Descubrió la lavanda del claro hace veinte años y escribió tres páginas sobre lo que el claro le hizo cuando entró: la calidad de la luz y el ritmo de la respiración y la sensación de que el tiempo dentro del claro era diferente del tiempo fuera, más lento y más presente a la vez, como si el claro tuviera su propia medida de la hora que no correspondía a las horas del resto de la isla.
Y luego, debajo de esas tres páginas, la nota clínica sobre el primer uso terapéutico: nombre del paciente, condición, resultado, observaciones de seguimiento durante tres meses.
Ambos registros, el poético y el clínico, están uno al lado del otro sin jerarquía entre ellos. Maret no consideraba uno más válido que el otro. Ambos eran formas de conocer lo mismo desde ángulos diferentes.
Yo también escribo así.
El cuaderno de Maret y el mío son libros de tradiciones distintas, escritos por personas con formación diferente en generaciones diferentes, pero con la misma calidad de atención a lo que yace más allá de la categoría disponible.
Esto no es coincidencia, es lo que Dern hace a las boticarias que se quedan el tiempo suficiente para aprender lo que la isla tiene que enseñar sobre sus propias plantas.
Somos primas. El cuaderno lo confirma.
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Signe aparece a las ocho y veinte con Brum caminando a su lado, un ascenso de ir en brazos a movilidad independiente, lo que indica que el hombro se ha recuperado lo suficiente para un movimiento normal con cuidado.
—¿Puede dejar de usar la compresa? —pregunta, ya en el taburete alto con Brum en el suelo a su lado en vez de en su regazo.
—Dos días más de compresa matutina —digo—. Luego comprueba la movilidad completa. Si está ahí, ha terminado.
Signe mira a Brum con esa satisfacción particular de quien ha seguido una recuperación y ha visto la curva correcta, la satisfacción del progreso verificable, que es diferente de la satisfacción de algo simplemente bueno.
—Alana dijo que te recuperarías del todo —le dice a Brum, en el tono de quien comprueba que una predicción se ha cumplido.
Brum la mira. Me mira. Va a la esquina cálida del pequeño horno con el movimiento de un animal que ha decidido dónde quedarse.
—Ha dicho gracias —interpreta Signe.
—Ha ido a la esquina cálida —digo.
—Así es como dice gracias —dice ella, con la convicción de alguien que tiene acceso a información que yo no tengo, pero que está dispuesta a compartir si me muestro receptiva.
Me quedo con eso.
Probablemente tenga razón. Probablemente he aprendido lo suficiente sobre Brum para saber que probablemente tiene razón, lo cual es un progreso considerable desde el primer día, cuando Brum me miró desde la superficie de trabajo con esa desaprobación que interpreté como hostilidad y que simplemente era la cara de Brum sumada a su evaluación inicial de una extraña.
La evaluación inicial se ha revisado.
Eso también es Dern desde dentro.
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Por la mañana salgo a cosechar lavanda de la costa norte antes de que el sol esté demasiado alto, el momento que Maret recomienda en el cuaderno para las lavandas de la costa norte, porque la luz directa del mediodía descompone algunos de los compuestos más volátiles, precisamente los más importantes para el efecto que necesitamos.
El camino a la costa norte pasa por la plaza.
Paso por la plaza y miro la campana, como siempre, con una familiaridad distinta a la de los primeros días.
Antes era la mirada de alguien que identifica un objeto nuevo; ahora es la mirada de alguien que reconoce una presencia familiar.
La campana está en el mismo lugar, con la misma presencia densa de hierro bien forjado, pero lo que sé de ella ahora es diferente de lo que sabía entonces.
Seis años. Hierro que guarda intención. El silencio después del tañido que he aprendido a leer como está despierto en lugar de alguien añora.
Continúo por la plaza.
En la calle principal me cruzo con Odi, que va al muelle con el aire de alguien que tiene un destino definido y el momento adecuado para alcanzarlo.
—Buena cosecha —dice, mirando la cesta.
—Gracias —digo.
Él continúa. Yo continúo.