Capítulo 11 - Seis años #2
Cada objeto que hace es una declaración que no sabe hacer de ninguna otra manera.
Y yo me crié en Caldavar donde la declaración necesita palabras y un contrato y una firma y una copia archivada, y me llevó semanas aprender a leer el lenguaje del hierro que Dern ha hablado durante décadas sin necesidad de traducción.
—¿Alguna vez le preguntaste? —digo—. Sobre la persona.
Signe considera.
—Una vez —dice—. Cuando tenía cinco años. Pregunté directamente porque aún no había aprendido que hay preguntas que el tío Vid no responde con palabras. —Mira a Brum con el cariño sencillo que siente por el animal—. Estuvo callado mucho rato. Luego dijo: era alguien importante. Y eso fue todo.
Era alguien importante.
Tres palabras. En Vidar, que mide cada palabra como un herrero mide el material, lo mínimo necesario para el máximo resultado, sin desperdicio, sin ornamento que no sirva a una función, tres palabras sobre una persona que se fue hace seis años son mucho.
—¿Crees que todavía piensa en ella? —pregunto.
—La campana suena —dice Signe simplemente.
Lo cual es la respuesta.
✿
En la plaza por la tarde la campana está silenciosa con esa cualidad que tiene durante el día, diferente del silencio de la noche: el silencio diurno es latencia, potencial, algo que existe pero no está en uso.
El silencio nocturno es otra cosa, el silencio entre tañidos que tiene una duración específica y lleva lo que el tañido dejó en el aire antes de disiparse.
Paso por la plaza de camino a la botica con la cesta de algas y la nueva información sobre la campana y la acumulación de información previa que se reorganiza con la nueva.
La campana fue forjada hace seis años.
Alguien se fue.
La campana suena cuando alguien siente añoranza.
Duerme mal. Signe dijo eso una vez, de pasada, con esa despreocupación que no es despreocupación: el tío Vid duerme mal desde que existe la campana, un hecho que Signe ofrece como dato fisiológico y no análisis emocional, pero que es ambas cosas.
Vidar forjó una campana que suena cuando siente añoranza y luego pasó seis años despertando cada vez que la campana suena, lo cual es una consecuencia que pudo haber calculado antes de forjarla y la forjó de todos modos, o que no calculó y descubrió después y con la que ha vivido de todos modos.
Me detengo en medio de la plaza un momento, mirando la campana.
El hierro es oscuro, casi negro, con esa superficie que parece tener profundidad.
Desde donde estoy no puedo ver si hay una inscripción, como la hay en el mortero, como la hay en el herraje de Odi que no se ha oxidado en treinta años.
Pero sospecho que la hay. El tipo de inscripción que queda en el fondo donde nadie mira, como Signe dijo una vez que tenía la campana de la plaza, una inscripción cuyo contenido no reveló.
Que lo que crees aquí encuentre a quienes lo necesitan, dice en mi mortero.
¿Qué está escrito en la campana que suena por la añoranza de alguien que se fue hace seis años?
No lo sabré. No es información que me corresponda conocer, al menos no todavía, al menos no de la manera en que la obtendría por curiosidad de boticaria que clasifica y nombra y quiere entender el mecanismo de todo.
Pero miro la campana más tiempo del que justificaría cruzar la plaza, con esa manera que Vidar dice que tengo de mirar las cosas demasiado rato, y después sigo caminando.
✿
Por la noche, cuando Signe ya se ha ido y la botica está sumida en el silencio del trabajo nocturno, abro el cuaderno y contemplo una página en blanco un instante.
No el libro de recetas. El otro, el que uso para observaciones que no son clínicas pero que necesitan algún sitio donde quedar.
En Caldavar este cuaderno no existía; había registros de pacientes y cuadernos de formulación y registros de compras y nada más, porque en Caldavar cualquier nota que no fuera un documento era potencialmente evidencia de algo que no debía existir.
Aquí el cuaderno de observaciones existe porque Dern produce cosas que hay que anotar sin categoría predefinida, cosas que si no las escribes desaparecen, no porque no fueran reales sino porque la mente sin registros pierde el hilo cuando hay demasiadas cosas a la vez.
Escribo:
Vidar forjó la campana hace seis años. Alguien se marchó antes de eso.
La campana suena cuando alguien siente añoranza.
No ha dormido bien desde entonces. Odi lo sabe pero no quiere decirlo.
Petra lo sabe pero dice que no le corresponde contarlo.
Signe tiene el fragmento que tendría una niña de cinco años: era alguien importante.
Me detengo. Releo lo que escribí.
Era alguien importante. En Vidar, que usa las palabras como un herrero usa el material, el mínimo necesario para el máximo resultado, sin desperdicio, sin ornamento que no cumpla una función, tres palabras sobre alguien que se marchó hace seis años y que produjo una campana en la plaza y seis años de sueño perturbado.
Tres palabras que en cualquier otro serían poco y que en Vidar son todo lo que había para dar.
Añado:
El don de Vidar actúa sobre lo que se declara.
Pero la campana actúa más allá de lo declarado, que es el mismo mecanismo que mi don.
Intención que desborda el recipiente disponible.
Lo que eso dice sobre el estado de Vidar cuando forjó la campana: la intención era demasiado grande para ser contenida.
No fue descuido técnico. Fue que lo que había que contener era más grande que lo que podía contenerse en ese momento.
Cierro el cuaderno.
Releo mentalmente lo que escribí sin abrir el cuaderno, que es como compruebo si las palabras dicen lo que necesitan decir o si hacen falta otras.
Dicen lo que necesitan. Hay un herrero que forjó una campana con una añoranza que no cabía del todo dentro, y la campana quedó cargando el exceso, sonando cada noche, despertando a su creador.
Hay una boticaria que hizo un remedio con un don que no cabía del todo dentro, y el remedio sobrepasó lo pedido y sanó lo necesario más allá de lo declarado.
Son diferentes en su material y mecanismo y resultado.
Pero tienen algo en común que aún no puedo nombrar del todo.
El nombre llegará.
✿
Al día siguiente subo el sendero de la colina.
No para encargar nada, no necesito más piezas ahora mismo, todos los ganchos están llenos, el mortero funciona perfectamente, la botica está equipada para lo que requiere la estación.
Subo porque quiero, que es razón suficiente incluso cuando no se declara, que es lo que Dern enseña sobre casi todo: una razón no necesita declararse para ser válida, especialmente cuando se manifiesta de otras formas que cualquiera con suficiente atención puede leer.
Signe tiene suficiente atención. Pero Signe está en la escuela con la Sra. Sigrid esta mañana, que es el tipo de suerte que no planeo pero que acepto.
La puerta está abierta.
El martillo está en marcha, lo que significa que es tiempo de trabajo activo y no de descanso natural. Me quedo en el umbral aplicando lo que Dern enseña sobre los umbrales: presencia sin intrusión, estar disponible sin exigir atención antes de que se ofrezca.
Espero.
La pausa llega después de unos minutos, cuando el martillo se detiene y se oye el hierro al sumergirse en el agua de enfriamiento, ese siseo específico que he aprendido a reconocer como el final de una fase de trabajo.
El siseo del hierro en el agua es un sonido que Vidar no controla, que ocurre por física y no por elección, y que anuncia que hay un momento entre una cosa y la siguiente.
Entro.
Vidar está de espaldas a mí, el hierro en el tanque, las manos apoyadas en el borde.
No sé si está comprobando la temperatura del agua o simplemente detenido en uno de esos momentos entre fases que el trabajo de forja crea naturalmente, que he aprendido a reconocer como propios de Vidar: no descanso, no ausencia de trabajo, sino pausa intencional que forma parte del proceso del mismo modo que la pausa entre los toques de la campana forma parte de la campana.
—Alana —dice, sin volverse.
Reconoce mi paso. Archivo esto junto con los demás datos sobre Vidar que estoy acumulando sin haber decidido acumularlos, que es lo que pasa con las cosas a las que prestamos atención incluso cuando fingimos no hacerlo.
—Vine sin razón específica —digo, porque es verdad y porque en Dern una verdad innecesaria es preferible a una justificación conveniente que enmascara la razón real.
Se vuelve. Me mira con esa evaluación que no es hostilidad, que he aprendido a leer como simplemente lo que el rostro de Vidar hace cuando está presente en una situación.
—Hmm —dice.