Capítulo once — El papelito #3
Salimos a las ocho. En la puerta, Belén nos abrazó a los dos en paquete —«los quiero, que conste»— y mi madre me dio dos besos con la mano en la mejilla, ese gesto suyo de cuando era pequeña, y por un instante se me cruzó todo: el cajón, la anotación, «mira», y aquella mano en la mejilla que me decía que todo lo que yo escondía ya no era mío.
Daniel se fue a su casa y yo subí a la mía, y en la escalera me sacudí las manos, que es lo que hago cuando necesito pensar con los brazos.
En el rellano me paré. Sacar el móvil. Llamar a Lucía —no, Lucía pondría números, y aquello no era de números; pondría la operación en una tabla y la tabla sería verdad, y yo no quería verdad todavía, quería callejón sin salida un rato más.
Llamar a Blanca —Blanca me diría una verdad de una frase y yo no estaba para verdades de una frase todavía.
Decírselo a Daniel —era lo correcto, era el socio, el co-firmante, el otro firmatario del documento robado; el contrato decía que los incidentes se notificaban y aquello era el incidente de todos.
Pensé en el viernes. En el taxi, con la frente en la ventanilla: «yo iba a ser la primera en saltar».
Pensé que llevaba dos días guardándome una frase que no era un secreto, era un fuego, y que cada guardada le quitaba una brasa.
Y aun así, con el cajón de mi madre todavía abierto en la cabeza, no fui capaz de juntar las dos cosas.
Si se lo contaba todo a la vez —la fotocopia y el sentimiento—, una cosa se comería a la otra: o se convertía en logística de crisis, o en escena de celos con las madres de por medio.
Las dos merecían su minuto. Ninguna tenía minuto aquel domingo.
Abrí el chat de Daniel. Escribí: «Necesito hablar contigo. Urgente.»
Lo miré. Urgente era verdad, pero urgente era también una palabra de contrato, una palabra de aviso previo de quince segundos, y lo que yo tenía que decirle llevaba semanas pidiendo salir sin saber pedirlo.
Si se lo contaba así, por chat, un domingo por la noche, con la fotocopia todavía caliente en el bolso, el contrato ganaba: lo convertía en un incidente más, en un problema logístico con solución documentada.
Y si le contaba lo del cajón, contaba también todo lo demás, y se me acababa el tiempo para decir la cosa grande primero, y yo había decidido —el viernes, en el taxi— que la cosa grande iba primera.
Nadie se declara después de entregar un parte de robo.
Borré el mensaje. Respiré. Escribí otro, y aquel fue el más falso de todos los que le he mandado en mi vida, y el más necesario:
«Nada. Todo bien. Mañana te cuento lo del finde. Descansa.»
Contestó a los dos minutos: «Descansa tú. Sin fecha límite.»
Me senté en el sofá, con el bolso en el regazo y la carpeta azul dentro, y comprendí el alcance entero de lo que acababa de hacer.
Me había prometido a mí misma que iba a saltar primera, y a la primera oportunidad lo que había hecho era guardar otra cosa en el cajón.
La fotocopia era mía ahora, secreto mío, y cada día que pasara sin contárselo se le sumaría interés.
Las madres tenían el original, Daniel tenía el Anexo 12, y yo tenía esto: un secreto nuevo para pagar los intereses del secreto viejo.
La mentira no se paga a plazos. Se capitaliza.
Saqué la fotocopia del bolso, la miré una última vez —«bueno, un poco sí es amor», «mira»—, y la guardé en el único sitio de mi casa donde guardo las cosas que no sé tratar: el cajón de mi mesita de noche, debajo del cuaderno de las cuentas del bar.
Al cerrar el cajón me vino a la cabeza el mensaje de las madres del viernes, aquel «solo hemos ido a mirar» con la foto de cien mesas, y por primera vez lo entendí del revés: ellas no habían ido a mirar la finca.
Habían ido a mirarnos. La finca era el sitio que ponían delante para que nosotros tuviéramos algo a lo que mirar mientras ellas nos miraban a nosotros.
Y funcionaba, claro que funcionaba: llevábamos días mirando la finca.
Luego apagué la luz y me quedé mirando el techo, calculando. Seis días para la boda. Siete para la expiración.
Y una deuda nueva, sin asiento en ninguna libreta.
Antes de dormir pensé una cosa más, porque mi cabeza es un bar y no cierra nunca: la madre de Daniel había escrito «un poco sí es amor», y la mía había escrito «y mira».
Dos mujeres que no se conocían hace dos meses, repartiéndose el consuelo de sus hijos a dos tintas en un margen de dos centímetros.
Ellas ya lo sabían todo. Lo único que no sabían —lo único que nadie sabía, ni siquiera Daniel, que dormía a quince minutos andando con su libreta de cosas no contractuales— era que yo me había enamorado de verdad dentro de la mentira que ellas habían descubierto.
Que la operación que fotocopiaban ya no era la operación que vivía yo.
Eso, al menos, seguía siendo mío.
Me dormí con la fotocopia en la mesita y la verdad a medio contar, y soñé que firmaba algo en blanco y mi madre, al lado, decía «paciencia», y yo no sabía si me lo decía a mí o se lo decía a alguien que venía detrás.
En el sueño, detrás de mi madre, se veía la terraza de la finca con sus cien mesas vacías, esperando a que alguien decidiera, de una vez, de quién era la fiesta.